Hay momentos que deberían ser eternos de Megan Maxwell 003

Capítulo 3

Menudo miércoles de mierda que llevo.
Problemas…, problemas y más problemas.
Tengo prisa, ¡mucha!, y estoy cargada de negatividad.
Pero, como siempre, el tráfico a las tres de la tarde en Madrid, y por la calle Toledo, es una puñetera locura.
Miro el semáforo. Está en verde, pero los coches no se mueven.
Vamos…, vamos…, vamos…
¡Toco el claxon!
¡Nada!
Lo vuelvo a hacer mientras me meto una gominola en la boca.
¡Me desespero! ¡Joer, que tengo prisa!
Pero nada, el semáforo se pone rojo y ni medio metro me he movido, por lo que grito desesperada:
—¡Me cago en tó lo que se menea!
Suena mi móvil y veo en la pantalla el nombre del encargado de mis dos hoteles en Ibiza. Por suerte, la llamada no es para nada importante, y cuando acabamos respiro aliviada. Instantes después el teléfono vuelve a sonar y veo el rostro de Nina sonriendo en la pantalla.
Rápidamente pongo el manos libres.
—Dime, Nina.
—Jefa, acaba de llegar al restaurante Miguel Arestes con siete comensales más y…
—¡No me lo digas! —la corto, y finalizo—: No está apuntada su reserva, ¿verdad?
—Verdad —afirma Nina, consciente de que era mi hermano Héctor quien se ocupaba de hacer las reservas.
¡Mecagoentóóóóó!
Miguel Arestes es uno de mis mejores clientes. Sus reuniones en mi restaurante suponen una gran entrada de dinero semanal.
Cuando pille a Héctor lo voy a matar.
Pienso… Pienso rápido y luego pregunto:
—¿El rincón derecho del salón esta libre?
—Sí.
Asiento.
—Diles a Jara y a Marcos que monten a toda prisa tres mesas en ese espacio y luego pongan dos biombos para separarlas del resto del comedor y darles intimidad —indico.

—Vale.
—Mientras esperan —prosigo—, acompáñalos personalmente a la bodega e invítalos a una buena botella de vino. Ya sabes que no hay nada que a Miguel le guste más que un buen vino.
—Excelente idea, Bridget —afirma Nina haciéndome reír.
Una vez que me despido de ella, cuelgo la llamada y marco el teléfono de mi hermano Héctor. ¡Este me va a oír! No solo lo tuve que echar del restaurante por meter la mano en la caja, sino que, encima, llevamos una semanita comiéndonos sus errores.
Un timbrazo. Dos… Cuatro… Siete…, y al décimo la llamada se corta.
Insisto, pero nada. Héctor no lo coge. Me como otra gominola.
Es la quinta vez que trabaja conmigo y la quinta vez que lo tengo que despedir. En dos ocasiones porque no cumplía los horarios. Una vez porque le pegó un puñetazo al cocinero. Otra porque llegó totalmente borracho a trabajar, y esta última porque se llevó dinero de la caja. Vamos, ¡es un perla!
En la radio comienza a sonar la canción Wonder de Shawn Mendes y subo el volumen. Me encanta este muchacho en todos los sentidos. Voy a llevar a mis sobrinas a su concierto y, lo mejor, tiene una voz que es puro terciopelo. Vale, ya sé que podría ser su madre, pero, oye, la imaginación es libre, ¿o no?
De nuevo, el semáforo en verde. Los coches tocan el claxon.

Por supuesto, yo también, pero nada…, otra vez el semáforo se pone rojo y no se ha movido ni un solo vehículo.
Pongo el coche en punto muerto, cojo aire por la nariz, cierro los ojos y respiro. Respiro o explotaré.
Una vez…
Dos…
Tres…
Según mi profe de taichí, este ejercicio despeja la mente de malas vibras y relaja.
Entonces el conductor del coche que me precede, que debe de llevar tanta prisa como yo, comienza a pitar. Eso hace que abra los ojos. ¡Adiós, relajación! ¡Hola, malas vibras! Semáforo en verde de nuevo, pero nada, seguimos sin movernos.
Me rasco la cabeza mientras pienso en mi hermano Adrián.
Me ha llamado hace un rato para decirme que se había caído con la moto y que se lo llevaban en una ambulancia al hospital Las Palmeras. Ha sido él mismo quien ha telefoneado, pero ¡madre mía, qué preocupación tengo!
Suena mi móvil. Al mirarlo, veo en la pantalla la foto de mi madre haciendo una paellita este verano en la casa de Mallorca.
Me temo lo peor y, tomando aire, le doy al manos libres, la música se interrumpe y oigo:
—Eva María…

Mal asunto.
—He llamado al restaurante para hablar contigo y me han dicho que has salido para el hospital para ver a Adrián. ¿Qué pasa?
¡Joder…, joder…, joder! Mi negatividad sube por momentos.
Odio ir a los hospitales. Soy un poco aprensiva. Solo el olor que hay al entrar ya me agobia.
—Mamá, tranquila. Se ha caído con la moto —musito, intentando decirlo con suavidad.
—¡Ay, por Dios! ¿Cómo está?
—No lo sé.
—¡Puñetera máquina del demonio!
—Tranquila, mamá, he hablado con él y…
—Ay, por Dios, ¡no gano para disgustos con vosotros!
Vale. Ese «vosotros» significa que me incluye en el lote, cuando me paso media vida, por no decir la vida entera, trabajando y sacando a alguno de mis hermanos de sus problemas.
—Seguro que Adrián no ha desayunado y le ha dado una bajada de tensión.
—A ver, mamá…
—¡Ni «a ver, mamá» ni leches en vinagre, Eva María! Tu padre y yo ya vamos para el hospital.

Asiento, era de esperar, y pitando de nuevo con el claxon pregunto:
—¿Vais en el coche de Teresa?
—No, hija. Teresita no puede venir.
—¡¿Cómo?!
—Teresita está liada.
—¡Joder con Teresita! ¿Está en el spa o en su sesión de reiki?—pregunto mordaz.
—Eva María, no empieces. Teresita no puede venir y punto pelota.
¡Punto pelota! Siempre igual.
Haga lo que haga la Tipitesa, ¡todo está bien! E incapaz de callar, suelto:
—Mamá, te recuerdo que yo estaba trabajando cuando Adrián me ha llamado y…
—Eres la mayor, ¿cómo no te va a llamar a ti? Por cierto, ya me ha dicho Héctor que lo has vuelto a despedir. Pero, hija, ¿cómo le haces eso?
Suspiro. Luego cojo aire e indico:
—Mamá, de Héctor prefiero no hablar. Y, sí, soy la mayor, y antes de que me interrumpas, dirijo mis propios negocios y…
—¿Me vas a comparar lo que tú haces sin marido ni hijos con lo que hace tu hermana, que es marquesa, madre y esposa?

Respiro…, respiro… ¡Ay, que exploto!
Sacar adelante dos hoteles y dos restaurantes para mi madre no es trabajar. Eso sí, Teresita, que no trabaja y solo se toca el higo a dos manos, ¡es la que está más ocupada!
¡Vaya tela!
Su niñita siempre ha sido Teresa. Llegó cuando nadie la esperaba y para ella fue ¡su regalo de Dios! Para el resto, ¡el regalo del demonio! Porque, oye, aunque quiero a mi hermana, soy consciente de que es la tipa más egoísta y egocéntrica que hay sobre la faz de la Tierra. Es ella, luego ella y, si sobra algo, sigue siendo para ella. En fin…, es lo que nos ha tocado.
Estoy pensando en ello cuando oigo a mi madre decir:
—Me ha dicho Teresita que en cuanto sepamos algo de Adrián la llames y se lo cuentes.
¡Me cago en Teresita y en la pobre madre que la parió, que es la mía!
—Dime al menos que no es papá el que conduce —replico enfadada.
Tras unos segundos que se me hacen eternos, finalmente mi madre responde:
—Pues claro que no, hija. Ya que no has venido tú a buscarnos, vamos en un taxi.
Vale. Menuda pullita me acaba de lanzar mi madre con eso de «ya que no has venido tú a buscarnos»…
Vamos a ver, vamos a ver… Que estaba trabajando. Pero, mira, mejor no digo nada al respecto.
—Eva María, ¿estás ya en el hospital? —pregunta entonces ella.
—No, mamá. Pero, tranquila, en quince minutos estaré allí.
¿Quince minutos? ¡Seré mentirosa, por no decir Pinocha!
Con el atascazo que hay, por lo menos tardaré una hora. El teléfono me indica que tengo otra llamada entrante y me apresuro a decir:
—Mamá, te veo en el hospital. Tengo otra llamada.
—Quien sea que espere, ¡estás hablando conmigo!
Resoplo y, sin darle tiempo a más, suelto:
—Mamá, ahora te veo.
Cuelgo y rápidamente cojo la siguiente llamada a través del manos libres.
—¿Sí?
El semáforo está verde. Por suerte, esta vez los coches avanzan, pero cuando llego al semáforo, este vuelve a ponerse en rojo. Vale, no desesperaré. En la siguiente remesa, con un poquito de suerte podré salir de aquí.
—Buenos días. Mi nombre es Michael Boras Jiménez y la llamo de la compañía telefónica MoJaYo para darle la excelente noticia de que le podemos rebajar su factura de teléfono. ¿Hablo con Eva María García?
¡Lo que me faltaba!
No soporto estas llamaditas. Pero con toda la educación del mundo porque quien está al otro lado del teléfono se gana la vida así, respondo:
—Sí, soy Eva. Pero, discúlpeme, no me interesa cambiar de compañía telefónica.
—¿No le interesa ahorrarse dinero en su factura todos los meses?
Vale…, ¡ya estamos!
—Claro que me interesa, pero…
—Si me permite un segundo…
—Que no me interesa…
—Le aseguro —insiste él mientras me meto una gominola en la boca— que lo que le voy a contar le va a interesar.
Y, sin más, me empieza a soltar una larguísima parrafada de la que no me entero de nada mientras yo miro el semáforo y este se pone verde. ¡Sí!
Meto primera, suelto el embrague y por fin comienzo a circular.
El pobre hombre al otro lado del teléfono habla y habla. Desde luego, el guion se lo tiene bien aprendido, y cuando por fin calla, lo oigo que dice:
—¿Qué le parece lo que le he contado?
—Muy bien —respondo sin saber por qué.
—Entonces ¿cambiará su factura de teléfono a MoJaYo?
—No, muchas gracias.
—Pero si le he contado que se va a ahorrar todos los meses un treinta y cinco por ciento en su factura del teléfono e incluso tiene dos meses gratis de televisión en la plataforma…
—De verdad, que no —reitero.
Sin embargo, el hombre sigue y sigue, y cuando no puedo más indico:
—He dicho que no. Usted es muy amable, de verdad, pero no me interesa. ¡Buenas tardes!
Y, sin más, corto la comunicación quedándome con una sensación agridulce por haberlo hecho. Yo no soy así. No suelo ser borde ni antipática. Pero era eso o luchar contra aquel que se ha empeñado en que sí o sí tengo que cambiar de compañía telefónica.
Con destreza, conduzco por las calles de Madrid, me lo conozco fenomenal. De pronto, al parar en otro semáforo, ¡zas!, una camioneta de reparto me da un toque por detrás.
¡Me cago en todo lo que se menea!
Como es lógico, paro el motor. Me bajo del coche y, tras examinar el vehículo y ver que solo tiene un rasguño, miro al conductor del otro vehículo, que se ha apeado también, y le pregunto:
—¿Está usted bien?
El hombre, que tendrá la edad de mi padre, mira su parachoques, que solo tiene unos pequeños rayones como el mío, y suelta:
—Nada, rubita. Un toquecito de nada. No ha pasado nada, chatina.
Bueno…, bueno… ¿«Rubita»? ¿«Chatina»? ¿En serio?
¡Lo que me faltaba para culminar el día que llevo!
¿A que lo mando a la mierda?
La chulería de ciertos machitos ibéricos me pone enferma, no puedo con ellos, y siento cómo mi gesto cambia para volverse gris. Sí…, sí, ¡gris!
El hombre vuelve a mirarme. Creo que de pronto es consciente de mi color grisáceo y mis malas pulgas, y musita:
—Aun así, podemos hacer parte. ¿Se encuentra bien, señorita?
Vale, se ha dado cuenta de su error. Seré buena.
Sinceramente, estoy hasta el mismísimo moño, por no decir una vulgaridad, de que por ser mujer algunos hombres se tomen ciertas libertades. Luego me llaman «feminista», pero, joder, solo intento que me traten con el mismo respeto que trato yo.

Finalmente, con la prisa que tengo, viendo que no ha sido nada y que todos estamos bien, montamos en nuestros respectivos vehículos y proseguimos nuestro camino. Ni parte amistoso ni leches en vinagres.
Instantes después, el móvil vuelve a sonar. Es del restaurante.
—Jefa, soy Jara.
Extrañada porque no me llame Nina, pregunto:
—¿Qué pasa, Jara? ¿Por qué me llamas tú y no Nina? ¿Algún problema con Miguel Arestes?
La joven enseguida me suelta:
—La puerta de la bodega se ha cerrado con Nina y los comensales dentro y no conseguimos abrirla.
Resoplo mientras la escucho. Eso ya nos ha pasado alguna vez antes. Tengo que mandar arreglar esa puerta, pero por suerte sé cómo solucionarlo. Entro en el parking al aire libre del hospital y, tras parar para coger el tíquet, digo antes de volver a arrancar:
—Ve a mi despacho. En el mueble que hay a la derecha verás una barra de hierro. Cógela y llévala a la bodega, haz palanca con ella en la puerta y podrás abrir.
—Vale.
—Dile a Nina que me llame cuando esté solucionado.
Una vez que cuelgo, meto primera y busco dónde estacionar.
Por suerte, hay un vehículo que se va justo al ladito de la puerta de entrada.
Tras apearme y cerrar el coche, tomo aire. Sin dudarlo, entro y el vello de todo el cuerpo se me eriza. Uf…, qué mal rollito me dan los hospitales. Les tengo una tirria…
Rápidamente voy a admisión de urgencias y, en cuanto le doy mi nombre y el de mi hermano a la recepcionista y comprueba que somos familia, me indica que Adrián está bien, pero a la espera de una prueba que le han hecho. También me dice que debo esperar en la salita pacientemente y, no, eso sí que no.
¡Tengo que ver a mi hermano! Luego, a pesar del mal rollito que siento por estar donde estoy, esperaré lo que quiera.
Como es lógico, comienza la batalla dialéctica entre la recepcionista y yo. Ella insiste en que espere. Yo insisto en que antes quiero ver a Adrián. La turra que las dos liamos no tiene parangón, y finalmente, después de que un médico nos oiga y se apiade de mí, le pide a la recepcionista que me deje pasar cinco minutos.
¡Bien por él!
Cuando llegamos al box donde está mi hermano, según lo veo me olvido de la angustia que siento por estar en el hospital y lo primero que me sale es darle un beso y, como si fuera su madre, le toco la frente para retirarle el flequillo del rostro y le pregunto:
—¿Cómo estás, cielo?

Adrián me mira. Su gesto es de dolor, e indica señalándose la pierna herida:
—Tranquila, de esta no me muero.
—Ay, Adrián, por Dios, ¡qué susto!
Mi hermano me mira. Por mi gesto sabe que me ha asustado y, cogiéndome la mano, cuchichea:
—Te prometo por tu Bridget Jones que estoy bien.
Según lo oigo decir eso, se me va el instinto maternal y, dándole un manotazo en el hombro, gruño:
—¿Se puede saber por qué no tienes más cuidado con la moto?
Mi hermano se queja y, viendo el estropicio que parece haberse hecho en la pierna, exclamo:
—Maldita sea, ¡tienes que cuidarte, Adrián! Y te aviso que mamá y papá vienen hacia aquí y ya sabes lo pesadita que es ella cuando se lo propone.
—Gominola…
Vale. Ya me ha llamado por ese absurdo nombrecito con el que me llama desde niños porque me encantan las gominolas. Menudo vicio tengo. E, intentando parecer enfadada, insisto:
—No desvíes el tema.
Finalmente nos reímos los dos. De todos mis hermanos, es con el que mejor conexión tengo. Con mirarnos nos entendemos. Y entonces lo oigo preguntar:
—¿Estás bien?
Miro a mi alrededor y afirmo tomando aire:
—Claro que sí.
Él asiente y, cuando voy a hablar, musita:
—Vale. Me he emocionado en la M-40. Acababa de hablar con Thomas Gurden, que me ha invitado a una expedición en Groenlandia y…
—¿Groenlandia?
Mi hermano asiente. Sabe que siempre hemos querido ir allí, y cuchichea:
—¿Qué te parece?, ¿te apuntas? A Thomas le encantará.
Adrián y yo somos aventureros. Nos hemos ido muchas veces de viaje juntos, pero viendo cómo está él, ¡ahora mismo no puedo pensar en eso!
—Dios, Gominola —insiste—, podremos ver por fin increíbles glaciares y preciosas auroras boreales… ¡Es el viajazo con el que siempre hemos soñado!
Resoplo con incredulidad, y a continuación maldigo.
—¿Cómo puedes estar hablándome de eso estando donde estamos?
Mi hermano sonríe; para él, sus caídas con la moto parecen no tener importancia. Sin embargo, al ver mi gesto finalmente se baja de su burbujita groenlandesa y suelta:
—Vale. La culpa de la caída ha sido mía, pero creo que no tengo nada roto, aunque me duele la pierna y…
—Tienes una quemadura terrible —finalizo la frase mirándola.
—Pero estoy bien —manifiesta.
Resoplando, asiento y él cuchichea:
—Deshazte de esa negatividad, ¡te está carcomiendo!
Por último sonrío. Cuando me pongo, soy lo más negativo del mundo. Y tomando aire pregunto:
—¿Has avisado a Danica?
Mi hermano niega con la cabeza. Su novia Danica es una guapa modelo rusa y salen juntos desde hace años.
—Ayer se fue a Bélgica por trabajo —indica—. Regresa pasado mañana.
—Pero ¿la vas a avisar? —insisto.
Mi hermano suspira.
—De momento, no. No quiero asustarla.
Vale, lo entiendo. Creo que yo haría lo mismo.
En ese instante entra en el box una doctora con unos papeles en la mano y explica mirando a mi hermano:
—Tienes una pequeña fractura en el fémur, además de las abrasiones. Y a eso hay que sumarle que los valores que han salido en el análisis que te hemos hecho no me terminan de gustar, por lo que te vamos a subir a planta. Te quedas ingresado.
—Nooooo —musita mi hermano.
Joder…, joder…, joder… ¿Se queda ingresado? ¿En serio?
La doctora nos mira, asiente con la cabeza y luego pregunta:
—¿Cuánto hace que te hicieron la neumonectomía?
—Hace siete años —me apresuro a contestar yo.
La doctora lo apunta en sus hojas y vuelve a preguntar:
—¿Por qué te tuvieron que intervenir?
Esta vez es mi hermano el que responde.
—Tuve un accidente bastante fuerte con la moto. Era piloto de MotoGP y…
Al decir eso, la doctora levanta la vista de los papeles. Veo que observa a mi hermano y suelta:
—Adrián García. ¡Adrigar! Claro. ¡Eres tú!
Mi hermano sonríe. Yo también. Que la gente aún lo recuerde de su época como piloto de MotoGP le sigue gustando.
—Que sepas que el día que ganaste el campeonato del mundo en Jerez, en mi casa lo celebramos a lo grande —añade la doctora.
—Es un placer saberlo —asiente Adrián.
Con una dulce sonrisa, la mujer escribe algo en su informe y luego indica:

—Vivir con un solo pulmón, aunque te permite hacer una vida normal, requiere de unos cuidados y…
—Y él no se cuida —la interrumpo yo—. Por lo que no hay más que hablar. Como usted ha dicho, se queda ingresado.
Mi hermano y la doctora se miran y ella murmura:
—Si tu mujer lo dice…
—No es mi mujer. Es mi hermana.
Ambos sonríen y la médica, antes de marcharse, agrega:
—Daré la orden para que te suban a planta. Te haremos unas pruebas, y, mientras tanto, tranquilidad.
Según ella se va, Adrián y yo nos miramos y lo primero que nos sale es:
—¡Aguanta a mamá!

 

SIGUIENTE

Leave a Reply

comment-avatar

*