Liberado de E.L. James 003

Martes, 21 de junio de 2011
Los ojos de Elena son como el pedernal. Fríos. Duros. Me habla a un palmo de la cara. Enfadada.
Yo fui lo mejor que te pasó en la vida. Mírate ahora. Uno de los empresarios más ricos y triunfadores de Estados Unidos, equilibrado, emprendedor… Eres el amo de tu mundo.
Ahora está de rodillas. Delante de mí. Postrada. Desnuda. Con la frente pegada al suelo del sótano. Su melena es como una brillante corona de relámpagos contra las tablas de madera oscura. Tiene la mano extendida. Abierta. Acabada en unas uñas rojo pasión. Suplica.
Mantén la cabeza en el suelo.
Mi voz rebota en las paredes de hormigón. Quiere que pare. Se ha cansado. Empuño la fusta con más fuerza.
Basta, Grey.
Me rodeo la polla con los dedos, dura de haber estado en su boca, manchada de pintalabios de color carmín. Muevo la mano arriba y abajo. Cada vez más rápido. Más rápido. Más rápido.
¡Sí!
Me corro, me corro. Con un grito gutural. Le salpico la espalda con mi semen. Estoy de pie junto a ella. Jadeando. Aturdido. Saciado. Se oye un estruendo. El suelo vuela por los aires. La figura de un hombre ocupa la puerta. Brama, y el rugido aterrador inunda la habitación.
¡No!
Elena chilla.
¡Joder! ¡No, no, no!
Él está aquí. Lo sabe. Elena se interpone entre los dos.
¡No! grita, y él la golpea con tanta fuerza que ella cae al suelo y chilla. Chilla. ¡Déjalo! ¡Déjalo!
Estoy en estado de shock y él me propina un puñetazo. Un gancho de derecha directo a la barbilla. Caigo. Sigo cayendo. La cabeza me da vueltas. Me desmayo.
No. Deja de chillar. Para.
Sigue. No se detiene.
Estoy debajo de la mesa de la cocina. Me tapo las orejas con las manos. Pero no bloquean el sonido. Él está aquí. Oigo sus botas. Unas botas grandes. Con hebillas. Ella está chillando. No deja de chillar.
¿Qué ha hecho? ¿Dónde está? Noto su peste antes de verlo; mira debajo de la mesa, con un cigarrillo encendido en la mano.
Ahí estás, mierdecilla.
Me despierto al instante, jadeando y empapado en sudor, sintiendo el miedo corriendo por mis venas.
¿Dónde estoy?
Mi ojos se adaptan a la luz. Estoy en casa. En el Escala. El inminente amanecer cubre la figura dormida de Ana con un delicado y resplandeciente manto rosado, y el alivio me envuelve de pronto como una fresca brisa otoñal.
Joder, menos mal.
Ella está aquí. Conmigo.
Dejo escapar un largo y tranquilizador suspiro mientras trato de aclarar las ideas.
¿De qué narices iba todo eso?
Casi nunca sueño con Elena, y mucho menos con ese momento tan desagradable de nuestra historia conjunta. Me estremezco con la mirada clavada en el techo y sé que estoy demasiado tenso para volver a dormirme. Considero la idea de despertar a Ana, deseando perderme en ella una vez más, pero sé que no es justo. Anoche demostró su aguante con creces y hoy le espera una sesión de entrenamiento, necesita descansar. Además, me noto inquieto, se me eriza la piel, y la pesadilla me ha dejado un regusto amargo. Supongo que la ruptura de la amistad y la relación laboral con Elena me remuerde de manera inconsciente. Al fin y al cabo, la señora Lincoln ha sido el faro que me ha guiado durante más de una década.
Mierda.
No me quedaba otra opción.
Se acabó. Todo eso se acabó.
Me incorporo y me paso la mano por el pelo, con cuidado de no despertar a Ana. Es pronto, las 5.05, y ahora mismo necesito un vaso de agua.
Me deslizo fuera de la cama y piso la corbata, que está tirada en el suelo después de los entretenidos juegos de anoche. Un delicioso recuerdo de Ana invade mis sentidos, sus manos atadas sobre la cabeza, el cuerpo rígido, la cabeza inclinada hacia atrás en éxtasis, aferrada a los listones grises del cabezal de la cama mientras mi lengua le prodiga atenciones a su clítoris. Una imagen mucho más placentera que los coletazos de la pesadilla. Recojo la corbata, la doblo y la dejo en la mesita de noche.
Es raro que tenga pesadillas cuando Ana duerme a mi lado. Espero que se trate de algo puntual. Me alegro de tener una cita con Flynn más tarde, así podré diseccionar esta novedad con él.
Me pongo los pantalones del pijama, recupero el teléfono y salgo de la habitación. Puede que un poco de Chopin o de Bach me tranquilice.
Echo un vistazo a los mensajes cuando me siento al piano y tengo uno de Welch, enviado a medianoche, que me llama la atención.
WELCH
Sospecha de sabotaje.
Informe inicial a primera hora de la mañana.
Joder. Me pica el cuero cabelludo cuando la sangre se aleja de mi cabeza.
Se confirman mis miedos. Alguien quiere verme muerto.
¿Quién?
Repaso mentalmente los socios con los que he tenido trato y he dejado atrás a lo largo de los años.
¿Woods? ¿Stevens? ¿Carver? ¿Quién más? ¿Waring?
¿Alguno de ellos se rebajaría a algo así?
Todos han ganado dinero, muchísimo dinero. Simplemente perdieron sus empresas. Me cuesta creer que esté relacionado con mis actividades comerciales.
¿Y si es algo personal?
Solo hay una persona que podría preocuparme al respecto y es Linc. Pero el ex marido de Elena ya se vengó de ella, y eso fue hace años. ¿A qué vendría todo esto ahora?
Quizá se trate de otra persona. ¿Un empleado descontento? ¿Una ex? No se me ocurre nadie capaz de algo así. Aparte de Leila, a los demás les va bien.
Tengo que procesarlo.
¡Ana! ¡Mierda!
Si van a por mí, podrían hacerle daño a ella. El miedo me atraviesa como un fantasma que me eriza la piel a su paso. Debo protegerla a toda costa. Escribo a Welch.
Reunión esta mañana
A las 8.00 en Grey House
WELCH
Recibido
Escribo a Andrea para que cancele las reuniones que pueda tener y luego envío un correo electrónico a Taylor.
De: Christian Grey
Fecha: 21 de junio de 2011 05:18
Para: J. B. Taylor
Asunto: Sabotaje
Welch me ha informado de que podrían haber saboteado el Charlie Tango. Tendremos el informe inicial a lo largo de la mañana. Nos vemos en Grey House a las 8.00.
Reincorpora a Reynolds y Ryan si siguen disponibles. Quiero que Ana esté acompañada en todo momento. Que Sawyer se quede hoy con ella.
Gracias.
Christian Grey
Presidente de Grey Enterprises Holdings, Inc.
Necesito liberar todos estos nervios acumulados, así que decido hacer algo de ejercicio. Me meto en el vestidor y me cambio rápidamente, tratando de no hacer ruido, no quiero despertar a Ana.
Corro en la cinta mientras sigo la evolución de los mercados por televisión, escucho a los Foo Fighters y me pregunto quién demonios querrá matarme.
Ana huele a sueño, a sexo y a fragante huerto otoñal de manzanos. Por un momento me siento transportado a una época más feliz, libre de preocupaciones, y solo estamos mi chica y yo.
—Eh, nena, despierta.
Le acaricio la oreja con la nariz.
Ana abre los ojos, y su rostro, sereno y descansado por el sueño, resplandece como un amanecer dorado.
—Buenos días —dice, pasándome el pulgar por los labios y dándome un beso casto.
—¿Has dormido bien? —pregunto.
—Mmm… Qué bien hueles. Y qué guapo estás.
Sonrío complacido. Es lo que tiene un buen traje hecho a medida.
—Tengo que estar temprano en la oficina.
Ana se incorpora en la cama.
—¿Tan pronto?
Echa un vistazo al despertador. Son las 7.08.
—Ha surgido algo. Sawyer estará hoy contigo y mantendrá a la prensa a raya. ¿Te parece bien?
Asiente con la cabeza.
Perfecto. No quiero asustarla contándole lo del Charlie Tango.
—Nos vemos luego.
La beso en la frente y me voy antes de que me venza la tentación de quedarme.
El informe es breve.
Sistema de Notificación de Accidentes e Incidentes de Aviación de la Administración Federal de Aviación
INFORMACIÓN GENERAL
Fuente: BASE DE DATOS DE ACCIDENTES
N.º Informe: 20110453923
Fecha local: 17-JUN-11
Ciudad: CASTLE ROCK Estado: WA
Aeropuerto: HELIPUERTO DE PORTLAND
Suceso: INCIDENTE
Colisión Aérea: NO AÉREA
INFORMACIÓN DE LA AERONAVE
Daño de la aeronave: SIGNIFICATIVO
Marca: EURCPT
Modelo: EC-135
Serie: EC-135-P2
Horas totales de vuelo: 1470 h
Propietario: GEH INC
Empleo: TAXI AÉREO/LÍNEA REGIONAL
Matrícula: N124CT
Personas a bordo: 2
Muertos: 0 Heridos: 0
Peso máximo al despegue: <5670 Kg
N.º de motores: 2
Marca motor: TURBOM
Modelo motor: ARRIUS 2B2
INFORMACIÓN SOBRE CONDICIONES METEOROLÓGICAS Y OPERATIVAS
Condiciones de vuelo primarias: REGLAS DE VUELO VISUAL
Condiciones de vuelo secundarias: METEOROLOGÍA IRRELEVANTE
Plan de vuelo declarado: SÍ
TRIPULACIÓN
Licencia: PILOTO COMERCIAL DE HELICÓPTERO
Clase piloto: AERONAVE DE ROTOR/HELICÓPTERO
Cualificación piloto: CUALIFICADO
Experiencia de vuelo: 1180 h
Horas en el modelo: 860 h
Horas últimos 90 días: 28 h
OBSERVACIONES
EL 17 DE JUNIO DE 2011, APROXIMADAMENTE A LAS 14:20 PST, UN EC-135, N124CT, PROPIEDAD DE GREY ENTERPRISES HOLDINGS INC Y OPERADO POR ESTE, SUFRIÓ UN INCIDENTE DE GRAVEDAD. LA AERONAVE VOLABA CON NORMALIDAD CUANDO CABECEÓ DE PRONTO Y SE ILUMINÓ EL PILOTO DE INCENDIOS DEL MOTOR NÚMERO UNO. EL PILOTO ASEGURÓ EL MOTOR NÚMERO UNO CON LA BOTELLA EXTINTORA E INTENTÓ VOLVER AL SEA-TAC CON EL MOTOR RESTANTE. SE ILUMINÓ EL PILOTO DE INCENDIOS DEL MOTOR NÚMERO DOS. EL PILOTO REALIZÓ UN ATERRIZAJE DE EMERGENCIA EN EL EXTREMO SURESTE DEL LAGO SILVER. TRAS TOMAR TIERRA, EL PILOTO USÓ LA SEGUNDA BOTELLA EXTINTORA, DESCONECTÓ TODOS LOS SISTEMAS Y EVACUÓ LA AERONAVE. NO SE INFORMÓ DE HERIDOS. EL PILOTO USÓ EL EXTINTOR PORTÁTIL DE A BORDO. EL FABRICANTE DE LA AERONAVE ESTÁ EXAMINANDO LOS MOTORES DE LA AERONAVE Y EMITE UNA VALORACIÓN INICIAL DE AVERÍA SOSPECHOSA COMO RESULTADO DE UN POSIBLE DAÑO INTENCIONADO. LA NTSB SOLICITARÁ UNA EVALUACIÓN MÁS EXHAUSTIVA.
En mi despacho, Welch, Taylor y yo leemos el informe con suma atención. El ajado rostro de Welch muestra más arrugas que nunca a la cruda luz de la mañana. Tiene una expresión sombría.
—Por el momento, la NTSB solo sospecha que se trata de un sabotaje, pero deberíamos proceder dando por sentado que responde a un daño intencionado. Por eso hemos repasado las grabaciones de las cámaras de seguridad del helipuerto de Portland, pero no hemos encontrado actividad sospechosa. —Cambia de postura en la silla y se aclara la garganta—. Sin embargo, tenemos un problemilla en el hangar de GEH de Boeing Field.
¿Ah?
—Había dos cámaras que no funcionaban, así que no tenemos todos los ángulos cubiertos.
—¡¿Qué?! ¿Cómo es posible?
¿Para qué coño pago a esa gente?
—Estamos tratando de averiguar qué ha ocurrido —contesta Welch con esa voz grave y cavernosa como el tubo de escape de un coche antiguo—. Es una brecha de seguridad importante.
No me digas, Sherlock…
—¿Quién es el responsable?
—Tienen un sistema de turnos rotatorio, así que probablemente estemos hablando de cuatro o cinco tipos.
—Si se demuestra que han cometido una negligencia, están despedidos. Todos.
—Señor.
Mira a Taylor.
—En estos momentos no disponemos de pistas acerca de quién puede estar detrás de esto —dice Taylor.
—La aeronave se someterá a un examen forense —añade Welch—. Me da que encontrarán algo.
—¡Necesito más que corazonadas! —exclamo, perdiendo la paciencia.
—Sí, señor —contestan los dos hombres al unísono, con gesto contrito.
Mierda. No es culpa suya. Grey. Contrólate.
—Averiguad quién la ha cagado en el hangar —añado en un tono más comedido—. Despedidlos. Y quiero estar informado en cuanto tengamos una idea de qué ha sucedido. Mientras tanto, aseguraos de que le den un buen repaso al jet y de que es seguro.
—Sí, señor —dice Taylor.
—Estamos en ello —gruñe Welch. Está cabreado. Y más le vale, porque estaba al mando—. La Junta Nacional de Seguridad en el Transporte ya se ha puesto manos a la obra. No me extrañaría que pusieran al corriente a los organismos de seguridad durante sus indagaciones y que, en caso de considerarlo necesario, los invitaran a investigar en paralelo. Lo comentaré con la NTSB para que me lo confirmen.
—¿La policía? —pregunto.
—No, más bien el FBI.
—Vale, puede que ellos averigüen algo. ¿Qué hay de la seguridad adicional personal? —le pregunto a Taylor.
—Tanto Reynolds como Ryan están disponibles y empezarán hoy.
—Quiero mantener a Ana al margen de todo esto, no hace falta preocuparla. Y quiero una lista con las personas que podrían estar detrás de este asunto. Debo decir que no tengo la menor idea al respecto.
—Mi equipo está elaborando un listado de posibles sospechosos —asegura Welch.
—Yo haré lo mismo.
—Señor, ahora que es asunto de la FAA, puede que la prensa se entere y empiece a hacer preguntas —comenta Taylor.
Mierda.
—Tienes razón. Informa a Sam. Que suba.
—De acuerdo —contesta.
Si va a salir a la luz, también tendré que decírselo a Ana.
¿Cómo narices hemos llegado a esto?
¡Sabotaje!
Esta mierda es lo último que necesito justo ahora.
Dejo a los dos hombres analizando posibles sospechosos y asomo la cabeza por la puerta. Andrea levanta la vista del ordenador.
—¿Señor Grey?
—Dile a Sam y a Ros que se reúnan con nosotros.
—Sí, señor.
Alguien llama a la puerta del despacho. Es Andrea.
—¿Le apetece otro café? —pregunta.
—Por favor.
La pantalla del ordenador muestra un listado de todas las adquisiciones que he realizado desde que fundé la empresa. Las repaso una a una para ver si encuentro un posible sospechoso, pero hasta el momento no he dado con nada. Es deprimente. En el fondo estoy preocupado por Ana, si alguien va a por mí, ella podría acabar convirtiéndose en un daño colateral. Y si eso ocurriera, ¿cómo iba a perdonármelo?
—¿Con leche?
—No. Solo. Cargado.
—Sí, señor.
Cierra la puerta y me llega un correo de mi chica.
De: Anastasia Steele
Fecha: 21 de junio de 2011 14:18
Para: Christian Grey
Asunto: ¿La calma que precede/sigue a la tormenta?
Querido señor Grey:
Está usted muy callado hoy. Me preocupa.
Espero que todo vaya bien en el país de los negocios y las altas finanzas.
Gracias por lo de anoche. Tiene usted un gran dominio de la lengua. 😉
A xx
P.D.: He quedado esta tarde con el señor Bastille.
¡Ana! Me invade una oleada de calor por debajo del cuello de la camisa y me aflojo la corbata. Qué desvergonzada cuando se trata de escribir. Tecleo mi respuesta.
De: Christian Grey
Fecha: 21 de junio de 2011 14:25
Para: Anastasia Steele
Asunto: La tormenta ya ha llegado
Mi querida prometida:
Debo felicitarte por haberte acordado de utilizar la BlackBerry.
Se aproximan nubes de tormenta. Te informaré de la previsión meteorológica y del diluvio que se avecina cuando llegue a casa.
Mientras tanto, espero que Bastille no sea muy duro contigo. Ese es mi trabajo. 😉
Gracias a TI por anoche. Tu aguante y tu boca continúan maravillándome en el mejor de los sentidos. 😉 😉 🙂
Christian Grey
Meteorólogo y Presidente de Grey Enterprises Holdings, Inc.
P.D.: Me gustaría pasar a recoger tus cosas por tu apartamento esta semana. Ya que no estás allí…
De: Anastasia Steele
Fecha: 21 de junio de 2011 14:29
Para: Christian Grey
Asunto: Predicciones meteorológicas
Tu correo no ha hecho mucho por aliviar mi preocupación.
Me consuela saber que, en caso de necesidad, posees un astillero y serás capaz de construir un arca. Al fin y al cabo eres el hombre más competente que conozco.
Tu querida Ana xxx
P.D.: Ya hablaremos esta noche de cuándo me mudo.
P.D.2: ¿De verdad te va la meteorología?
Su correo me hace sonreír y paso el índice sobre las equis.
De: Christian Grey
Fecha: 21 de junio de 2011 14:32
Para: Anastasia Steele
Asunto: Me vas tú.
Siempre.
Christian Grey
Locamente enamorado presidente de Grey Enterprises Holdings, Inc.
Son las 17.30 cuando el doctor Flynn me hace una seña para que pase a su consulta.
—Buenas tardes, Christian.
—John.
Me acerco sin prisa al diván, me siento y espero a que ocupe su sillón.
—Bueno, menudo fin de semana —dice en tono afable.
Aparto la mirada. No sé por dónde empezar.
—¿Qué ocurre? —pregunta.
—Alguien quiere matarme.
Flynn palidece. Eso es nuevo, creo.
—¿Te refieres al accidente? —pregunta.
Asiento.
—Lamento oírlo.
Frunce el ceño.
—Mi gente ya está trabajando en el asunto, pero no se me ocurre de quién puede tratarse.
—¿No tienes ni la menor idea?
Niego con la cabeza.
—Bueno, espero que la policía esté al tanto y que encuentres al culpable —dice.
—Será el FBI. Pero mi mayor preocupación es Ana.
John asiente.
—¿Temes por su seguridad?
—Sí. He puesto protección personal adicional, pero no sé si será suficiente.
Trato de reprimir la ansiedad creciente.
—Ya hemos hablado de esto —responde—. Sé que detestas cuando sientes que no tienes el control, que te aterra lo que pueda ocurrirle a Ana, y comprendo por qué te sientes así, pero dispones de recursos y ya has tomado las medidas necesarias para que esté a salvo. No puede hacerse nada más. —Su mirada es franca y sincera, y sus palabras me tranquilizan. Sonríe y añade—: No puedes tenerla encerrada bajo llave.
La carcajada es liberadora.
—Lo sé.
—También sé que te gustaría, pero ponte en su lugar.
—Ya. Lo sé. Lo entiendo. No quiero ahuyentarla.
—Exacto. Bien.
—También quería hablar de otra cosa.
—¿Hay más?
Dejo escapar un largo suspiro y le cuento de la manera más escueta posible la pelea con Elena en la fiesta de cumpleaños y la respectiva discusión posterior con mis padres.
—Debo decir, Christian, que contigo es imposible aburrirse. —Flynn se frota el mentón en respuesta a mi sonrisa resignada—. Solo tenemos una hora, ¿de qué quieres hablar?
—Anoche tuve una pesadilla. Con Elena.
—Ya.
—He roto toda relación con ella, a petición de mis padres. Le he regalado la empresa.
—Qué generoso.
Me encojo de hombros.
—Pues sí, pero no me importa. Creo. Claro que me sigue llamando, aunque hoy solo lo ha hecho dos veces.
—Ha ejercido una gran influencia en tu vida.
—Cierto, pero ya es hora de que yo pase página.
Parece meditarlo.
—¿Qué te trastoca más: la discusión con Elena o con tus padres?
—La pelea con Elena fue incómoda porque Ana estaba en la habitación. Nos dijimos cosas muy feas. —Se nota el arrepentimiento en mi voz; en el fondo desearía que hubiéramos acabado de manera más cordial—. Y Grace estaba muy enfadada conmigo. Nunca la había oído decir palabrotas. Pero la discusión con mi padre fue la peor de todas. Se comportó como un capullo.
—¿Estaba enfadado?
—Mucho.
Trato de ignorar la punzada de culpabilidad que siento en el estómago ante esa muestra de deslealtad hacia Carrick.
—¿No crees que podría estar proyectando en ti la ira que siente hacia sí mismo? Entiendes por qué se sentía así, ¿verdad?
No. Sí. Tal vez.
—Coincidas con él o no —prosigue Flynn—, probablemente tu padre cree que Elena se aprovechó de un adolescente vulnerable. Su deber era protegerte. Y fracasó. Quizá él lo vea así.
—Ella no se aprovechó de mí. Participé de manera voluntaria.
La frustración se refleja en mis palabras.
Estoy harto de esa cantinela.
John suspira.
—Lo hemos hablado muchísimas veces y no quiero entablar un nuevo debate sobre el asunto, pero quizá sería bueno que trataras de enfocar la situación desde el punto de vista de tu padre.
—Dijo que quizá yo no sirva para marido.
Flynn parece sorprendido.
—Ya. ¿Y cómo te sentiste?
—Rabioso. Preocupado por si tenía razón.
Avergonzado.
—¿En qué contexto lo dijo?
Sacudí la mano, tratando de restarle importancia.
—Estaba sermoneándome sobre la santidad del matrimonio. Dijo que si no lo respetaba, no tenía sentido que me casara.
John arruga la frente.
—Porque Elena estaba casada —le aclaro.
—Entiendo. —Flynn frunce los labios—. Christian, puede que tu padre tenga razón —dice con suma suavidad.
¡¿Qué?!
—O bien mantenías una relación con una mujer casada de manera voluntaria, una relación que a ella le costó su matrimonio, y mucho más, en vista de lo que le ocurrió, o eras un adolescente vulnerable del que se aprovecharon. Tienes que elegir, o lo uno o lo otro.
Le lanzo una mirada poco amistosa.
Pero. Qué. Narices.
—El matrimonio es algo muy serio —insiste.
—Joder, John, ya lo sé. ¡Hablas como mi padre!
—¿Ah, sí? No es mi intención. Yo solo estoy aquí para ofrecerte otro punto de vista.
¿Otro punto de vista? Y una mierda.
Lo fulmino con la mirada y me miro las manos al tiempo que el silencio se alarga entre nosotros.
Otro punto de vista, venga ya.
—Creo que Carrick se equivoca —mascullo al fin, y advierto que sueno como el adolescente malhumorado por el que mi padre sigue tomándome.
—Claro que se equivoca. Mi opinión sobre tu relación con la señora Lincoln no importa, a lo largo de los años has demostrado un compromiso inquebrantable con ella. Creo que te arrepientes de dar por terminado todo contacto con ella y eso te pesa en la conciencia.
—¡Pero si no me arrepiento! —exclamo—. Lo he hecho de buen grado.
—¿Culpabilidad, entonces?
Suspiro.
—¿Culpabilidad? No me siento culpable.
¿O sí?
John continúa impasible.
—¿Y de ahí las pesadillas? —pregunto.
—Tal vez. —Se da unos golpecitos en el labio con el índice—. Estás renunciando a una relación duradera y fundamental para ti para complacer a tus padres.
—No es por mis padres, es por Ana.
Asiente.
—Estás sacrificando todo lo que conoces por Anastasia, la mujer que amas. Es un paso enorme. —Sonríe de nuevo—. En la dirección correcta, desde mi punto de vista.
Me lo quedo mirando sin saber qué contestar.
—Piensa en lo que te he dicho. Se acabó el tiempo —anuncia—. Continuaremos hablando de esto cuando volvamos a vernos.
Me levanto, sintiéndome un tanto aturdido. Flynn, como siempre, me ha dado mucho sobre lo que meditar. Pero tengo que hacerle una pregunta ineludible antes de la próxima visita.
—¿Cómo está Leila?
—Bien, haciendo progresos.
—Bueno, es un alivio.
—Sí que lo es. Nos vemos la semana que viene.
Taylor está esperando fuera en el Q7.
—Iré andando a casa —le informo. Necesito tiempo para pensar—. Te veré en el Escala.
Me mira angustiado.
—¿Qué pasa?
—Señor, me quedaría mucho más tranquilo si fuera en el coche.
Ah, ya. Hay alguien que quiere matarme.
Frunzo el ceño al ver que Taylor abre la puerta trasera, pero subo al coche, resignado.
¿Ya no soy el amo de mi mundo?
Mi humor sombrío empeora.
—¿Dónde está Ana? —pregunto a la señora Jones cuando entro en el salón.
—Buenas tarde, señor Grey. Creo que está en la ducha.
—Gracias.
—¿Cena en veinte minutos? —pregunta mientras remueve una cacerola puesta al fuego. Huele que alimenta.
—Que sean treinta.
Lo de Ana en la ducha tiene posibilidades. La señora Jones intenta disimular una sonrisa, pero no comento nada aunque me he dado cuenta. Voy en busca de mi chica. No está en el cuarto de baño sino en el dormitorio, junto a la ventana, envuelta en una toalla y cubierta de gotitas de agua.
—Hola —me saluda con una sonrisa radiante, que se desvanece a medida que me acerco—. ¿Qué ocurre?
Antes de contestar, la envuelvo en mis brazos y la estrecho con fuerza, aspirando su fresca, limpia y dulce fragancia, que calma mi ansiedad.
—Christian, ¿qué pasa?
Ana sube las manos por mi espalda y me aprieta contra ella.
—Solo quiero abrazarte.
Entierro la cara en su pelo, que lleva recogido en un moño caótico.
—Estoy aquí. No me voy a ninguna parte.
Su voz está teñida de tensión. Odio que se angustie. Subo la mano para sujetarle la cabeza, se la inclino hacia atrás y acerco mis labios a los suyos, volcando toda mi ansiedad en el beso. Ana responde de inmediato, me acaricia la cara y se abre para mí, su lengua lucha con la mía.
Oh, Ana.
Cuando se aparta, a ambos nos falta el aire, y yo estoy empalmado.
Empalmadísimo. Por ella.
—¿Qué ocurre? —insiste, animándome a hablar con suma dulzura mientras escudriña mi rostro en busca de alguna pista.
—Luego —murmuro con mis labios sobre los suyos, y empiezo a hacerla retroceder hasta la cama.
Ana me agarra por las solapas y, tratando de quitarme la chaqueta, su toalla cae al suelo y se queda desnuda en mis brazos.
Alargo la mano para tirar de la goma que sujeta el moño desmadejado y liberar su melena, que le cae sobre los hombros y los pechos. Recorro su espalda con las manos y le agarro el trasero, atrayéndola hacia mí.
—Te deseo.
—Se nota.
Se frota contra mi erección.
Joder. Sonrío complacido y la empujo con suavidad hacia la cama, en la que acaba tumbada en toda su gloriosa desnudez mientras yo sigo de pie, con las piernas entre sus rodillas.
—Así está mejor —susurro, olvidando el resentimiento que acumulaba hasta este momento.
—Señor Grey, por mucho que me guste verlo trajeado, creo que va demasiado vestido.
La angustia de Ana ha desaparecido y los ojos le brillan cuando me mira, llenos de un deseo seductor. Es excitante.
—Bueno, habrá que ver qué puedo hacer al respecto, señorita Steele.
Ana se muerde el labio inferior y se pasa los dedos entre los pechos. Tiene los pezones rosados erectos y listos. Para mi boca.
Necesito de toda mi fuerza de voluntad para no arrancarme la ropa y hundirme en ella. Sin embargo, cojo el nudo de la corbata y tiro de él con suavidad para deshacerlo despacio. Cuando está suelto, arrojo la corbata al suelo y me desabrocho el botón superior de la camisa.
Ana abre la boca y emite un jadeo seductor y complacido.
A continuación, me desprendo de la chaqueta y la dejo caer al suelo, donde aterriza con un golpe sordo y suave. Supongo que es el móvil, pero lo olvido al instante y me saco la camisa de los pantalones de un tirón.
—¿Con o sin? —pregunto.
—Sin. Ya. Por favor.
Ana no ha vacilado ni un segundo.
Sonrío complacido y me desabrocho el gemelo izquierdo, luego repito lo mismo con el derecho.
Ana se retuerce en la cama.
—Tranquila, nena —susurro mientras aflojo el botón inferior de la camisa, y luego paso al siguiente, y al otro, sin apartar los ojos de ella.
Una vez desabotonada, corre la misma suerte que la chaqueta, y me agarro el cinturón. Ana abre los ojos y nos perdemos el uno en el otro. Saco el extremo por la trabilla, me desabrocho la hebilla y me quitó el cinturón todo lo despacio que puedo.
Ana ladea la cabeza ligeramente, me observa, y advierto que aumenta el ritmo en que suben y bajan sus pechos al tiempo que se le acelera la respiración.
Doblo el cinturón por la mitad y lo deslizo entre mis dedos.
Ay, Ana… Lo que me gustaría hacerte con esto.
Sus caderas también se elevan y descienden.
Tiro de ambos extremos del cinturón y restalla con un nítido chasquido. Ana no se inmuta, pero sé que esto no entra en el contrato, así que lo tiro al suelo. Ana deja escapar un leve jadeo y parece tanto aliviada como, quizá, un poco decepcionada, no lo sé. En cualquier caso, no es el momento de pensar en eso. Saco los pies de los zapatos y me quito los calcetines, luego me desabrocho los pantalones y me bajo la cremallera.
—¿Lista? —pregunto.
—Y esperando. —Tiene la voz ronca de deseo—. Pero estoy disfrutando del espectáculo.
Sonrío satisfecho y me bajo los pantalones y los boxers, liberando mi polla enhiesta. Me arrodillo en el suelo y asciendo por el interior de su pantorrilla, recorriéndola a besos, sigo por el muslo, bordeo la línea del vello púbico, el ombligo, cada pecho, hasta que me sitúo sobre ella, sosteniéndome en equilibrio y listo.
—Te quiero —susurro, y la penetro, besándola al mismo tiempo.
—Christian —gime.
Y empiezo a moverme. Despacio. Disfrutándola. Mi dulce, dulce Ana. Mi amor.
Ana me rodea con las piernas y hunde los dedos en mi pelo, tirando con fuerza.
—Yo también te quiero —me susurra al oído y se mueve conmigo, perfectamente sincronizados.
Juntos.
Los dos.
Como si fuéramos uno.
Y cuando se deshace en mis brazos, me arrastra con ella.
—¡Ana!
Se acurruca contra mi pecho y me pongo tenso, esperando la oscuridad, pero Ana lo nota y se detiene, levantando la cabeza.
—Por mucho que me haya gustado el estriptís improvisado y lo que ha venido después, ¿vas a darme el parte meteorológico que mencionabas en tus correos y decirme qué ocurre?
Le acaricio la espalda con la punta de los dedos.
—¿Y si cenamos primero?
Se le ilumina la cara.
—Sí. Tengo hambre. Y no me vendría mal otra ducha.
Sonrío complacido.
—Me gusta hacerte sentir sucia. —Me incorporo y le doy un cachete en el trasero—. ¡Arriba! Le he dicho a Gail que tardaríamos media hora.
—¿En serio? —pregunta escandalizada.
—En serio.
Y sonrío de nuevo.
El curri verde tailandés de la señora Jones está delicioso, igual que la copa de Chablis con que lo acompañamos.
—Bueno, pues ya ha llegado el informe inicial de la FAA, y tarde o temprano será de dominio público.
—¿Ah, sí?
Ana levanta la vista del plato.
—Parece ser que alguien manipuló el Charlie Tango.
—¿Un sabotaje?
—Exacto. He aumentado la seguridad hasta que demos con el responsable. Y creo que es mejor que te quedes aquí por el momento.
Asiente, con mirada intranquila.
—Debemos ir con ojo.
—Vale.
Enarco una ceja.
—Lo digo en serio —se apresura a añadir.
Bien. Ha sido fácil.
Pero parece afectada.
—Eh, no te preocupes —murmuro—. Haré todo lo que esté en mi mano para protegerte.
—No soy yo quien me preocupa, eres tú.
—Taylor y su gente se encargan de todo. No te preocupes, de verdad.
Ana frunce el ceño y deja el tenedor en el plato.
—Y sigue comiendo.
Ana juguetea con el labio inferior y alargo la mano para coger la suya.
—Ana, todo va a ir bien, confía en mí. No voy a permitir que te ocurra nada. —Cambio de tema con la esperanza de poder tratar asuntos menos espinosos—. ¿Qué tal con Bastille?
La cara se le ilumina con una sonrisa afectuosa.
—Muy bien. Concienzudo. Creo que me van a gustar sus clases.
—Qué ganas tengo de pelear contigo.
—Creía que eso ya lo habíamos hecho, Christian.
Me echo a reír. Ah, touché, Anastasia… Touché.
Jueves, 23 de junio de 2011
El sol de la mañana entra a raudales por la ventana cuando Ros aparece por mi despacho, y nos acomodamos en la pequeña mesa de conferencias.
—¿Qué tal estás? —pregunto.
—Bien, gracias, Christian. Creo que ya me he recuperado del todo de la aventura con el helicóptero de la semana pasada.
—¿Y los pies?
Ríe.
—Sí, ya. Las llagas están bajo control. ¿Qué tal tú?
—Bien, gracias. Creo. Aunque es una putada saber que se trata de un sabotaje.
—¿Quién haría algo así?
—No tengo ni idea.
—¿Has pensado que podría tratarse de un trabajador descontento?
—El equipo de Welch está examinando detenidamente las fichas de todos los empleados y ex empleados para ver si dan con algún posible sospechoso. Por el momento solo tenemos a Jack Hyde, el tipo al que despedí de SIP.
—¿El editor?
Por su entonación, es evidente que lo encuentra poco creíble. Su cara de sorpresa casi me hace reír.
—Sí.
—No me parece muy probable.
—A mí tampoco. Welch está intentando dar con él, ya que por lo visto no ha vuelto a pasar por su apartamento desde que lo despedí. Está haciendo indagaciones.
—¿Y Woods? —sugiere, como si acabara de ocurrírsele.
—Desde luego entra dentro de la categoría de sospechosos. Welch también lo está investigando.
—Sea quien sea, espero que pilles a ese cabrón.
—Yo también lo espero. —Y cuanto antes mejor—. ¿Qué es lo primero que tenemos esta mañana?
—Kavanagh Media. Hay que ponerse las pilas para cerrar el acuerdo. ¿Ya has aprobado los costes?
—Lo sé. Lo sé. Tengo un par de dudas, que hablaré luego con Fred; en cuanto eso esté solucionado, podemos plantearles la propuesta definitiva. Si su gente aprueba el coste por metro lineal, podemos empezar con los estudios de la fibra óptica.
—Muy bien. Lo pospondré hasta que hables con Fred.
—Tengo que verlo luego, y aprovecharé para comentárselo. Va a enseñarme la última generación de tabletas. Creo que estamos listos para lanzar el siguiente prototipo.
—Eso son buenas noticias. ¿Has pensado en cómo proceder con Taiwan?
—He leído los informes. Son interesantes. Es evidente que el astillero va viento en popa, y es comprensible que quieran ampliar horizontes, pero lo que no acabo de entender es por qué quieren invertir en Estados Unidos.
—El Tío Sam está de nuestra parte —asegura Ros.
—Cierto. Estoy seguro de que impositivamente resultará a nuestro favor, pero es un gran paso lo de trasladar parte de nuestra capacidad constructora fuera de Seattle. Tengo que estar seguro de que son serios, y de que es bueno para Grey Enterprises Holdings.
—Christian, a la larga saldrá más barato. Eso ya lo sabes.
—Sin duda, y con el actual precio al alza del acero, puede que sea la única manera de mantener abierto el astillero de Grey Enterprises Holdings a largo plazo y conservar los puestos de trabajo locales.
—Creo que deberíamos realizar una valoración de impacto exhaustiva para determinar las consecuencias para nuestro astillero y la mano de obra.
—Sí —convengo con ella—. Muy buena idea.
—Vale. Hablaré con Marco para que su equipo se ponga a ello, pero creo que no podemos retrasarlo mucho más. Se irán a otra parte.
—Lo sé. ¿Qué más?
—La planta. De Detroit. Bill ha encontrado tres zonas industriales en recalificación y estamos esperando a que tomes una decisión.
Me mira de manera significativa; sabe que he estado posponiéndolo adrede.
¿Por qué cojones tiene que ser en Detroit?
Suspiro.
—Vale. Sé que Detroit ofrece los mejores incentivos. Hagamos un análisis comparativo de costes y luego hablaremos de los pros y los contras de cada zona. A ver si lo podemos tener listo para la semana que viene.
—Muy bien, perfecto.
Hablamos de Woods una vez más y las medidas legales que tomaremos, si así se decide, por haber roto el compromiso de confidencialidad.
—Creo que se ha hundido él solito —mascullo con desdén—. La prensa no lo ha tratado muy bien.
—He redactado un borrador donde amenazamos con emprender acciones legales.
—¿Y expresamos nuestra decepción?
—Sí —contesta riendo.
—A ver si eso le cierra la boca. El capullo… —mascullo entre dientes, pero Ros frunce el ceño ante mi vocabulario—. ¡Pero es que es un capullo! —exclamo en mi defensa—. Y un sospechoso.
—En cuanto al ámbito personal, todo va según lo previsto con la compra de la casa —prosigue Ros, profesional como siempre, pasando por alto mi falta de educación—. Tendrás que poner el dinero en fideicomiso. Te enviaré toda la información para poder proceder con el estudio topográfico.
—Le he dicho al contratista que lo empezaremos la semana que viene, aunque no sé si será necesario porque voy a hacer cambios en la casa.
—Nunca está de más. A tu contratista le irá bien saber a qué se enfrenta.
—Tienes razón —asiento.
Vuelve a arrugar la frente.
—Verás, he estado pensando… —se interrumpe.
—¿Qué?
—Teniendo en cuenta que existe una amenaza real contra tu vida, ¿te has planteado la posibilidad de instalar una habitación del pánico en tu apartamento?
La sugerencia me coge por sorpresa.
—No, la verdad es que nunca se me había pasado por la cabeza, vivo en un ático. Pero tienes razón, tal vez sería un buen momento.
Esboza una sonrisa forzada.
—Pues yo ya he terminado.
—No del todo. —Saco de debajo de la mesa la bolsa del centro comercial de Nordstrom que Taylor me ha traído esta mañana—. Para ti. Como te prometí.
—¿Qué?
Ros frunce el ceño, desconcertada, cuando coge la bolsa y echa un vistazo dentro.
—Son unos Manolos —digo—. De tu talla, espero.
—Christian, pero… —protesta.
Levanto las manos.
—Te lo prometí. Espero que te vayan bien.
Ros ladea la cabeza y me mira con lo que parece afecto. No sé cómo tomármelo.
—Gracias —dice—. Y para que conste, a pesar de lo que ocurrió, volvería a volar contigo cuando fuera.
Vaya. Eso sí que es un cumplido.
Después de que se haya ido, me siento a mi mesa y llamo a Vanessa Conway, de adquisiciones. Llevo un par de días pensando en ponerme en contacto con ella.
—Señor Grey —contesta.
—Hola, Vanessa, ya sé que lo que te pido no va a ser fácil, pero allá va: después del accidente con el helicóptero, a Ros y a mí nos rescató un tipo llamado Seb, que conducía un tráiler. Trabaja solo. No sé si podríamos emplearlo… Tiene un semirremolque de los grandes.
—¿Quiere que me ponga en contacto con él?
—Sí. Pero primero tendrás que encontrarlo. No dispongo de más información.
—Mmm… Voy a ver qué puedo hacer.
—Viaja sobre todo entre Portland y Seattle. Creo.
—Muy bien. Déjemelo a mí.
—Gracias, Vanessa.
Cuelgo y lamento una vez más que Seb no me diera una tarjeta de visita. Al menos él tiene la mía, si es que no la ha tirado. Me gustaría compensárselo de alguna manera.
Enciendo el ordenador y miro el correo electrónico. Tengo un mensaje de Ana.
De: Anastasia Steele
Fecha: 23 de junio de 2011 11:03
Para: Christian Grey
Asunto: Te echo de menos
Solo era eso.
A xx
De: Christian Grey
Fecha: 23 de junio de 2011 11:33
Para: Anastasia Steele
Asunto: Yo más
Ojalá cambiaras de opinión y te trasladaras con todas tus cosas al Escala este fin de semana. Al fin y al cabo, ahora ya pasas conmigo todas las noches. Además, ¿qué sentido tiene pagar el alquiler de un lugar que no utilizas?
Christian Grey
Presidente de Grey Enterprises Holdings, Inc.
He estado tratando de convencerla con sutileza para que se mude conmigo de manera definitiva. Pero hasta la fecha, se niega. ¿Por qué está pensándoselo tanto? Desde que llegó de Seattle, apenas ha pisado su apartamento. ¿Accede a casarse conmigo y… a esto no? No lo entiendo. Es irritante.
Vente a vivir conmigo, Ana.
De: Anastasia Steele
Fecha: 23 de junio de 2011 11:39
Para: Christian Grey
Asunto: Múdate conmigo
Buen intento, Grey.
Guardo unos recuerdos maravillosos de ti en mi apartamento.
Ya te lo he dicho. Quiero más.
Siempre quiero más.
Múdate allí conmigo.
A xx
Oh, Ana, Ana, Ana. Siempre quieres más. Lo haría, si fuera seguro para los dos.
De: Christian Grey
Fecha: 23 de junio de 2011 11:42
Para: Anastasia Steele
Asunto: Tu seguridad
Es más importante para mí ahora mismo que crear recuerdos.
Puedo tenerte a salvo en mi torre de marfil.
Por favor, reconsidéralo.
Christian Grey
Locamente enamorado presidente de Grey Enterprises Holdings, Inc.
P.D.: Espero que te guste la organizadora de bodas.
Esta noche hemos quedado en el Escala con mi madre y La Organizadora de Bodas. Preferiría pasar la velada de otra manera. ¿Por qué no podemos ir a Las Vegas y casarnos sin más? Ahora mismo ya seríamos marido y mujer. Igual estaría más contento si Ana dejara de posponer lo de mudarse conmigo.
¿Por qué es tan reticente?
¿Necesita su apartamento como una especie de refugio, por si cambia de idea?
Joder.
«Incertidumbre» es una palabra horrible para una sensación horrible.
¿Por qué si no se mostraría tan reacia a comprometerse del todo?
Basta, Grey.
¡Te ha dicho que sí!
Necesito alejar esos pensamientos tan perturbadores, así que cojo el teléfono y llamo a Welch para que me ponga al día sobre la investigación del accidente y de paso preguntarle si ha localizado a Jack Hyde y qué sabe sobre habitaciones del pánico.
Taylor no quiere ni oír hablar de que vaya o vuelva andando del despacho del alcalde, así que después de una larga comida con este, subo a la parte trasera del Audi a regañadientes para realizar el corto trayecto que me separa de Grey House. Creo que empieza a cargarme tenerlo revoloteando a mi alrededor como una mamá gallina. Es asfixiante. Exhalo un largo y lento suspiro al recordar que Ana me acusa de hacer exactamente lo mismo.
Mierda. Espero que Ana lleve bien lo de tener a Sawyer encima.
En el lado positivo, Taylor me ha recomendado que deje de jugar al golf. Por lo visto, hay demasiados árboles rodeando el campo de golf tras los que podría ocultarse un asesino. No soy un gran aficionado a ese deporte, así que no me supone ningún sacrificio dejarlo, aunque creo que Taylor está siendo un poco exagerado.
Levanto la vista hacia el techo solar panorámico y entreveo el radiante azul del verano asomando por encima del acero y el cristal del centro de Seattle. Cómo me gustaría estar allí arriba.
La libertad de caminar en el aire.
Necesito volver con Ana. Estaríamos seguros en un planeador, surcando los cielos. Libres de la vigilancia constante del equipo de seguridad. La idea me resulta extremadamente atractiva. El único problema es que si quiero llevar a Ana, necesito otro planeador; un modelo apto para dos tripulantes. Me froto las manos con regocijo pensando en la oportunidad de compra que representa. Saco el móvil del bolsillo y empiezo a explorar la página web de Alexander Schleicher y los últimos diseños de aeronaves.
—Muchísimas gracias, Christian, Ana, ha sido un placer conoceros. Vais a tener una boda de ensueño.
—Gracias a ti, Alondra —contesta Grace entusiasmada—. Me encantan tus ideas.
Mi madre da una palmada con una emoción muy poco propia de ella mientras hago un esfuerzo sobrehumano para conservar la sonrisa y no poner los ojos en blanco. Estoy portándome la mar de bien. Es cierto que la señorita Gutiérrez tiene unas propuestas magníficas, pero yo solo quiero que se materialicen, y rápido, para poder casarnos.
—La acompaño —dice Ana, guiándola al vestíbulo.
—¿Qué te parece? —pregunta Grace.
—Está bien.
—Ay, Christian. —Parece irritada—. Esa mujer es perfecta.
—Vale, pues esa mujer es un regalo del cielo en cuanto a la organización de bodas.
El sarcasmo tiñe mis palabras. Grace frunce los labios. Estoy seguro de que está a punto de regañarme cuando Ana regresa a la habitación.
—¿Qué te ha parecido? —me pregunta ella también, tratando de encontrar la respuesta en mi expresión.
—Creo que está bien. ¿A ti te ha gustado?
Eso es lo que de verdad importa.
—Claro que sí. Creo que tiene ideas muy imaginativas. Doctora Gre…
—Ana, por favor, llámame Grace.
—Grace —dice Ana con una sonrisa azorada—. Bueno, entonces habrá que enviar las invitaciones, ¿no? —Ana parpadea varias veces, como si estuviera repentinamente conmocionada—. Ni siquiera tenemos una lista de invitados —murmura.
—Eso es fácil —aseguro, tratando de tranquilizarla.
Además de mi familia, creo que solo añadiría a dos personas más: a Ros y al doctor Flynn, con sus respectivas parejas. Y tal vez a Bastille… y a Mac.
—Hay una cosa más —dice Grace.
—¿Qué?
—Sé que no quieres una ceremonia católica, pero ¿cabría la posibilidad de pedirle al reverendo Michael Walsh que oficiase la boda?
El reverendo Walsh. El nombre me quiere sonar.
—Es el capellán del hospital y un queridísimo amigo. Ya sé que nunca te has entendido con los curas que conocemos.
—Ah, ya, lo recuerdo. Siempre me trató bien. No quiero una ceremonia religiosa, pero no tengo inconveniente en que la oficie él, si a Ana le parece bien.
Ana asiente, un poco pálida; parece agobiada.
—Fantástico. Mañana hablaré con él. Mientras tanto, os dejo para que os pongáis con la lista. —Grace me presenta la mejilla y le doy un beso fugaz—. Adiós, cariño —dice—. Adiós, Ana. Ya os llamaré.
—Muy bien —contesta Ana, aunque la veo un poco ausente.
¿No le gusta la organizadora de la boda? ¿Se siente igual de abrumada que yo? Le aprieto la mano para tranquilizarla y juntos acompañamos a mi madre al vestíbulo. Grace se vuelve hacia mí mientras esperamos el ascensor.
—Christian, por favor, llama a tu padre.
Suspiro.
—Me lo pensaré.
—Deja de comportarte como un crío —me riñe en voz baja.
—¡Grace!
Cuidado.
Ana nos mira, pero sabe que es mejor morderse la lengua y no dice nada. En ese momento suena la campanilla y las puertas del ascensor se abren para salvar la situación. Tomo a Ana de la mano cuando Grace entra en la cabina.
—Buenas noches —se despide mi madre, y las puertas se cierran.
—¿No te hablas con tu padre? —pregunta Ana.
Me encojo de hombros.
—Yo no diría tanto.
—¿Es por lo del fin de semana pasado? ¿Por la pelea?
No rehúyo su mirada cargada de curiosidad, pero no contesto. Es algo entre él y yo.
—Christian, es tu padre. Solo quiere protegerte.
Levanto la mano con la esperanza de que pare.
—No quiero hablar de eso. —Ana se cruza de brazos y levanta el testarudo mentón Steele—. Anastasia. Déjalo.
Sus ojos lanzan un destello azul cobalto, pero suspira y baja los brazos, mirándome con lo que diría que es una mezcla de lástima y frustración.
Cincuenta sombras, nena.
—Tenemos otro problema —anuncia—. Mi padre quiere pagar la boda.
—No me digas, ¿de verdad?
Ni hablar. Costará un dineral, que el hombre no tiene. No pienso arruinar a mi suegro.
—Creo que eso queda totalmente descartado.
—¿Qué? ¿Por qué? —insiste, hecha una fiera.
—Nena, ya sabes por qué. —No quiero entrar a debatir ese tema—. La respuesta es no.
—Pero…
—No.
Aprieta los labios en ese gesto testarudo que conozco tan bien.
—Ana, tienes carta blanca con la boda, puedes hacer lo que tú quieras, pero no me pidas eso. Sabes que no es justo para tu padre. Estamos en 2011, no en 1911.
Suspira.
—No sé qué voy a decirle.
—Dile que estoy decidido a proveer por los dos. Dile que es una necesidad imperiosa que tengo.
Porque es la verdad.
Vuelve a suspirar, resignada, creo.
—Bueno, ¿nos ponemos con la lista de invitados? —pregunto, esperando que abordar la tarea alivie su ansiedad y aleje sus pensamientos de Ray.
—Claro —claudica, y sé que he evitado una pelea.
Le acaricio la oreja con la nariz mientras jadea después del orgasmo. El sudor le perla la frente y sus dedos siguen enroscados con fuerza en mi pelo.
—¿Qué tal ha estado, Anastasia?
Balbucea mi nombre y creo que dice «fantástico».
Sonrió complacido.
—Por favor, múdate conmigo.
—Sí. Pero no este fin de semana. Por favor. Christian. —Le falta el aire. Abre los ojos con un parpadeo y me mira implorante—. Por favor —musita.
Mierda.
—Vale —susurro—. Me toca.
Le mordisqueo el lóbulo y le doy la vuelta boca abajo.

SIGUIENTE

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