Liberado de E.L. James 002

Lunes, 20 de junio de 2011
Esta mañana ha sido una auténtica pesadilla, y tengo ganas de arrancarle la piel a tiras a alguien. Había hordas de periodistas, incluidos un par de equipos de televisión, acampadas en la puerta del Escala y de Seattle Independent Publishing.
¿Es que no tienen nada mejor que hacer?
En casa ha sido fácil darles esquinazo porque hemos entrado y salido a través del parking subterráneo. En SIP, en cambio, es otra cosa. Estoy perplejo y horrorizado por que esos buitres hayan podido localizar a Ana tan rápido.
¿Cómo lo han hecho?
Los esquivamos rodeando el edificio de SIP y entrando por las puertas de carga y descarga de la parte de atrás, pero ahora Ana está atrapada en su oficina y no sé muy bien qué pensar. Al menos allí estará segura, pero tengo la certeza de que no va a soportar estar ahí encerrada mucho tiempo.
Se me cae el alma a los pies. Pues claro que los medios de comunicación de Seattle sienten curiosidad por mi prometida. Forma parte de la esfera privada de Christian Grey. Solo espero que tanta atención mediática no la asuste y la aleje de mí.
Sawyer aparca delante de Grey House, donde otro par de buitres andan al acecho, pero con Taylor a mi lado paso como una flecha por su lado, haciendo caso omiso a la batería de preguntas que me lanzan a voz en grito.
¡Menuda manera de mierda de empezar el día!
Aún rabioso, espero el ascensor. Tengo una lista de cosas que hacer más larga que mi polla, y además tengo que lidiar con el follón del fin de semana: llamadas perdidas de mi padre, de mi madre y de Elena Lincoln.
¿Por qué narices me llama? No tengo ni idea. Hemos acabado. Se lo dejé bien claro el sábado por la noche.
Preferiría estar en casa con mi chica.
En el ascensor, miro el teléfono. Tengo un correo electrónico de Ana.
De: Anastasia Steele
Fecha: 20 de junio de 2011 09:25
Para: Christian Grey
Asunto: Cómo hacer que una prometida lo pase bien
Queridísimo futuro marido:
He pensado que sería muy desconsiderado por mi parte no darte las gracias por:
a) haber sobrevivido a un accidente de helicóptero
b) una proposición de matrimonio ejemplar y llena de flores y corazones
c) un fin de semana maravilloso
d) un regreso al cuarto rojo
e) un pedrusco precioso, ¡en el que se ha fijado todo el mundo!
f) cómo te he despertado esta mañana (¡sobre todo por esto! ;))
A x
Anastasia Steele
Editora en funciones, Ficción, SIP
P.D.: ¿Tienes alguna estrategia para lidiar con la prensa?
De: Christian Grey
Fecha: 20 de junio de 2011 09:36
Para: Anastasia Steele
Asunto: Cómo hacer que un hombre lo pase bien
Mi querida Ana:
No hay de qué en absoluto.
Gracias a ti por un fin de semana maravilloso.
Te quiero.
Volveré a escribirte con una estrategia para lidiar con la p*** prensa.
Christian Grey
Presidente de Grey Enterprises Holdings, Inc.
P.D.: Creo que los buenos despertares por la mañana están subestimados.
P.D.2: ¡¡¡P*** BLACKBERRY!!!
¡¿Cuántas veces tengo que decírtelo, mujer?!
Divertido y apaciguado por nuestro intercambio de correos electrónicos, salgo disparado del ascensor.
Andrea está sentada a su mesa en mi despacho.
—Buenos días, señor Grey —dice—. Mmm… Me alegro… Me alegro de que siga con nosotros.
—Gracias, Andrea. Te lo agradezco de veras. Y también quiero agradecerte todo lo que hiciste el viernes por la noche. Tuvo mucho valor para mí.
Se sonroja, avergonzada, creo, por mi gratitud.
—¿Dónde está la chica nueva? —pregunto.
—¿Sarah? Ha salido a hacer un recado. ¿Quiere un café?
—Por favor. Solo. Muy cargado. Tengo muchas cosas que hacer.
Se pone de pie.
—Si me llama mi padre, mi madre o la señora Lincoln, anota el mensaje. Pásale todas las solicitudes de la prensa a Sam, pero si llaman de la Administración Federal de Aviación o de Eurocopter o si llama Welch, pásamelos a mí.
—Sí, señor.
—Y por supuesto, también si llama Anastasia Steele.
La cara de Andrea se dulcifica con una de sus excepcionales sonrisas.
—Enhorabuena, señor Grey.
—¿Te has enterado?
—Se ha enterado todo el mundo, señor.
Me río.
—Gracias, Andrea.
—Iré a buscar su café.
—Genial, gracias.
Una vez en mi mesa, enciendo mi iMac. Hay otro mensaje de correo de Ana.
De: Anastasia Steele
Fecha: 20 de junio de 2011 09:38
Para: Christian Grey
Asunto: Los límites del lenguaje
**. ¡****, **** ******!
*** ***** ** ********.
* **** ***, ***.
A x
Me río a carcajadas a pesar de que no tengo ni idea de qué es lo que ha escrito. Andrea entra con mi café y se sienta para que podamos repasar la agenda del día antes de mi primera llamada.
Tengo la sensación de llevar al teléfono tres horas largas. Cuando al fin cuelgo, me levanto y me desperezo, son las 13.15. Hoy nos devolverán el Charlie Tango y debería estar de vuelta en Boeing Field esta noche. La Administración Federal de Aviación ha traspasado la investigación sobre el aterrizaje forzoso a la Junta Nacional de Seguridad en el Transporte, la NTSB. El ingeniero de Eurocopter que fue el primero en llegar al lugar de los hechos dice que es una suerte increíble que consiguiera sofocar el fuego con los extintores. Eso ayudará a acelerar tanto su investigación como la de la NTSB. Espero poder tener su informe preliminar mañana por la mañana.
Welch me ha informado de que, por precaución, ha solicitado todas las cintas de las cámaras de seguridad del helipuerto de Portland, así como del interior y las inmediaciones del hangar privado del Charlie Tango en Boeing Field. Un escalofrío me recorre todo el cuerpo. Welch piensa que podría tratarse de un sabotaje, y tengo que admitir que esa posibilidad ya se me había pasado por la cabeza, teniendo en cuenta que se incendiaron nada menos que los dos motores.
Sabotaje.
Pero ¿por qué?
Le he pedido que haga que su equipo examine todas las grabaciones para ver si detectan algo sospechoso.
Sam, mi responsable de publicidad, ha usado todo su poder de persuasión para que acceda a dar una breve rueda de prensa esta tarde. La insistente voz de Sam resuena en mi cabeza: «Tienes que adelantarte a todo esto, Christian. El milagro de que resultases ileso del accidente está abriendo todos los informativos. Tienen imágenes aéreas de la operación de rescate».
Sinceramente, yo creo que a Sam le encanta todo este drama. Espero que la rueda de prensa ponga freno a todo el acoso al que la prensa nos está sometiendo a Ana y a mí.
Andrea me llama por el teléfono.
—¿Qué pasa?
—La doctora Grey está al teléfono de nuevo.
—Mierda —mascullo entre dientes. Supongo que no puedo estar evitándola siempre—. Está bien, pásamela. —Me apoyo en el escritorio y espero a oír su dulce voz.
—Christian, ya sé que estás ocupado. Solo dos cosas.
—Dime, madre.
—He encontrado una organizadora de bodas a la que me gustaría contratar. Se llama Alondra Gutiérrez y ha organizado el baile de Afrontarlo Juntos de este año. Creo que Ana y tú deberíais quedar con ella.
Pongo los ojos en blanco.
—Claro.
—Bien. Programaré una reunión para esta semana. Y el segundo asunto es que tu padre necesita hablar contigo.
—Ya hablé largo y tendido con mi padre la noche que anuncié mi compromiso. También estábamos celebrando que hace veintiocho años que llegué a este mundo y, como sabes, siempre he sido muy reacio a celebrar esa clase de efemérides. —Ahora que he empezado, no puedo parar—. Además, acababa de sobrevivir por los pelos a un aterrizaje forzoso. —Subo el tono de voz—. Papá me aguó la fiesta, desde luego. Creo que entonces ya habló suficiente. No quiero hablar con él ahora.
Es un capullo pretencioso.
—Christian, déjate de rabietas. Habla con tu padre.
¡¿Rabietas?! Estoy con un cabreo muy fuerte, Grace.
El silencio de mi madre abre un abismo entre nosotros, agravado por sus críticas.
Lanzo un suspiro.
—Está bien, lo pensaré. —Veo encenderse el piloto de la otra línea—. Tengo que dejarte.
—Muy bien, cariño. Ya te diré para cuándo es la reunión con Alondra.
—Adiós, mamá.
El teléfono suena de nuevo.
—Señor Grey, tengo a Anastasia Steele a la espera.
Mi malhumor se esfuma de repente.
—Genial. Gracias, Andrea.
—¿Christian? —Me habla con un hilo de voz y en tono entrecortado. Parece asustada.
Se me corta la respiración.
—Ana, ¿va todo bien?
—Mmm… He salido a tomar un poco el aire. Creía que se habrían ido y… bueno…
—¿Los periodistas y los fotógrafos?
—Sí.
Cabrones.
—No les he dicho nada. Me he dado media vuelta sin más y he entrado corriendo en el edificio.
Mierda. Debería haber enviado a Sawyer a que la vigilase, y doy gracias una vez más por que Taylor me convenciera para seguir teniéndolo a sueldo tras el incidente con Leila Williams.
—Ana, todo va a ir bien. Pensaba llamarte. Acabo de acceder a dar una rueda de prensa más tarde sobre lo ocurrido con el Charlie Tango. Me preguntarán por nuestro compromiso y yo les daré la mínima información posible. Con un poco de suerte, con eso bastará para satisfacerlos.
—Bien.
Decido probar suerte.
—¿Quieres que te envíe a Sawyer para que monte guardia ahí?
—Sí —responde de inmediato.
Vaya. Qué fácil ha sido… Debe de estar más asustada de lo que creía.
—¿Seguro que estás bien? Normalmente no estás tan receptiva.
—Tengo mis momentos, señor Grey. Suelen ocurrir después de que las cámaras me persigan por las calles de Seattle. Menudo esprint me he pegado: para cuando he vuelto al despacho, estaba sin aliento.
Está quitándole hierro al asunto.
—¿De veras, señorita Steele? Con el aguante físico que tiene usted normalmente…
—Pero, señor Grey, ¿se puede saber a qué narices se refiere? —Percibo la sonrisa en su voz.
—Me parece que lo sabe perfectamente —susurro.
Se le entrecorta la respiración y el sonido viaja directo a mi entrepierna.
—¿Está coqueteando conmigo? —pregunta.
—Eso espero.
—¿Pondrá a prueba mi aguante físico luego más tarde? —Habla en voz baja y sugerente.
Oh, Ana. El deseo me estremece todo el cuerpo como una descarga eléctrica.
—Nada me complacería más.
—Me alegra mucho oír eso, Christian Grey.
Este juego se le da muy muy bien.
—Y yo estoy muy contento de que me hayas llamado —digo—. Me has alegrado el día.
—Mi objetivo es complacer. —Se ríe—. Tengo que llamar a tu entrenador personal, para poder seguirte el ritmo.
Me echo a reír.
—Bastille estará encantado.
Se queda en silencio un momento.
—Gracias por hacerme sentir mejor.
—¿No es eso lo que se supone que tengo que hacer?
—Sí. Y lo haces muy bien.
Me regodeo con sus cariñosas palabras. Ana, tú me haces sentirme completo.
Llaman a la puerta y sé que es Andrea o Sarah con mi almuerzo.
—Tengo que colgar.
—Gracias, Christian —dice.
—¿Por qué?
—Por ser tú. Ah, y una última cosa. La noticia de la compra de SIP todavía es un secreto, ¿verdad?
—Sí, hasta dentro de otras tres semanas.
—De acuerdo. Procuraré recordarlo.
—Hazlo. Hasta luego, nena.
—Vale. Hasta luego, Christian.
Hoy Andrea y Sarah han tirado la casa por la ventana: me han traído mi sándwich favorito —de pavo con los pepinillos aparte, un poco de ensalada y patatas fritas—, servido en una bandeja con mantel de lino de Grey Enterprises Holdings, un vaso de tubo de cristal tallado con agua con gas y un jarrón a juego con una alegre rosa de color rosado.
—Gracias —murmuro, desconcertado, mientras ambas se disponen a colocar el contenido de la bandeja.
—Es un placer, señor Grey —dice Andrea, con una sonrisa que cada día es menos excepcional. Hoy las dos parecen extrañamente distraídas y un poco nerviosas. ¿Qué se traerán entre manos?
Mientras me pongo a almorzar, voy leyendo mis mensajes. Hay otro de Elena.
Mierda.
ELENA
Llámame. Por favor.
ELENA
Llámame. Me estoy volviendo loca.
ELENA
No sé qué decir. Llevo todo el fin de semana pensando en lo que pasó. Y no sé por qué las cosas se descontrolaron de esa manera. Lo siento. Llámame.
ELENA
Por favor, contesta mis llamadas.
Tengo que lidiar con ella. Mis padres quieren que corte todos mis vínculos con la señora Lincoln y, francamente, no sé cómo vamos a dejar atrás todo el veneno que nos lanzamos el uno al otro el sábado por la noche.
Dije unas cosas horribles.
Y ella también.
Es hora de acabar con eso.
Le dije a Ana que le regalaría la empresa a Elena.
Busco entre mis contactos y encuentro el número de mi abogada personal. Ironías de la vida, fue Elena quien nos puso en contacto. Debra Kingston está especializada en derecho mercantil y da la casualidad de que ella también sigue mi mismo estilo de vida. Es ella quien ha redactado todos mis contratos entre dominante y sumisa y los acuerdos de confidencialidad, y también la que se ha encargado de todas mis gestiones con la señora Lincoln y el negocio que tenemos en común.
Pulso el botón de llamada.
—Buenas tardes, Christian. Cuánto tiempo. Tengo entendido que debería darte la enhorabuena.
—Gracias, Debra.
¡Joder! Ella también está al tanto.
—¿Qué puedo hacer por ti?
—Quiero regalarle la cadena de salones de belleza a Elena Lincoln.
—¿Cómo dices? —exclama con tono de incredulidad.
—Me has oído bien. Quiero regalarle la empresa a Elena. Me gustaría que redactases un contrato. Todo. Préstamos. Propiedad. Activos. Es todo suyo.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—¿Estás cortando todos tus vínculos?
—Sí. No quiero tener nada que ver con eso. Ninguna responsabilidad.
—Christian, te lo pregunto como tu abogada: ¿estás seguro de que quieres hacer esto? Es un regalo increíblemente generoso. Podrías perder cientos de miles de dólares.
—Debra, soy perfectamente consciente.
Suelta un resoplido por el teléfono.
—Está bien, si insistes… Te enviaré un borrador dentro de un par de días.
—Gracias. Y quiero canalizar toda la correspondencia con ella a través de ti.
—Os habéis peleado de verdad.
No pienso hablar de mi vida privada con Debra. Bueno, al menos no de ese aspecto de mi vida privada.
—Lo entiendo —añade—. Quieres tener contenta a la pequeña esclava, ¿no?
Pero. Qué. Demonios.
—Debra, redacta el puto contrato, ¿quieres?
Su respuesta es seca.
—Muy bien, Christian. Y se lo haré saber a la señora Lincoln.
—Bien. Gracias.
Con eso debería quitarme de encima a Elena.
Cuelgo el teléfono.
Uau. Lo he hecho.
Y me ha sentado bien. Es un alivio. Acabo de decir adiós a una pequeña fortuna según los estándares de Grey Enterprises Holdings, pero se lo debo: sin ella, no habría Grey Enterprises Holdings.
He estado pensando en nuestra última conversación, Christian.
¿Sí, señora?
Sí, lo que me dijiste de abandonar Harvard. Voy a prestarte cien mil dólares para que abras tu negocio.
¿En serio?
Christian, tengo mucha fe en ti. Estás destinado a convertirte en el amo del universo. Será un préstamo y podrás devolvérmelo.
Elena… no sé…
Puedes darme las gracias enseñándome qué es lo que has aprendido hoy, hace un rato. Tú encima y yo debajo. No me dejes señales.
Niego con la cabeza; fue así como empezó mi entrenamiento como dominante. Mi éxito como empresario va atado a mi elección de estilo de vida. Sonrío ante el juego de palabras y luego arrugo la frente. No puedo creer que no haya hecho esa conexión de forma consciente hasta ahora.
Mierda. No puedo esconderme detrás de mi mesa. Le debo una llamada.
Es hora de dar la cara, Grey.
A regañadientes, pulso su número en mi teléfono.
Responde al primer tono de llamada.
—Christian, ¿por qué no me has llamado?
—Te estoy llamando ahora.
—¿Qué narices pasa con tu madre y tu… prometida? —pronuncia esa última palabra con absoluto desdén.
—Elena, es una llamada de cortesía. Voy a regalarte el negocio. Me he puesto en contacto con Debra Kingston, ella se encargará de redactar todo el papeleo. Se acabó. No podemos seguir haciendo esto.
—¿Qué? ¿De qué hablas?
—Lo digo en serio. Ya no tengo energía para todas tus gilipolleces. Te pedí que dejaras a Ana en paz y no me hiciste caso. Se recoge lo que se siembra, señora Lincoln. Se acabó. No me llames más.
—Chris… —oigo la alarma en su voz al colgar.
El teléfono me suena inmediatamente y su nombre aparece en la pantalla. Lo apago y me concentro en mi lista de tareas pendientes.
Me queda apenas una hora antes de la rueda de prensa, así que ahuyento a Elena de mi mente, descuelgo el teléfono de mi despacho y llamo a mi hermano.
—Hola, campeón. ¿Te están entrando dudas?
—Vete a la mierda.
—¿Es ella? ¿Se lo ha pensado mejor? —se burla.
—¿Puedes hacer que el gilipollas que llevas dentro se calle un par de minutos?
—¿Tanto tiempo? Difícil.
—Voy a comprar una casa.
—Uau. ¿Para ti y la futura señora Grey? Sí que tienes prisa. ¿Es que la has dejado preñada?
—¡No!
Joder…
Se ríe a carcajadas al otro lado del teléfono.
—No me lo digas: ¿está en Denny-Blaine o Laurelhurst?
Ah, los barrios favoritos de los millonarios de las tecnológicas.
—No.
—¿En Medina?
Me río.
—Eso está demasiado cerca de mamá y papá. Está junto al mar, justo al norte de Broadview.
—Me tomas el pelo.
—No. Quiero ver el sol hundirse en el Sound, y no elevarse sobre un lago.
Elliot se ríe.
—¿Quién iba a decir que fueses tan romántico, tío?
Me entra la risa. Yo desde luego que no.
—Hay que demolerla y volver a construir.
—¿De verdad? —Eso capta todo el interés de Elliot—. ¿Quieres que te recomiende a alguien?
—No, hermano: quiero que te encargues tú. Quiero algo sostenible y respetuoso con el medio ambiente. Ya sabes, todos esos rollos que defiendes en todas las comidas familiares.
—Ah. Uau. —Parece sorprendido—. ¿Puedo ver la parcela?
—Sí, claro. Todavía no he contratado la empresa de construcción, pero vamos a empezar con los estudios topográficos la semana que viene o así.
—Vale. Me parece de puta madre, pero vas a necesitar un arquitecto. Yo no puedo encargarme de todas las partes del proceso.
—¿Cómo se llamaba la mujer que supervisó las reformas de Aspen?
—Mmm… Gia Matteo. Es maja. Ahora trabaja en un famoso estudio de arquitectos del centro de Seattle.
—Hizo un trabajo increíble con la casa de Aspen. Tenía una carpeta de proyectos impresionante y muy creativa, si mal no recuerdo. ¿Me la recomendarías?
—Sí. Mmm… Claro.
—No pareces del todo convencido.
—Bueno, es que… Es la clase de mujer que no acepta un no por respuesta.
—¿Qué quieres decir?
—Que es… ambiciosa. Calculadora. Decidida a conseguir siempre lo que se propone.
—No tengo ningún problema con eso.
—Ni yo tampoco —dice Elliot—. De hecho, me gustan las mujeres depredadoras.
—¿En serio? —Bueno, Kavanagh encaja en el perfil.
—Ella y yo… —Elliot se queda callado.
No puedo evitar poner los ojos en blanco. Mi hermano sufre incontinencia sexual.
—¿Y no os sentiréis incómodos?
—No, claro que no. Tiene la cabeza muy bien puesta.
—La llamaré. Y echaré un vistazo a su carpeta actualizada de proyectos.
Anoto su nombre.
—Perfecto. Dime cuándo podemos ir a echarle un vistazo al sitio.
—Lo haré. Hasta luego.
—Nos vemos.
Cuelgo, preguntándome a cuántas mujeres se habrá follado. Niego con la cabeza. ¿Sabe que Katherine Kavanagh le tiene echado el ojo? ¿Es que no se ha dado cuenta durante este fin de semana? Espero que no acabe con ella. Creo que es la mujer más insoportable que he conocido en mi vida.
Sam me ha enviado el comunicado para la rueda de prensa, que es dentro de media hora. Lo repaso y hago algunas correcciones; como de costumbre, su estilo es muy recargado y pretencioso. A veces no entiendo por qué lo contraté.
Veinte minutos más tarde, está llamando a mi puerta.
—Christian, ¿estás listo?
—Entonces, señor Grey, ¿está insinuando que podría tratarse de un sabotaje? —pregunta el periodista del Seattle Times.
—No estoy diciendo eso en absoluto. Vamos a mantenernos abiertos a todas las posibilidades y a esperar al resultado del informe sobre el accidente.
—Enhorabuena por su compromiso, señor Grey. ¿Cómo conoció a Anastasia Steele? —Creo que esta mujer es de la revista Seattle Metropolitan.
—No voy a responder preguntas concretas sobre mi vida privada. Solo reiteraré que estoy entusiasmado por que haya accedido a ser mi esposa.
—Esa era la última pregunta, muchas gracias, damas y caballeros. —Sam acude en mi auxilio y me saca de la sala de conferencias de Grey Enterprises Holdings.
Menos mal que se ha acabado.
—Lo has hecho muy bien —dice Sam, como si necesitara su aprobación—. Estoy seguro de que la prensa va a querer una foto de ti y Anastasia juntos. No creo que dejen de perseguiros hasta conseguirla.
—Lo pensaré. Ahora mismo lo único que quiero es volver a mi despacho.
Sam sonríe.
—Claro, Christian. Te enviaré un dossier con la cobertura informativa de la rueda de prensa cuando lo tengamos.
—Gracias.
Pero ¿por qué sonríe?
Entro en el ascensor y me llevo una alegría al ver que lo tengo para mí solo. Consulto el teléfono. Tengo varias llamadas perdidas de Elena.
Por lo que más quiera, señora Lincoln. Hemos terminado.
También hay un correo electrónico de Ana.
De: Anastasia Steele
Fecha: 20 de junio de 2011 16:55
Para: Christian Grey
Asunto: ¡La noticia!
Señor Grey:
Da usted unas ruedas de prensa muy buenas.
¿Por qué será que no me sorprende?
Estabas muy sexy.
Me ha encantado la corbata.
A x
P.D.: ¿Sabotaje?
Me llevo la mano a la corbata. Esa corbata Brioni. Mi favorita.
Que estaba muy sexy. Esas palabras me producen más placer del que deberían. Me gusta estar sexy para Ana, y su e-mail me da una idea.
De: Christian Grey
Fecha: 20 de junio de 2011 16:55
Para: Anastasia Steele
Asunto: Te vas a enterar de lo que es sexy
Mi queridísima futura esposa:
Tal vez pueda usar esa corbata esta noche, cuando ponga a prueba tu aguante físico.
Christian Grey
Impaciente presidente de Grey Enterprises Holdings, Inc.
P.D.: Lo del sabotaje solo son conjeturas. No te preocupes. Es una orden.
Se abren las puertas del ascensor.
—¡Feliz cumpleaños, señor Grey!
Se oye una cacofonía de voces, Andrea está junto a las puertas, sujetando un pastel helado de gran tamaño en el que han escrito «Feliz cumpleaños y enhorabuena, señor Grey» con azúcar glas de color azul. En el pastel hay encendida una solitaria vela de color dorado.
Qué coño…
Esto no había pasado nunca.
Nunca.
La multitud —que está compuesta por Ros, Barney, Fred, Marco, Vanessa y todos los vicepresidentes de sus departamentos— se arranca a entonar a coro un «Happy Birthday» cada vez más entusiasta. Esbozo una sonrisa para disimular mi sorpresa y, cuando terminan, soplo la vela. Todos lanzan vítores y empiezan a aplaudir, como si hubiera hecho algo digno de aplauso.
Sarah me ofrece una copa de champán.
Se oyen gritos de: «¡Que hable! ¡Que hable!».
—Vaya, menuda sorpresa. —Me vuelvo hacia Andrea, que se encoge de hombros—. Pero gracias.
Ros interviene entonces:
—Todos damos gracias de que sigas aquí, Christian, sobre todo yo, porque eso significa que yo también sigo aquí. —Se oyen unas risas educadas y algunos aplausos—. Así que queríamos expresar nuestra gratitud de algún modo. Todos nosotros. —Extiende un brazo hacia nuestros colegas—. También queremos desearte feliz cumpleaños y darte la enhorabuena por la noticia. Vamos a brindar. —Levanta la copa en el aire—. Por Christian Grey.
Mi nombre resuena en la oficina.
Levanto mi copa para brindar con ella y tomo un prolongado sorbo.
Siguen más aplausos.
La verdad es que no entiendo qué les ha dado a mis empleados. ¿Por qué ahora? ¿Qué pasa?
—¿Ha sido idea tuya? —le pregunto a Andrea cuando me da un trozo de pastel.
—No, señor. Ha sido idea de Ros.
—Pero lo has organizado tú.
—Entre Sarah y yo, señor.
—Bueno, pues gracias. Os lo agradezco.
—De nada, señor Grey.
Ros me dedica una afectuosa sonrisa e inclina la copa en mi dirección, y me acuerdo de que le debo un par de Manolos de color azul marino.
Tardo treinta y cinco minutos en escabullirme de la pequeña fiesta en mi oficina. El gesto me ha emocionado y me sorprende que me haya emocionado. Debo de estar ablandándome con los años. Pero como siempre, estoy ansioso por volver a casa… ansioso por ver a Ana.
Sale corriendo por la entrada trasera de SIP y el corazón me da un brinco de alegría al verla. Sawyer aparece a su lado; el guardia de seguridad abre la puerta del Audi y ella se sienta a mi lado mientras Sawyer se sube delante con Taylor.
—Hola. —Su sonrisa es arrebatadora.
—Hola. —Cogiéndola de la mano, le beso los nudillos—. ¿Qué tal tu día?

SIGUIENTE

Leave a Reply

comment-avatar

*