Hay momentos que deberían ser eternos de Megan Maxwell 005

Capítulo 5

—Gominola, el teléfono este vibra —musita mi hermano.
Miro la cama y, sí, mi otro móvil vibra. Es el que utilizo para los proveedores de mis restaurantes, y me apresuro a cogerlo.
Según termino de hablar con Esteban, que es quien me suministra la verdura fresca, suena mi otro teléfono.
—Eva María, ¿otra vez el puñetero móvil? —suelta mi madre.
Miro a mi padre, que intercambia una mirada con Adrián, y ambos se ríen. Estos con reírse lo solucionan todo.
—¡Ni que fueras un ministro! —añade mi madre.
Oírla protestar cada vez que me suena el teléfono es verdaderamente agotador.
Pero ¿acaso no sabe ya que soy autónoma y empresaria?
Son las ocho de la tarde, mi nivel de tolerancia comienza a estar bajo cero y, cogiendo el teléfono, lo atiendo. Es Nina.
—¿Cómo está tu hermano?
Alejándome de mis padres, rápidamente respondo:

—Bien, pero se queda ingresado. Y mi madre me tiene negra, y creo que como tarde mucho en marcharse a casa me va a dar un infarto.
Oigo la risa de Nina. Yo también me río.
—¿Te quedas con Adrián en el hospital? —pregunta ella.
—Qué remedio —contesto.
A ver…, mis padres son mayores y no se van a quedar, y por aquí todavía no han aparecido ni Teresita ni Héctor. Por tanto, como siempre…, yo.
—Mi querida Bridget… —dice entonces Nina—. ¿Algún buenorro a la vista?
Me río. Sabe cuánto me gustan esas películas, y musito:
—Nada. Cero patatero.
Ambas reímos y, saliendo de la habitación, pregunto:
—¿Todo bien por ahí?
Nina enseguida me pone al corriente de cómo ha ido el turno de la comida tanto en Ibiza como en Madrid. Adoro ambos restaurante, pero el de Ibiza es mi ojito derecho. Fue el primero que abrí, hace trece años, y es al que le tengo más cariño. Lo abrí precisamente allí porque siempre me ha gustado esa isla.
Viví en Ibiza durante años hasta que mi madre se cayó, se rompió la cadera y me vi más tiempo en Madrid que en la isla.
Contar con mis hermanos Adrián y Héctor, junto con mi padre para cuidarla, contaba, pero mi madre no lo ponía fácil. «¡Eva, son hombres!», me decía. Y contar con mi hermana Teresa fue imposible. Su vida era demasiado divina y estaba demasiado ocupada como para cuidar de nuestra madre.
En esa época lo dejé también con Lionel, el que era mi novio, y al final, para romper con todo, decidí mudarme y abrir otro restaurante en Madrid.
Y, la verdad, este último va de lujo y sé que, aunque yo regrese a Ibiza, cosa que en un futuro quiero hacer, funcionaría solo. Tengo la inestimable ayuda de Nina. La conocí en la isla cuando las dos éramos unas crías y siempre ha estado a mi lado para lo bueno y para lo malo.
Cuando compré mi primer hotelito, ella me ayudó en todo lo que pudo y más. Y cuando abrí el restaurante, fue la primera a la que contraté. Sin embargo, el amor se cruzó en su vida y, con todo el dolor del mundo, tuvo que dejarme para trasladarse a vivir a Madrid.
Ese amor duró poco más de seis años y, cuando regresé a Madrid y nos volvimos a encontrar, volví a contratarla sin dudarlo. Nina es la mejor.
Sigo hablando con ella cuando me indica que mi amado hermano no solo no anotó la reserva de Miguel Arestes, sino que se dejó cuatro más sin apuntar.

—Te juro que lo mato cuando lo vea —siseo.
Vuelvo a oír la risa de Nina, que añade:
—Tranquila. Por suerte, he podido solventar todas las reservas.
—¿Y si para esta noche hay alguna más que no apuntó? —insisto.
Nina, que es previsora como yo, afirma:
—Tengo un par de mesas reservadas por si eso ocurriera. Tú no te preocupes por nada. Solo deja la negatividad a un lado y encárgate de estar con Adrián, ¿de acuerdo?

 

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