Enfermo de amor de Steffi Hernández

Enfermo de amor de Steffi Hernández

Capítulo 1 No me arrepentiré de esto

El calor del cuerpo de aquel hombre la rodeó desde atrás, al mismo tiempo que acercaba el aliento a su oído:
—¿Esta es tu primera vez? —le susurró él.
La atmósfera desconocida que se formaba cerca de su oreja la hizo sentir que un escalofrío recorría su columna, pero aun así, no se atrevió a hacer ningún sonido.
Lin Xinyan pudo sentir que el hombre se detuvo por un momento y luego, escuchó de nuevo su voz diciendo:
—Todavía puedes decir que no, si no quieres hacerlo.
—No me arrepentiré de esto… —dijo sacudiendo la cabeza y apretando las palmas con nerviosismo.
Tenía 18 años, se suponía que esos serían los años más maravillosos de su juventud, pero…
«¡Duele!»
El insoportable dolor la hizo temblar mientras se encontraba en los brazos del hombre. Se mordió el labio inferior. Se guardó para sí misma la única dignidad que le quedaba y permaneció en silencio todo el tiempo. Aquella era su primera experiencia sexual. Estaba nerviosa y temerosa de ese hombre, pero al mismo tiempo, podía sentir su increíble musculatura y fuerte complexión; no parecía fatigarse y continuaba dominándole el cuerpo, satisfaciendo su lujuria en aquella larga y miserable noche.
Una vez que terminó, el hombre se puso de pie y entró en el baño. Exhausta, Lin Xinyan se levantó de la cama, se vistió de nuevo y salió de la habitación. En el recibidor del hotel, había una mujer de mediana edad, era con quien había cerrado el trato; cuando vio que Lin Xinyan iba de salida, le entregó una bolsa plástica negra y murmuró:
—Tu recompensa.
Lin Xinyan tomó la bolsa y se apresuró a salir del hotel con el dinero. Hizo lo posible por llegar al hospital en el menor tiempo posible, sin prestarle atención al dolor que sentía en el abdomen.
El pasillo estaba silencioso antes del amanecer. Había dos camillas desplegadas afuera del quirófano listas para usarse; sin embargo, eso no era posible debido a que aún no se había hecho el pago pertinente. Cuando Lin Xinyan vio esto, se sintió devastada y comenzó a sollozar.
—¡Tengo el dinero! ¡Tengo el dinero! Por favor, salve a mi madre y a mi hermano…
Mientras decía esto, le entregó a toda prisa el dinero al doctor, quien hizo que la enfermera contara el dinero y luego, le ordenó al personal que llevaran a la madre de Lin Xinyan al quirófano y la prepararan para cirugía. Ella vio que no hacían lo mismo con su hermano; entonces, comenzó a rogarle al doctor:
—Por favor, salve también a mi hermano.
—Lo siento, es demasiado tarde, ya no hay nada que podamos hacer por él —respondió el doctor con el corazón abatido.
«¿Demasiado tarde?»
Aquella verdad golpeó a Lin Xinyan como un mazo que hacía trizas de manera brutal toda esperanza que tenía. El dolor era tan intolerable, que lo sintió como si la hubieran apuñalado en el pecho con un cuchillo y, al mismo tiempo, los cólicos y espasmos la debilitaban, imposibilitándola a permanecer de pie.
Ocho años atrás, cuando ella tenía diez, su padre había tenido un amorío y las dejó a ella y a su madre, quien estaba embarazada. Las envió al extranjero, a un lugar que les resultaba extraño por completo. Después de eso, nació su hermano; tres años más tarde, lo diagnosticaron con autismo, lo cual causó más adversidades de las que ya tenían debido a su ajustada situación financiera, por lo que ella y su madre tuvieron muchos trabajos de medio tiempo para poder sobrevivir.
Cuando ocurrió el accidente de una manera tan súbita que sintió una profunda desesperanza, pues no tenía familiares con quien contar, dinero, ni el apoyo de la fría y despiadada sociedad. Por ende, como último recurso, vendió su cuerpo. No obstante, no pudo hacer que su hermano reviviera. Se sentía miserable, pero todavía no se había perdido a sí misma.
La vida era cruel, pero debía enfrentar todo aquello con una sonrisa en el rostro, pues tenía una madre quien cuidar y que la necesitaba.
Después de haber recibido el tratamiento, su madre comenzó a recuperarse poco a poco, pero se le rompió el corazón cuando supo que su hijo había fallecido.
—Aquí estoy, mamá. Por favor, sé fuerte y vive —dijo Lin Xinyan mientras lloraba y abrazaba a su madre.
Durante todo un mes estando en el hospital, Zhuang Zijin siempre se sentaba junto a la cama en un estado de aturdimiento diario. Lin Xinyan sabía que extrañaba a su hijo y, que de no haber hecho nada, su madre también habría muerto.
Lin Xinyan había sido expulsada de la escuela a causa de la gran ausencia que tuvo por cuidar a su madre, quien por fortuna mejoraba día con día.
Al llevar algo de comida al hospital y justo cuando estaba a punto de abrir la puerta de la sala, escuchó en el interior una voz que le resultaba familiar. Aunque habían pasado ocho años, aún podía recordar la mirada que tenía su padre cuando obligó a su madre a que se divorciaran. Nunca más regresó a verlas después de enviarlas allí, por lo tanto, su repentina aparición las dejó desconcertadas a ambas.
—Zijin, alguna vez fuiste muy cercana a la señora de la familia Zong, y estuviste de acuerdo con arreglar un matrimonio. Según esa promesa, tu hija debería casarse con un miembro de esa familia.
—¿A qué te refieres, Lin Guoan?
Zhuang Zijin tenía inmensas ganas de golpearlo con su debilitado cuerpo que aún se recuperaba de las heridas. «¡Es tan inhumano de su parte que quiera hacerle eso a su hija!»
Él nunca se había preocupado por ellas después de haberlas enviado a aquel lugar olvidado por Dios, y ahora, allí estaba para llevarse a su hija para casarla con el hijo de la señora Zong.
—El señor Zhishen es el hijo de tu mejor amiga, es atractivo y su familia es pudiente —dijo, suavizando su voz al hablar—. Si Lin Xinyan se casa con él, en definitiva, tendría una vida más fácil.
El señor Zhishen era un hombre virtuoso y atractivo; sin embargo, hacía un mes, lo había mordido una serpiente venenosa cuando estaba en un viaje de negocios en el extranjero. Aquel accidente había paralizado su sistema nervioso, dejándolo discapacitado e impotente. Una vez que se casara con él, sería infeliz.
—Me casaré con él.—Lin Xinyan abrió la puerta y dijo—: Me casaré con él, pero con una condición.
Lin Guoan se quedó perplejo cuando vio a Lin Xinyan. Ella tenía tan solo diez años cuando la vio por última vez. Ahora que ya había crecido, tenía una hermosa y blanca piel, pero aun así, se veía muy delgada y no muy desarrollada en cuanto a su físico. Él tenía otra hija adorable en la familia, y Lin Xinyan no era lo suficientemente hermosa, pero sería razonable que se casara con alguien impotente con esa apariencia. Pensar en esto hizo sentir mejor a Lin Guoan.
—¿Cuáles son tus condiciones? —preguntó él.
—Quiero que mi madre y yo regresemos a casa. Y también es necesario que le devuelvas lo que le pertenece por derecho. Solo bajo esas condiciones me casaré con él —dijo Lin Xinyan mientras recuperaba la calma.
Aunque no estaba en su país natal, durante su infancia había escuchado mucho acerca de los grandes éxitos y la destacable riqueza de la familia Zong. Lin Xinyan pensó que la oferta era demasiado buena para ser verdad, puesto que el señor Zhishen podría ser un hombre muy feo y con defectos de nacimiento. Aun así, esa era una buena oportunidad para que pudieran ir a casa y con eso, ella podría reclamar la dote que su madre había llevado consigo cuando se casó con su padre.
—Yanyan…
Zhuang Zijin trató de advertirle que el matrimonio era un asunto serio, ya que no quería que su hija se arriesgara con la persona incorrecta después de todas las adversidades a las que se habían enfrentado.
Preocupado porque Zhuang Zijin pudiera persuadir a su hija de negarse a la propuesta de matrimonio, Lin Guoan dijo deprisa:
—Bien, pueden regresar a casa, siempre y cuando prometas casarte con él.
—¿Qué hay de la dote de mi madre? —preguntó ella con un tono falto de emoción.
Cuando Zhuang Zijin se casó con Lin Guoan, había llevado consigo una cantidad considerable de dote, por lo cual, a él le resultaría muy difícil devolverla.
—Papá, supongo que mi hermana menor es muy bonita. Por eso, ella merece una vida mejor, sería una condena para ella si se casa con un hombre impotente. Además, tú y mi madre están divorciados, lo que significa que debes devolverle todo lo que ella le aportó a la familia.
Lin Guoan apartó la mirada de manera tímida, preguntándose cómo sabía ella que el señor Zhishen era impotente si había estado viviendo en el extranjero todos esos años. Pero lo que él no sabía, era que Lin Xinyan solo estaba suponiendo.
—Lo devolveré una vez que te hayas casado con él —dijo él a regañadientes.
«¿Por qué mi hija menor se casaría con un hombre impotente, siendo ella tan bonita?»
Ser impotente no era muy distinto a ser un inútil, sin importar lo distinguido que fuera un hombre. Lin Guoan tuvo una sensación de alivio al pensar eso, pero ahora odiaba aún más a Lin Xinyan por haberlo estafado.
—¡Eso es muy grosero de tu parte!—dijo Lin Guoan mientras miraba a la joven mujer y hacía una expresión burlona—. ¡Veo que tu madre no ha hecho un buen trabajo al educarte!
Lin Xinyan pensaba que eso también le debió haber correspondido a él; la había dejado en aquel lugar, y desde entonces, no se había preocupado por ella. Sin embargo, sabía que no debía hablar de eso, pues no tenía ninguna ventaja para negociar con él; por lo tanto, molestarlo no sería una jugada inteligente.
—Prepárate, nos vamos mañana.
Lin Guoan sacó los brazos de su chaleco y salió de la sala.

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