Liberado de E.L. James 005

Viernes, 1 de julio de 2011
Llaman a la puerta de mi despacho y entra Andrea, así que levanto la vista de las muestras de invitaciones de boda que me ha enviado Ana.
—¿Sí? —pregunto, extrañado por su intrusión.
—Está aquí su padre.
¿Qué?
—¿Aquí, en el despacho?
—Está subiendo.
¡Mierda!
—Lo siento, señor Grey —sigue diciendo—. No quería hacerle esperar en el vestíbulo. —Se encoge de hombros para disculparse—. Es su padre.
Por el amor de Dios. Miro la hora. Son las cinco y cuarto, y a y media tengo que salir para el fin de semana largo.
—Dile que espere.
—Sí, señor. —Sale y cierra la puerta.
Hay que joderse…
No me apetece tener otra conversación con el bueno de papá. La última fue como fue. Ahora, gracias a mi asistente personal, no tendré más remedio.
Maldita sea.
Nunca se presenta sin avisar… al contrario que mi madre. Inspiro profundamente, me levanto y estiro las extremidades. Me bajo las mangas de la camisa, que tenía arremangadas, y me coloco los gemelos que había dejado en el escritorio. Alcanzo la americana del respaldo de la silla, me la pongo y abrocho un botón. Tiro de los gemelos, me enderezo la corbata y me paso las manos por el pelo.
Empieza el espectáculo, Grey.
Carrick está esperando junto a la puerta con su desgastado maletín.
—Papá —digo en tono neutro.
Él curva los labios en una cálida y franca sonrisa que pone de manifiesto veinticuatro años de amor y orgullo paternal.
Caray, me desarma.
—Hijo —saluda.
—Pasa. ¿Puedo ofrecerte algo? —pregunto mientras intento mantener a raya mis sentimientos, que de pronto son hostiles.
¿Ha venido buscando pelea? ¿A hacer las paces? ¿A qué?
—Ya lo ha hecho Andrea —dice—. No quiero nada, no me quedaré mucho rato.
Entra en mi despacho y contempla la sala unos instantes mientras yo cierro la puerta.
—Hacía bastante que no venía por aquí.
—Sí —mascullo.
—Qué retrato más bonito de Ana.
En la pared que hay frente al escritorio, una deslumbrante Ana en blanco y negro nos observa con una sonrisa dulce y tímida que deja entrever su diversión y oculta su verdadera fuerza. Me gusta pensar que se está riendo de mí de esa forma tan suya, esa que me hace reír a mí también.
—Lo he comprado hace poco. Se lo hizo su amigo de la Universidad Estatal de Washington, José Rodríguez. Montó una exposición en Portland. Lo conociste en mi casa, la noche que cayó el Charlie Tango. Forma parte de una serie, son siete en total. Mandé que colgaran este esta misma semana. Tiene una sonrisa preciosa —añado en un murmullo.
La mirada de Carrick es cálida pero cauta, se pasa una mano por el pelo.
—Christian, verás… —Se detiene como si acabara de recordar algo especialmente doloroso.
—¿Qué ocurre? —pregunto.
—He venido a disculparme.
Al oír eso, de repente me desinflo y me quedo inmóvil y perdido como un náufrago.
—Lo que dije estuvo mal. Estaba enfadado. Conmigo mismo. —Clava sus ojos en los míos mientras sus dedos siguen aferrando con fuerza el asa de ese viejo maletín que tiene desde hace años.
Siento que la garganta se me tensa y me arde mientras busco algo que decir, y entonces recuerdo que mi padre siempre tenía ese maletín en un sillón ajado de su estudio.
Christian, este es el segundo colegio que se ha visto obligado a expulsarte por tu mal comportamiento. Papá está fuera de sí. Se ha puesto en modo «cabrón total». Esto es completamente inaceptable. Tu madre y yo ya no sabemos qué hacer. Camina de un lado a otro frente a su escritorio, con las manos en la espalda.
Yo estoy delante de él, tengo los nudillos en carne viva, siento que me laten. Me duelen los costados del cuerpo por la paliza que me han dado, pero me importa una mierda. Wilde se lo merecía. Ese capullo, abusón de mierda. Le encanta meterse con los que son más pequeños que él. Más pobres que él. Es una basura, y al muy imbécil lo han expulsado también.
Hijo, nos estamos quedando sin opciones.
Mis padres tienen contactos. Sé que podrán encontrar algún otro centro. A la mierda, tampoco me hace falta seguir adelante con mi educación.
Incluso hemos hablado de enviarte a una escuela militar.
Se quita las gafas como si estuviera en una película y me mira, esperando una reacción por mi parte pero sin encontrarla. Que le den. Y que le den también a la escuela militar. Si eso es lo que quieren hacer para librarse de mí, que se jodan todos. Adelante. Bajo la vista y me quedo mirando esa estúpida cartera que lleva a todas partes mientras intento ignorar el fuego que me arde en la garganta.
¿Por qué no se pone de mi parte?
Nunca.
Ese tío se me echó encima.
Yo me defendí.
Que se joda.
Ahora tiene arrugas más profundas alrededor de los ojos, los cristales de sus gafas son más gruesos, y me está mirando mientras espera con su talante calmado y paciente una contestación a su disculpa.
Papá…
Asiento con la cabeza.
—Yo también —murmuro.
—Bueno. —Carraspea y vuelve a mirar a la Ana de la pared—. Es una chica preciosa.
—Lo es. En todos los sentidos.
Su mirada se suaviza.
—En fin, no te entretengo más.
—Muy bien.
Me lanza una breve sonrisa y, antes de que pueda tomar aire de nuevo, ya se ha ido y ha cerrado la puerta al salir.
Exhalo. El nudo que noto en el fondo de la garganta se tensa aún más y tira de mi corazón.
Joder. Una disculpa. De mi padre. Eso sí que es una primera vez. Casi no puedo creerlo. Miro a Ana con su sonrisa misteriosa, y es como si ella supiera que iba a ocurrir. «Christian, es tu padre. Solo quiere protegerte.» Oigo su voz en mi cabeza y comprendo que necesito oírla en la realidad. Ya.
Vuelvo al escritorio y cojo el teléfono.
Ana contesta al primer tono, como si hubiera estado esperando mi llamada.
—Hola. —Su voz es suave y entrecortada, un dulce bálsamo para mi alma harapienta.
—Hola —susurro—. Te echo de menos.
Casi puedo oír su sonrisa.
—Yo también te echo de menos, Christian.
—¿Lista para esta noche?
—Sí.
—¿Consejo de guerra?
—Sí —dice con una risita.
Esta noche. Acabaremos de decidir sobre la boda. En su casa.
Cuando Ana me abre la puerta del piso, su silueta se recorta contra la luz de la cocina. Lleva puesto un vestido de flores ligero que no le había visto nunca y que se transparenta al trasluz. Todas sus líneas, su planos y sus curvas, resaltan cinceladas como en una delicada escultura, perfilada solo para mis ojos. Está espectacular.
—Hola —dice.
—Hola. Bonito vestido.
—¿Este trapo viejo? —Da una vuelta rápida y la falda se le pega a las piernas. Sé que se lo ha puesto especialmente para mí.
—Estoy deseando arrancártelo después. —Le acerco el ramo de peonías rosadas que le he comprado en Pike Place Market.
—¿Flores? —Se le ilumina el rostro cuando las coge y hunde la nariz en el ramo.
—¿No puedo comprarle flores a mi prometida?
—Puedes y lo haces. Aunque creo que esta es la primera vez que he disfrutado de una entrega en persona.
—Me parece que tienes razón. ¿Puedo pasar?
Se echa a reír y abre los brazos. Entro y la estrecho con fuerza contra mí. Le acaricio el pelo e inspiro su aroma embriagador.
El hogar. Es. Ana.
Ella es mi vida.
—¿Estás bien? —Me cubre una mejilla con la palma de la mano y busca mi mirada con esos ojos de un azul tan intenso.
—Ahora sí. —Me inclino para darle un beso rápido.
Sus labios rozan los míos, y lo que yo pretendía que fuera un besito de gratitud, un beso de «me alegro de verte»… se convierte en algo más. En mucho más. Los dedos de la mano que tiene libre se enredan en mi nuca y Ana se abre para mí como una flor exótica, con una boca cálida y acogedora. Ahoga un suspiro cuando deslizo la mano por la suave tela que se adhiere a su cuerpo y le aprieto el culo. Su lengua saluda a la mía en todos los idiomas, hasta que ambos jadeamos y el deseo me recorre las venas en busca de una válvula de escape.
Gimo y me aparto para bajar la mirada hacia su bello rostro aturdido.
—Muy bien, Taylor, puedes irte —digo.
—Gracias, señor.
Detrás de mí, Taylor sale de las sombras de la escalera, deja junto al umbral la bolsa de cuero que he preparado para pasar la noche, se despide de nosotros con un gesto de cabeza y da la vuelta para bajar los escalones.
Ana suelta una risita.
—No sabía que estuviera ahí.
—A mí también se me había olvidado. —Sonrío.
Para mi gran decepción, Ana me suelta.
—Tengo que poner en agua estas flores tan maravillosas.
La miro mientras va a la isla de cemento de la cocina y recuerdo la última vez que estuve aquí, cuando Ana se enfrentó a una Leila trastornada y armada. Siento un escalofrío en la espalda. Ese encuentro podría haber terminado de una forma muy trágica. No me extraña que Ana haya insistido en que pasáramos una noche más en su piso los dos juntos. Seguro que lo que quiere es sustituir el último recuerdo de ambos en este lugar. Por suerte, Leila se está recuperando y se encuentra en la otra punta del país, en Connecticut, en casa de sus padres.
—¿Dónde está Kate? —pregunto al recordar que no vive sola.
—Ha salido con tu hermano. —Ana llena un jarrón con agua.
—O sea que tenemos el piso para nosotros solos… —Me quito la americana con desenvoltura, me aflojo la corbata y me desabrocho los dos últimos botones de la camisa.
—En efecto. —Ana levanta una libreta—. Y he hecho una lista con todo lo que tenemos que hablar para la boda.
—¿No podemos dejarlo para otro momento?
—No. Ya sé lo que implican tus «dejarlo para otro momento». Tenemos que acabar esto, Christian. Consejo de guerra, ¿recuerdas? —Enarbola la libreta a la vez que levanta la barbilla Steele con decisión.
Le sienta bien esa expresión.
Sé que la boda la está estresando, aunque no entiendo por qué. La señorita Gutiérrez parece competente y se está encargando de todos los preparativos con una eficiencia imperturbable; la discusión no debería llevarnos mucho tiempo.
—No hagas mohínes —añade Ana con su habitual sonrisa divertida.
Me echo a reír.
—Está bien. Vamos allá.
Una hora después, estamos sentados en los taburetes de la encimera de la cocina y hemos terminado con la solicitud de la licencia matrimonial. Hemos llegado a un acuerdo sobre las invitaciones, el patrón de colores, los menús, el diseño del pastel… y las figuritas.
¡Figuritas!
—Christian, no creo que debamos tener una lista.
—¿Una lista?
—De bodas.
—Dios, no.
—Pero si la gente quiere hacernos algún regalo, tal vez podrían contribuir con algún donativo a la organización benéfica de tus padres, Afrontarlo Juntos, ¿no?
Clavo la mirada en ella, asombrado y humilde de pronto.
—Es una idea genial.
Ana asiente.
—Me alegra que te guste.
Me inclino hacia delante y la beso.
—Por eso me caso contigo.
—Pensaba que era por mis habilidades culinarias.
Asiento con la cabeza.
—Eso también.
Se ríe y es un sonido maravilloso.
—Vale, le he pedido a Kate que sea mi dama de honor principal —dice Ana.
—Tiene sentido. —Intento disimular mi disgusto; Katherine es la mujer más irritante que conozco, pero también es la mejor amiga de Ana, así que…
A tragar, Grey.
—Y le pediré a Mia que sea otra dama.
—A Mia le encantará, seguro.
—Tú tendrás que encontrar padrino.
—¿Padrino?
—Sí.
Bueno, solo puede ser Elliot. Tendré que pedírselo, y se descojonará de mí.
—Todo esto no te hace ninguna gracia, ¿verdad?
—Pero estar casado contigo, sí.
Ana ladea la cabeza y sé que no está contenta con mi respuesta. Suspiro.
—No, no me gusta esto. Nunca me ha gustado ser el centro de atención, y ese es uno de los motivos por los que me caso contigo.
Ella arruga la frente y le acaricio la mejilla con un nudillo, porque hace varios minutos que no la toco.
—Tú serás el centro de atención.
Ana pone los ojos en blanco.
—Eso ya lo veremos. Seguro que estará usted despampanante con el traje de gala para la boda, señor Grey.
—¿Ya tienes vestido?
—La madre de Kate me lo está diseñando. —Baja la mirada a sus manos y añade—: Le he pedido a mi padre que lo pague él.
—¿Y le parece bien?
Ana asiente con la cabeza.
—Creo que está aliviado de no tener que hacerse cargo de toda la factura de la boda, pero le encanta poder contribuir con algo.
Sonrío.
—Anastasia Steele, eres brillante. Sabía que encontrarías una buena solución. Eres una negociadora fantástica. —Me inclino y le doy un beso rápido en los labios.
—¿Tienes hambre? —pregunta.
—Sí.
—Pues prepararé unos filetes.
—Bueno, y las habitaciones del pánico… ¿cómo funcionarán? —pregunta mientras corta su solomillo.
—Una estará en el despacho de Taylor, y el armario de nuestro dormitorio se reconvertirá también en otra. Aprietas un botón y las puertas se cierran y se hacen inexpugnables. Así se gana tiempo suficiente para que llegue ayuda. O ese es el plan, al menos.
—Ah. —Ana palidece.
Le cojo la mano.
—Es una mera precaución. Por que nunca tengamos que utilizarlas… —Levanto la copa de pinot noir y le suelto los dedos.
—Brindo por eso. —Ana entrechoca su copa con la mía.
—No pongas esa cara de preocupación. Haré todo lo que esté en mi mano para que estés segura.
—No me preocupo por mí, Christian, ya lo sabes. ¿Cómo…? ¿Cómo va la investigación?
—No avanza muy deprisa, lo cual resulta frustrante. Pero no pienses en eso. Mi equipo está en ello. —No me apetece inquietar a Ana con la falta de progresos—. El solomillo estaba delicioso. —Dejo el cuchillo y el tenedor.
—Gracias —dice, y aparta su plato vacío.
—¿Qué quieres que hagamos ahora? —pregunto con una voz grave que espero que deje muy claras mis intenciones.
Tenemos todo el piso para nosotros solos, algo que nunca sucede en mi casa.
Ana me lanza una mirada intensa por entre sus pestañas.
—Tengo una idea. —Su voz es suave y seductora. Me excita.
Se pasa la lengua por el labio superior y posa una mano en mi rodilla. El aire casi crepita de deseo entre nosotros.
Ana…
Se inclina hacia mí y me ofrece una vista maravillosa de su escote mientras susurra a mi oído:
—Tendremos que mojarnos.
Oh… Desliza el pulgar por la cara interior de mi muslo.
Joder.
—Sí. —Se inclina algo más, su aliento me cosquillea la oreja—. Podríamos… fregar los platos.
¿Qué?
¡Cómo juega conmigo!
Bueno, esto sí que no lo esperaba. Y es un reto.
Contengo una sonrisa y, sin apartar los ojos de los suyos, deslizo el índice por su mejilla hasta llegar al mentón, y luego bajo por el cuello y el esternón hasta la uve que forma su escote. Ella entreabre los labios y su respiración se vuelve más profunda. Cojo la suave tela de su vestido con el pulgar y el índice y tiro de ella para acercarla a mí.
—Yo tengo una idea mejor.
Ana ahoga un gemido.
—Una idea mucho mejor —sigo diciendo.
—¿Cuál?
—Podríamos follar.
—¡Christian Grey!
Sonrío de oreja a oreja. Me encanta escandalizarla.
—O hacer el amor —añado.
Suave, Grey. Suave.
—Me gustan más tus ideas que las mías. —Su voz es grave y seductora, esta vez de verdad.
—¿Ah, sí?
—Ajá. Me quedo con la opción número uno. —Sus ojos adquieren un tono turbio.
Ana, eres una diosa…
—Buena elección. Quítate ese vestido, ya. Despacio.
Se incorpora y queda atrapada entre mis muslos. Creo que va a hacer lo que le he ordenado, pero inclina la cabeza, apoya las manos en mis piernas y entonces me acaricia la comisura de la boca con los labios.
—Hazlo tú —susurra contra mi piel, y se me eriza el vello por todo el cuerpo porque la pasión hace que me hierva la sangre.
—Como desee, señorita Steele.
Alcanzo el lazo que ata su vestido cruzado y lo deshago con delicadeza, de manera que la prenda se abre.
Ana no lleva sujetador. Qué delicia…
Recorro su espalda con las manos mientras ella me toma el rostro en las suyas y empieza a besarme. Sus labios son imperiosos, y su lengua, exigente. Gimo y cierro los ojos mientras nos deleitamos uno en el beso del otro. Noto su piel suave bajo mis dedos cuando la atraigo hacia mí y la aprieto contra mi pecho. Ana enreda las manos en mi pelo. Y entonces estira para obligarme a levantar la cabeza.
Joder.
Aprisiona mi labio inferior con los dientes y tira.
Au.
¡Ana!
Echo la cabeza hacia atrás y la agarro de las muñecas.
—Estás un poco desatada —susurro, algo turbado.
Ella se mueve entre mis piernas, sus pezones me rozan la camisa y se endurecen mientras los observo. El pelo le cae sobre los hombros, envuelve sus pechos, y yo noto que mis pantalones están más tensos a cada segundo que pasa.
¿Qué le ha dado?
Está excitante. Juguetona.
—¿Pretendes provocarme? —pregunto.
—Sí. Tómame.
—Claro que sí. Aquí mismo. En cuanto esté listo.
Ella ahoga un gemido con una mirada sensual y cargada de invitación; debe de haber bebido más pinot del que creía. La empujo hacia atrás con cuidado guiándola de las muñecas y se las suelto al levantarme del taburete. Bajo la mirada hasta ella, que me observa desde sus largas pestañas.
—¿Qué te parece aquí mismo? —Doy unas palmaditas en lo alto del taburete.
Ella parpadea un par de veces y abre los labios con sorpresa.
—Inclínate —murmuro.
Sus dientes se hunden en ese labio carnoso, dejan unas pequeñas marcas, y sé que lo hace a propósito.
—Me parece que habías elegido la opción uno —le recuerdo.
—Sí.
—No te lo pediré otra vez. —Me desabrocho los pantalones y bajo la cremallera despacio para darle a mi erección el espacio que tanto necesita.
Ana se me queda mirando, licenciosa y encantadora, cubierta solo por su precioso vestido abierto, unas braguitas blancas y las sandalias de tacón alto. Levanta las manos y creo que va a quitarse el vestido.
—Déjatelo puesto —pido. Me meto la mano en los pantalones y saco la polla—. ¿Lista? —pregunto, y empiezo a deslizar la mano arriba y abajo para darme placer.
Su mirada oscura se desplaza de mi mano a mi cara y, con una sonrisa de complicidad, se da la vuelta y se tumba boca abajo sobre el taburete.
—Agárrate a las patas —ordeno, y ella obedece y aferra las varas metálicas con las manos.
Su melena roza el suelo, y aparto el vestido de manera que queda colgando a su izquierda y me deja ver todo su glorioso trasero.
—Vamos a deshacernos de esto —susurro, y paso un dedo por su piel, sobre la goma de las bragas.
Me arrodillo y se las bajo despacio por las piernas hasta quitárselas por encima de los zapatos. Las tiro al suelo, le agarro el culo con ambas manos y aprieto.
—Está usted imponente desde este ángulo, señorita Steele —susurro, y le beso una nalga.
Ella se retuerce, tal como esperaba, y ya no puedo resistirme más. Le doy un azote, fuerte, así que suelta un gritito y entonces deslizo un dedo en su interior. Su gemido es potente. Tensa el cuerpo y empuja hacia mi mano.
Lo desea.
Está mojada.
Muy mojada.
Ana. Nunca decepcionas.
Vuelvo a besarle el trasero y me pongo de pie sin dejar de mover el dedo en su interior. Fuera. Dentro. Fuera.
—Las piernas. Sepáralas —ordeno mientras le acaricio el culo. Ella mueve los pies—. Más.
Los arrastra hacia los lados hasta que me doy por satisfecho.
Perfecto.
—Aguanta ahí, cariño. —Retiro la mano y, con un cuidado infinito, me introduzco despacio en su interior.
Ella gime.
Joder. Esto es el cielo.
Le pongo una mano en la espalda y con la otra me agarro al borde de la encimera. No quiero hacernos caer a ambos.
—Aguanta —digo otra vez, y salgo para luego empotrarla bien.
—¡Ah! —grita.
—¿Demasiado fuerte?
—No. ¡Sigue! —gimotea.
Y sus deseos son órdenes. Empiezo a follármela. Duro. Cada embestida… cada empujón… me aleja de todo, de todos mis conflictos, de todas mis preocupaciones. Solo existe Ana. Mi chica. Mi amante. Mi luz.
Ana grita. Una, dos, tres veces. Está suplicando más. Y yo no paro, la llevo conmigo. Cada vez más alto. Más y más, hasta que grita una versión ahogada y potente de mi nombre. Y se corre, una y otra vez, con la fuerza de una marea viva.
—¡Ana! —exclamo, y me uno a su éxtasis.
Me desplomo sobre ella, luego me dejo caer al suelo arrastrándola conmigo y la mezo en mis brazos. Le beso los párpados, la nariz, la boca, y ella me rodea el cuello con los brazos.
—¿Qué te ha parecido la opción uno? —pregunto.
—Mmm… —susurra con una sonrisa aturdida.
Sonrío.
—Yo igual.
—Querría un poco más.
—¿Más? Joder, Ana.
Me da un beso en el pecho, donde tengo la camisa abierta, y entonces reparo en que todavía estoy vestido.
—Probemos en la cama esta vez —susurro contra su pelo.
Ana gime.
—¡Por favor!
Tiene las manos atadas a los barrotes del cabecero de la cama por obra y gracia del cinturón de su bata. Está desnuda, tiene los pezones erguidos y duros, y apuntan al cielo por obra y gracia de mis labios y mi lengua. Sostengo sus pies con una mano por encima de la cama y cerca de su trasero, de manera que tiene las piernas en jarras mientras intenta liberarse. Meto y saco el índice en su sexo, despacio, mientras con el pulgar le acaricio el clítoris en círculos.
No puede moverse.
—¿Qué tal? —pregunto.
—¡Por favor! —Tiene la voz ronca.
—¿Te gusta que te provoque?
—Sí —gime.
—¿Te gusta provocarme?
—Sí.
—A mí también. —Detengo el pulgar y dejo la mano quieta con el dedo todavía dentro de ella.
—¡Christian! ¡No pares!
—Donde las dan las toman, Anastasia. —Se muere por empujar las caderas hacia mi mano para poder correrse—. Quieta —susurro—. Estate quieta.
Tiene la boca abierta sin fuerza, sus ojos oscuros rebosan lujuria, ansia y todo lo que un hombre podría desear.
—Por favor —suplica casi sin voz, y ya no soy capaz de seguir torturándola.
Libero sus pies y retiro la mano. Le agarro una rodilla y recorro su muslo con la nariz y los labios hasta llegar a mi objetivo final.
—¡Ah! —grita cuando hago girar la lengua sobre su clítoris turgente.
Le meto dos dedos dentro, empujo una, dos veces, y ella profiere un grito embravecido en un orgasmo que me arrastra consigo. Le beso el vientre, la tripa, entre los pechos, y entonces me hundo despacio en ella, justo cuando su clímax empieza a decrecer.
—Te quiero, Ana —susurro, y empiezo a moverme en su interior.
Ana duerme apaciblemente a mi lado mientras, por encima de nosotros, el cinturón de su bata sigue atado a los barrotes de la cama. Sopeso la idea de despertarla y someterla una tercera vez a mis caprichos, maravillado de desear más aún. ¿Me cansaré algún día de Anastasia Steele? Pero le hace falta dormir. Mañana saldremos a navegar. Solos ella y yo, y el Grace. Necesitará toda la energía posible para ayudarme a bordo. Estaremos lejos de todo durante tres días enteros, disfrutando de nuestra propia celebración del Cuatro de Julio particular, y tengo la esperanza de poder relajarme al fin, al menos durante unos días.
Mis pensamientos empiezan a girar en torno a mi padre y su disculpa sorpresa, los menús y las figuritas, el accidente y el saboteador desconocido. Espero que Reynolds y Ryan estén bien ahí fuera. Están montando guardia.
Ana está a salvo.
Los dos estamos a salvo.

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