Hay momentos que deberían ser eternos de Megan Maxwell 002

Capítulo 2

Suena la alarma del despertador y, gustosa, me rebozo en mi cama.
Sé que hay personas, como mi hermano Adrián, que adoran el deporte y que lo más para ellos al levantarse es calzarse sus zapatillas y salir a la calle a correr, pero yo no soy así. El deporte y yo nunca nos hemos llevado bien, y para mí lo más al despertar es rebozarme como una croqueta sobre mi enorme cama como hacía Bridget Jones, la protagonista de mis películas preferidas.
¿Que por qué son mis preferidas? Pues porque, en ciertos aspectos, me sentí identificada con ella en el pasado. Bridget y yo, además de tener más o menos la misma edad y una familia bastante particular, somos unas románticas empedernidas adictas al trabajo que nos pasamos media vida a régimen y somos unos puros desastres en el amor.
Actualmente, en cuanto a la comida se refiere, como dueña de dos restaurantes que soy, intento comer saludable, pero sigo dándome mis caprichos, que son bastantes, y en cuanto al amor, soy consciente de lo que no quiero, por lo que me limito a divertirme sin pensar en nada más.
Tumbada en la cama, pienso en la boda de mi prima Guadalupe el día anterior y sonrío. Verla feliz junto a su marido es para sonreír. ¡Qué monos son los dos, y qué guapos estaban vestidos de novios!
Miro el reloj: son las diez y media. Hoy es lunes y mi restaurante de Madrid cierra. Es día de descanso. La alarma de mi teléfono móvil vuelve a sonar; sí, soy de las que ponen varias alarmas… Suspirando, me levanto. Es mi día libre, pero tengo infinidad de cosas que hacer.
Tras darme una duchita, desayuno y, abriendo mi portátil y poniendo mi teléfono sobre la mesa, comienzo el día. Bancos.
Papeleo. Proveedores. Gestoría. Hasta que recibo un wasap de mi madre:
Voy a cargar el misil.
Según leo eso, suelto una carcajada. Mi madre y el corrector del móvil son para echarse a temblar. Conociéndola, intuyo que ha querido decir que va a cargar el móvil y que luego me llamará.
Aún recuerdo el día que recibí un mensaje de ella que decía:
Te han follado tantas veces que ya no crees en el amor. ¡Dios, lo que me pude reír! Y más cuando me llamó horrorizada para decirme queella había puesto «Te han fallado tantas veces que ya no crees en
el amor», pero que el jodío corrector había cambiado la palabra.
Lo dicho, ¡me partí!
Mientras como gominolas de una cajita que tengo sobre la mesa, llama mi madre. Ya habrá puesto a cargar el móvil…
Mantenemos una conversación fluida. Le encantan los tutoriales de Marie Kondo, y me habla enloquecida de uno que acaba de ver en el teléfono que trata de cómo doblar la ropa para que ocupe menos de la mitad.
La escucho divertida, pero de pronto dice:
—Eva, mi vida, no debes entrar en el juego de tu hermana.
Afirmo con la cabeza, sé que tiene razón. Teresa es insufrible.
—Mamá, lo intento —respondo—. Pero ya sabes cómo es.
Intuyo que mi madre asiente, tonta no es, y a continuación me pregunta:
—¿Crees que Adrián y Danina se casarán algún día?
Sonrío, sin duda la clasista de mi hermana ya está haciendo de las suyas, e indico:
—Mamá, se llama Danica y, sí, claro que lo harán. Pero ¿no ves cómo se quieren?
—Según Teresita, esa muchacha está con tu hermano por su dinero.

Según oigo eso, resoplo. Si a alguien le gusta el dinero es a la jodida Teresita, y replico:
—Ni caso a la clasista.
—Eva María, ¡no digas eso de tu hermana!
—Pues mira que he sido suavecita —me mofo.
Mi madre no responde, prefiere no seguir por ese camino pantanoso, pero entonces suelta:
—¿Piensas quedarte sola el resto de tu vida?
—No hablábamos de mí.
—Pues mira, hija, ahora quiero hablar de ti —insiste.
Oír eso me hace gracia.
—A ver, mamá… Sola, lo que se dice sola, no estoy. Estáis la familia, mis amigos y mis rollitos eventuales.
—Uis, ¡rollitos eventuales! Tendrás poca vergüenza.
Me río, no lo puedo remediar. Sé que eso de «mis rollitos eventuales» no tiene cabida en su cabeza, y añade:
—Hija, te mereces un hombre que trabaje, que te quiera y te proteja y…
—Mamá, eso que dices es del siglo pasado —la corto riendo —. Tengo cuarenta y tres años. Soy una mujer adulta e independiente. Poseo mi casa. Mis negocios. Dirijo mi vida y no necesito que un hombre me llene la nevera ni me proteja. Te aseguro que yo solita hago muy bien esas cosas

¡Ole, qué bien me he definido!
—Pero, hija, los años pasan, todos nos hacemos mayores y…
—¿Y porque me haga mayor he de tener un hombre al lado?
¡Venga, mamá! —Ella no dice nada. La imagino buscando una respuesta, y añado—: Si tanto te preocupa mi soledad, adoptaré un gatito y…
—¿Un gato? Por Dios, Eva María, qué cosas dices.
Me río a carcajadas. Imagino la expresión de mi madre en este momento.
—Hablo de amor, tesoro —repite ella—. Ya sé que lo de Lionel está olvidado, pero ¿no quieres que un hombre te vuelva a querer?
—Lo que no quiero es que nadie me vuelva a mentir ni a engañar más.
—Aisss, hija…, no todos los hombres son iguales.
Asiento. Efectivamente, lo de Lionel está olvidado, y por supuesto que no todos son iguales. Pero sus mentiras hasta que lo descubrí me partieron el corazón, tanto que me es complicado volver a confiar. Soy algo negativa. Y si a eso le sumas que los hombres que se cruzan en mi vida no me inspiran confianza, ¡pues apaga y vámonos!
Sinceramente, hoy por hoy soy de las que piensan eso de que más vale estar sola que mal acompañada. Por mi vida pasa tanto patán, tanto idiota, tanto creído, que, la verdad, sola estoy muy bien.
—A ver, mamá, el amor está sobrevalorado.
—¡No digas eso! —protesta.
Sonrío.
—Mamá, no busco ningún príncipe, básicamente porque yo no soy ninguna princesita y ya tengo la edad suficiente para dejar de creer en cuentos. Tengo cuarenta y tres años, sé lo que quiero y, sobre todo, sé lo que no quiero.
—Pero, hija…
—Mamá…
—Pero si siempre has sido la romántica de la familia —insiste.
Tiene razón. Siempre me ha gustado ver películas románticas, leer novelas románticas, escuchar canciones románticas, hasta que Lionel me partió el corazón en doscientos mil pedazos y decidí cambiar el chip. Pero, la verdad, sigo siendo la misma.
Continúo creyendo que el amor es algo increíblemente mágico si aparece en tu vida, aunque hago suponer a todos que ya no creo en él.
Cuando voy a contestar, oigo que mi madre dice:
—Tienes el carácter de tu jodía abuela, ¡igualita!
Oír eso es para mí un orgullo. Si a alguien he admirado y admiraré el resto de mi vida es a mi abuela Ágata, la madre de mi madre, por su fuerza y su empuje.
—Pues me encanta ser como mi jodía abuela —respondo.
Nos reímos y, poco después, nos despedimos. Las dos tenemos cosas que hacer.
Tras mirar el reloj y ver que ya voy tarde, rápidamente cojo una bolsa y me encamino hacia el mercado. Me divierte comprar en el pequeño mercado de toda la vida. Tanto mis hermanos como yo seguimos viviendo en el barrio de nuestra niñez, y yo particularmente conozco a los fruteros, a los pescaderos o los carniceros, y si algo valoro de ellos es su estupendo sentido del humor y que no me dan gato por liebre.
Una vez que hago mi recorrido de todos los lunes, cuando regreso con la compra a casa pongo una lavadora. Suena el teléfono y, al ver en la pantalla de quién se trata, saludo:
—Hola, Natacha.
Natacha es la encargada de llevar mi restaurante Ibieva, en Ibiza. Yo llevo el Madeva, mi otro restaurante en Madrid, aunque mi sueño es regresar dentro de unos años a la isla. Adoro Ibiza, sus gentes y, sobre todo, la vida allí.
Durante un buen rato Natacha y yo hablamos como todos los lunes y me hace saber que el día anterior Agustín, el cocinero jefe del restaurante, pidió el finiquito y dijo que se iba al cabo de tres días.
¡Mierda! ¡Noooooo!
Eso me sorprende. Que yo sepa, el hombre estaba feliz, pero la sorpresa deja de serlo cuando Natacha me cuenta que al padre de Agustín le han encontrado un cáncer y este lo deja todo para cuidarlo.
Qué triste. Siempre que esa maldita enfermedad entra en la vida de una familia, hay un antes y un después. Por suerte, en la mía nadie la ha sufrido, aunque sé también que es una lotería y, bueno, solo espero que en el caso del padre de Agustín todo acabe bien.
Consciente del problema que hay en el restaurante, mientras hablo con ella, rápidamente busco en mi portátil vuelos ese mismo día para Ibiza. Saldré en el primero que encuentre. Mi cocina no puede estar sin un cocinero jefe.
Acelerada ya por mi inminente viaje, tras terminar de hablar con Natacha, miro en mi agenda nombres de cocineros que me han pedido trabajo en otras épocas y veo uno que sé que tengo que tantear. Antes, sin embargo, llamo por teléfono a Agustín.
Abatido, me cuenta lo que le ocurre a su padre y, tras darle ánimos y hacerle saber que estoy aquí para lo que necesite, colgamos.
¡Joder, qué triste!

Acto seguido llamo al teléfono de la persona a la que quiero tantear. Es Siobhan, una francesa que vive en Ibiza y que para mí es una estupenda jefa de cocina.
Al oír mi voz, Siobhan se alegra. Me cuenta que trabaja para uno de los hoteles de la isla y yo, sin perder tiempo, porque no lo tengo, le suelto mi proposición. Ella me escucha, imagino que valora lo que le propongo, y en cuanto acabo, le indico que solo le puedo dar dos días para que me proporcione una respuesta.
Finalmente nos despedimos y quedamos en volver a hablar. Una vez que cuelgo el teléfono, las tripas me rugen y decido hacerme algo de comer.
Pongo la televisión y, tras abrir el frigorífico, decido preparar algo rico y rápido. Tagliatelle a la carbonara sin nata. Para ello saco la panceta que he comprado en el mercado, un par de huevos y el queso parmesano.
Con diligencia y precisión me ocupo de todo y…, ¡mmm!, tras cortar la panceta y dorarla en la sartén, qué olorcito tan rico.
Estoy escuchando las noticias de la tele mientras cocino y, al oír algo, musito:
—Todos prometen y prometen, y cuando llegan al poder hacen lo mismo…, ¡nada!
Uf, nunca me ha gustado la política. Es más, nunca la he entendido y, la verdad, visto lo visto, ¡paso de entenderla!

Molesta con las desesperantes noticias que oigo, cojo el mando para apagar la televisión y luego digo:
—Alexa, pon música de Bruno Mars.
Segundos después comienza a sonar Too Good to Say Goodbye, de mi amado Bruno, y la canto a pleno pulmón. Dios, ¡es tan romántico!
—Te quiero, Bruno —murmuro.
Es mi cantante preferido. Lo amo. He tenido el placer de verlo cuatro veces en directo, en España y también fuera, y espero volver a verlo otras muchas. Para mí, ¡es lo más!
Estoy tarareando la canción cuando el teléfono vuelve a sonar.
Esta vez es mi hermana Teresa. Solo ver su foto en la pantalla del móvil ya me crispa, pero, consciente de que puede llamar para algo importante, lo cojo y oigo que dice:
—¿Dónde está?
—¿Quién? —pregunto sorprendida.
—¡¿Quién va a ser?! ¡Caro! —grita fuera de sí—. Me acaban de llamar diciendo que, aunque ha estado a primera hora en el colegio, después ha faltado a las siguientes clases.
Saber que busca a mi sobrina me inquieta, pero no es la primera vez que la jodía de la niña se salta alguna clase. Está en la edad de hacer tonterías. ¿Quién no las ha hecho con dieciséis años? Pero intentando no dramatizar, para que mi hermana deje de chillar como una posesa, digo con mi mejor tono:
—Teresa, conmigo no está. Seguramente se…
No puedo decir más. Mi hermana me cuelga y, sin poder remediarlo, maldigo. ¡Será idiota!
Acto seguido, busco en la agenda el teléfono de Caro y le escribo un wasap. Mis sobrinas y yo nos adoramos, tenemos una excelente conexión y estoy convencida de que a mí me contestará.
Su colegio está cerca de mi casa, toda la familia vivimos por la misma zona, y le hago saber que tiene cinco minutos para llamarme y decirme dónde está o, como tengo las entradas para ir al concierto de Shawn Mendes, ¡no irá!
Estoy pensando en ello cuando de pronto suena el timbre de la puerta y, al mirar la pantalla del videoportero, respiro aliviada al ver una gorra y saber que se trata de Caro.
¡Ni tres minutos ha tardado en dar señales de vida! Hay que ver lo que le gusta a mi sobrina ese cantante.
Me apresuro a abrir. Espero pacientemente a que suba en el ascensor y, una vez que la puerta del mismo se abre, exclamo con incredulidad cuando veo que se quita la gorra:
—Pero ¿qué te has hecho en la cabeza?
Caro se ríe, no puede evitarlo. ¡Se ha cortado el pelo como un chico y se lo ha teñido de color rosa chicle! ¡Mi hermana la va a matar!
—Tía…, ¡con mi Shawn no juegues!
Parpadeo sorprendida. Tendrá morro la jodía. Pero, sin entrar a echarle la bronca que se merece, pregunto:
—¿Qué narices has hecho?
—¡Jopé, tía!
—Pero, Caro, ¡tu pelo!
Ella se encoge de hombros, se lo toca y finalmente dice:
—Me gusta. Es lo que se lleva.
Vaya con la sinvergüenza…, pero sonrío. Por su manera de ser parece más mi hija que la de mi hermana. A pesar de ser impulsiva como yo, Caro también es una niña que tiene mucho coco. Solo hay que ver cómo protege a su hermana y a su padre del bicho de su madre y cómo cuida a mis padres, sus abuelos,
para intuir que, a pesar de sus dieciséis años y de las locuras propias de su edad, es una niña bastante madura.
Creo que tener la madre que le ha tocado la ha hecho madurar, aunque, bueno, no quiero ni pensar cuando la vea mi hermana la que se va a montar. Malo…, malo.
Mi sobrina, que va vestida con el uniforme del colegio, se acerca a mí y, tras abrazarme con mimo, me mira y dice:
—¿Puedo venirme a vivir contigo?
Según oigo eso, sonrío y pregunto tomando aire:

—¿Has comido?
Ella niega con la cabeza, por lo que cojo su mano y susurro:
—Pues vamos a comer.
En silencio, entramos en casa. Caro deja la mochila sobre el sofá y, en cuanto ponemos la mesa y reparto la pasta que he preparado en dos platos, nos sentamos a comer y ella afirma mirándome:
—Mola Bruno.
—Mucho —respondo.
En silencio, ambas escuchamos la preciosa canción que suena.
Al cabo, señalo la cabeza de mi sobrina y pregunto:
—¿Quién te lo ha hecho?
Caro traga lo que tiene en la boca y responde:
—La hermana de una amiga que estudia peluquería.
Asiento y, tras unos segundos sin hablar, musito:
—Cielo, tu madre te está buscando. La han llamado del colegio para decirle que…
—¡A mi madre que le den! —suelta.
—Caro…
—Tía, mi madre es una clasista y no me renta oírla.
Suspiro. Aunque piense lo mismo, no puedo darle la razón, pero, divertida por su manera de hablar, pregunto viendo que no ha perdido el apetito:

—¿No te «renta»?
Caro niega con la cabeza y yo insisto:
—Te rente o no, deberías llamarla.
—¡Paso!
Me hace gracia oír eso. Pero, consciente de que no puedo decir lo que pienso, murmuro intentando ser sensata con la situación:
—Caro…, es tu madre. Vale que es complicadita, pero piensa en ella y en que está preocupada.
La peque, al oír eso, me mira e indica:
—Si oyeras lo que la complicadita dice de ti, te aseguro que dejarías de preocuparte por ella.
Resoplo, entiendo lo que quiere decir. Conociendo a mi hermana, imagino las cosas que puede llegar a decir. Pero, sin entrar en ese tema o me voy a calentar, simplemente pregunto:
—¿A qué se debe lo que has hecho?
Mi sobrina arruga el morrillo; lo hace igual que mi madre. Y cuando las lágrimas comienzan a resbalar por sus mejillas dice en un hilo de voz:
—Se debe a que no la soporto.
—Caro…
—¡No la soporto…, como ella no me soporta a mí!
No sé qué decir. Mi hermana y yo tampoco nos aguantamos, y todo el mundo lo sabe. Pero, consciente de que Caro es aún una niña y yo soy la adulta de las dos, trato de tranquilizarla.
Caro tiene dieciséis años. Mi hermana la tuvo con veinte. Es un bomboncito de niña y físicamente se parece a mi cuñado. Es muy alta, tiene los ojos marrones como él, pero el pelo rubio
como Teresa y como yo. Bueno…, ahora lo tiene rosa chicle.
Caro habla y habla. Me cuenta lo complicado que es vivir con su madre y lo mal que lleva ser testigo de las humillaciones que su padre recibe por parte de mi hermana. La escucho. La entiendo. Con dieciséis años no ha de ser fácil presenciar todo eso, y cuando por fin consigo que se tranquilice, insisto:
—Vamos a ver, cielo…, coge aire.
Caro me mira y, sin sorprenderme mucho, dice:
—¡Según ella, soy su gran decepción!
Pobre…
—Tú no podrías ser una decepción ni queriendo —susurro con
cariño.
Por fin mi sobrina sonríe. Trato de infundirle positividad, de darle amor. Adoro a esta pequeñaja. Entonces ella se toca la coronilla rapada y pregunta:
—¿Te gusta, tía?
Sonrío. Caro estaría guapa aunque se pusiera una coliflor en la cabeza, e indico:

—A mí me gusta y estás muy guapa. Pero sabes tan bien como yo que a tu madre no le gustará.
—¡Eso no me quita el sueño!
—Caro…
—¡Es que ella me tiene manía!
Oír eso me hace gracia, pero intento no sonreír. ¿A quién no le tiene manía mi hermana?
—Esta mañana yo quería llevar el pelo suelto y ella se ha empeñado en que debía recogérmelo para que las perlas australianas que me regaló en Navidad se vieran a cien kilómetros de distancia —continúa mi sobrina.
—Pues ahora se ven ¡increíblemente bien! —me mofo.
Caro sonríe, yo también, y ella añade:
—Me trata como si fuera tonta. No tiene en cuenta mi opinión. Me reprocha todo lo que hago y lo que digo. Incluso me amenaza con enviarme a un internado si no hago lo que quiere.

Joder…, joder con mi hermana. Estoy por ir a por ella y cantarle no las cuarenta, sino las ochenta, pero entonces oigo que
Caro dice:
—Odia a mis amigas. Según ella, no me convienen porque acabaré como el tío Héctor. Pero, por favor, ¡si mis amigas lo máximo que beben es Coca-Cola Zero! Y hoy, cuando hemos discutido antes de ir al cole, me ha dicho que me despida de ellas porque no las volveré a ver.
—¡¿Qué?!
Caro asiente.
—Dice que Yolanda y Susana no son la clase de amigas que quiere para mí, y se ha empeñado en que a partir de ahora debo salir con las hijas de su amiga Isolda. Y no, tía, no. Esas niñas cursis y envaradas no me gustan. Yo tengo mis amigas de siempre. Mi grupo. ¿Por qué he de apartarlas de mi vida y tener las que mi madre quiere?
Suspiro. Sé quiénes son las amigas de Caro, del mismo modo que sé quién es Isolda, la amiga de mi hermana, y si algo me queda claro es que Teresa no está procediendo bien y quiere manejar el futuro de mi sobrina.
Pobre, ¡la que se le viene encima! Como mi cuñado no saque su carácter, mi hermana va a jorobar a las niñas.
Eso me da rabia. Amo a mis sobrinas. Quiero su felicidad, pero ¿qué narices puedo hacer yo si su madre, de entrada, me odia por ser como soy?
Yolanda y Susana son las nietas de Pascual y Angelines, los porteros de la casa donde viven mis padres, y, conociendo a mi hermana, tengo más que claro que le prohíbe a Caro salir con ellas porque sus abuelos son los porteros.
¡Será gilipollas!

Cuando voy a decir algo, no sé si acertado, comienza a sonarme el teléfono. Al mirar veo que se trata de Siobhan. Por ello murmuro dirigiéndome a mi sobrina mientras salgo a la terraza:
—Cielo, dame un segundo.
Acelerada, atiendo la llamada y estoy por saltar de alegría cuando Siobhan me dice que acepta mi propuesta y que al día siguiente puede incorporarse al trabajo.
Oír eso me da un respiro. Mi viaje a Ibiza no ha de ser inminente y, tras darle el teléfono de Natacha para que la llame y hable con ella, me despido con cariño de Siobhan. Dentro de unos días viajaré a la isla y la veré.
Acto seguido, le envío un mensaje a Natacha advirtiéndola de lo ocurrido y, tras recibir su OK, me quedo tranquila.
Entro de nuevo en el salón, me acerco a Caro y, cuando voy a hablar, suena el videoportero. Sin esperar un segundo voy a mirar quién es y, al verlo, miro a mi sobrina y musito:
—Es tu padre.
Caro afirma con la cabeza.
—Le he escrito un wasap cuando venía para decirle que estaría aquí.
Asiento. Caro y su padre se adoran, y me alegra saber que le ha escrito para avisarlo de dónde estaba.

Abro la puerta y, momentos después, el ascensor se detiene y al salir de él mi cuñado Fran, murmuro al ver su gesto desencajado:
—Tranquilo. Tu pequeñaja está bien.
Acto seguido Fran me abraza y cuchichea:
—Te juro que algún día me va a dar un infarto.
Asiento, lo entiendo, y sin decir más entramos en mi casa.
Fran y mi sobrina se miran y este, al ver su cambio de imagen, murmura:
—La que va a montar tu madre cuando te vea.
Caro no se mueve, mi cuñado tampoco, y por último él comenta con una sonrisa:
—Estás muy guapa, pequeñaja.
Mi sobrina me mira. Yo le sonrío, y ella susurra entonces arrugando el morrillo:
—Papá…, lo siento.
Fran no dice nada y, acercándose a su niña, la abraza. Sonrío.
Padre e hija se adoran, siempre lo han hecho, y cuando se sientan en mi sofá, mi sobrina solloza.
—Mamá me odia, papá.
Fran sonríe y suspira.
—No, cielo. No te odia. Ya te lo he dicho otras veces. Es solo que ella es especial.

¡¿Especial?! Yo más bien diría que es gilipollas, pero mejor me callo. No la quiero liar más.
Durante un rato padre e hija hablan. Yo solo escucho, y cuando finalmente Fran consigue que Caro entre en razón para que regrese con él a casa, ella va entonces al baño y mi cuñado me mira y dice:
—Gracias por estar siempre ahí para Carolina.
—No digas tonterías —musito dándole un empujoncito cariñoso.
Ambos sonreímos y luego él añade:
—Si no fuera por las niñas, yo tampoco volvería a esa casa.
Oír eso no me sorprende e, incapaz de callarme, pregunto con total sinceridad:
—¿Por qué soportas a mi hermana?
Fran me mira. Como en otras ocasiones, siento que su mirada quiere decir algo que no logro comprender, y entonces responde:
—Por las niñas.
No podemos seguir hablando. Caro reaparece en el salón y él dice poniéndose en pie:
—Venga, pequeñaja, vayamos a casa.
Mi sobrina me abraza. Con todo mi cariño, la beso en la cabeza y, antes de marcharse, declaro mirándola a los ojos:
—Aquí estoy siempre para lo que quieras, ¿de acuerdo?

—Ya lo sé, tía —y sonriendo pregunta—: Lo del concierto de Shawn sigue en pie, ¿verdad?
Eso me hace reír a carcajadas. ¡Adoro a esta pequeñaja! Y afirmo ante la sonrisa de mi cuñado:
—Claro que sí, pero pórtate bien o tu madre no te lo permitirá.
Caro parpadea, se ríe y suelta:
—¡Que se atreva!
Uf…, uf…, la guerra que creo que vamos a tener con mi hermana y esta… Y, después de darle otro cariñoso beso, añado:
—Cuando llegues a casa y ella te vea, por favor, tranquilita, ¿vale?
Caro asiente. Mi cuñado me sonríe y, tras darme un beso cada uno, se marchan, y yo, después de quitar la mesa, llamo de nuevo por teléfono a mi restaurante de Ibiza mientras los compadezco y pienso en la que va a montar mi hermana cuando vea el pelo color rosa chicle de mi sobrina.

 

SIGUIENTE

Leave a Reply

comment-avatar

*