Hay momentos que deberían ser eternos de Megan Maxwell

Hay momentos que deberían ser eternos de Megan Maxwell

Para todas las Guerreras y Guerreros.
Nunca debemos olvidar que en la vida hay veces en las que se gana y otras en las que se aprende.
Que la presión no nos hunde, sino que nos enseña quiénes somos.
Que un capítulo malo no es el final de la historia, y que la vida consiste en insistir, resistir, vivir y nunca desistir.
Un besote muy grande ¡y a por todas!
Megan

Hola, Guerreras/os:

Como ya hice en ¿A qué estás esperando?, quiero comentaros de nuevo aquí por qué no menciono el covid-19 en esta historia, que está ambientada en el año 2021.

Sinceramente, hemos oído las palabras pandemia y covid-19 tantas y tantas veces en los últimos tiempos que creo que casi se agradece no leerlas en una novela.

Asimismo, decidí que el coronavirus no tuviera cabida en la historia para que sus personajes pudieran tener una vida en la que salieran y entraran de sus casas sin toques de queda, viajaran sin miedo, fueran a fiestas con amigos, besaran, abrazaran, etcétera, etcétera (justamente lo que ahora mismo nosotros no podemos hacer, vamos, aunque estoy convencida de que volveremos a disfrutar de ello).

Dicho esto, reitero mi pésame a todas las personas que han perdido a un ser querido en este tiempo. Os mando un beso muy fuerte.

Y, por supuesto, no puedo dejar de dar las gracias a TODAS las personas anónimas y profesionales que siguen estando al pie del cañón todos los días para protegernos, ayudarnos y cuidarnos.

GRACIAS…, GRACIAS… Y MIL VECES GRACIAS. Sigo creyendo que sois nuestros héroes y nuestras heroínas, aunque todavía haya gente con muy poquita conciencia y que no es capaz de entender la
realidad que estamos viviendo.

Está claro que todos queremos que esta maldita pandemia acabe para poder retomar nuestras vidas y, con ello, poder salir de casa, ir de fiesta, viajar, abrazar o besar, entre un millón de cosas más, pero para que eso ocurra hemos de remar todos hacia el mismo lado, o está claro que el barco tardará en llegar al puerto que deseamos.

En cuanto a la enfermedad de la que hablo en la novela, nunca se sabe y todo puede pasar, por lo que me he tomado ciertas licencias.

Un beso muy grande,

Megan

Capítulo 1

—¡Vivan los novios!
Me río. No lo puedo remediar.
Estoy en la boda de mi prima Guadalupe y, la verdad, está siendo una fiesta muy muy divertida. No paro de bailar con mi hermano Adrián y su novia Danica, mientras que a pocos pasos está mi otro hermano, Héctor, bailoteando con nuestras sobrinas Caro y Marta.
Sonriendo, diviso a mi padre haciendo lo propio con mi madre.
¡Hay que ver lo bailongo que es! Sin duda, Adrián, Héctor y yo hemos salido a él.
Al otro lado veo a mi hermana Teresa, alias la Tipitesa, que, como siempre, parece que ha chupado un limón. Para ella la familia de mi padre es vulgar; para mí, en cambio, es increíble.
Para la Tipitesa todo aquel que no tenga más de seis ceros en la cuenta del banco no está a su altura. Y, claro, la familia de mi padre tiene un nivel adquisitivo normal tirando a bajo. No como la de mi madre, que por suerte para nosotros siempre ha nadado en dinero.
Agotada de tanto bailar, decido ir a una de las mesas a coger un refresco. A continuación me acerco a mi madre, que habla con mi hermana, y, según llego, lo primero que oigo es:
—Qué horror de vestido el de Guadalupe.
—Teresita, ¡calla! —cuchichea mi madre.
—No le habrá costado más de cien euros —añade mi hermana.
—Te equivocas. Le ha costado bastante más —afirmo.
Joder, he hablado con mi prima y sé el tremendo esfuerzo que ha hecho para comprarse el precioso vestido de novia, pero ella insiste:
—Lo dudo. Es vulgar y corriente.
—Teresita, no empecemos —la regaña mi madre.
Para mi hermana es habitual oír eso; su clasismo es tremendo.
Para ella todo es dinero, dinero y más dinero, y cuando voy a intervenir de nuevo oigo que dice:
—Es imposible comparar esa iglesucha donde se ha casado con Los Jerónimos, donde me casé yo, y este salón con el de El Pardo, donde celebré yo el banquete.
Mi madre me mira. Sabe lo que pienso y se teme lo peor. Y, antes de que conteste, soy yo la que dice:
—Por suerte, no a todos nos apetece casarnos en Los Jerónimos ni celebrarlo en El Pardo.
Mi hermana me mira y hace una mueca de disgusto.
—Querida —replica—, no es una cuestión de apetencia, sino de poder.
Bueno…, bueno…, bueno… Por mi madre voy a contar hasta veinte, porque como cuente hasta diez le voy a decir cuatro cositas.
Permanecemos en un silencio incómodo hasta que llega mi sobrina Marta y exclama cogiéndome de la mano:
—¡Tía, baila conmigo! ¡Es Bruno!
Me río. Por los altavoces del local suena la canción 24K Magic de mi amado Bruno Mars.
Rápidamente me olvido de la tonta de mi hermana y siento que, según me alejo, mi madre respira aliviada. Pobrecita.
Adrián, Héctor, Danica y yo bailamos con Caro y Marta. Adoramos a nuestras sobrinas. Son divertidas, simpáticas y graciosas, a pesar del coñazo de madre que les ha tocado. Espero que no cambien.
Es una pena admitirlo, pero Teresa, aun siendo la pequeña de los cuatro hermanos, además de ser más rara que un perro verde siempre se ha creído superior a todos nosotros.
¿Por qué?… ¡A saber!
Afortunadamente provenimos de una familia bastante acomodada gracias a que mi abuela Ágata se enamoró y se casó con mi abuelo Enrique, un niño de la alta burguesía, y fue una gran emprendedora.
La abuela fue una mujer adelantada a su época, a la que le importaba bien poco el qué dirán. ¡Menuda mala leche se gastaba! Por eso dicen que me parezco a ella, por lo de emprendedora, por mi lengua algo suelta y por lo poco convencional que soy.
Mis padres se conocieron durante unas vacaciones en Palma de Mallorca. Mi padre nació allí y trabajaba como camarero en el hotel donde ellos se alojaban. Siempre que recuerdan cómo se conocieron nos hacen sonreír a todos. Mi madre cayó a la piscina del hotel llevando un vestido largo, este se le enredó en las piernas y, si no llega a ser porque mi padre se tiró a por ella, según mi madre se habría ahogado.
A partir de ese día no podían dejar de mirarse, hasta que él se armó de valor y la invitó a dar un paseo. Sin dudarlo, mi madre accedió y ahí comenzó su historia. Una historia que mis abuelos aceptaron sin importarles la humilde procedencia de mi padre.
Tres años después se casaron y mi padre se trasladó a vivir a Madrid.
Con los años, tras la muerte de mi abuelo, mis padres y mi abuela Ágata pasaron a ser los dueños de la cadena de doce supermercados que mis abuelos fundaron y que estaban repartidos por toda la Comunidad de Madrid. Eso, la posición en la alta burguesía que nos dejó mi abuelo y su dinero, siempre ha sido lo que nos ha permitido vivir holgadamente. Vamos, que nunca nos ha faltado de nada.
Pero para Teresa, todo lo que hemos tenido siempre ha sido poco y, ansiando más dinero y poder, buscó y rebuscó hasta que, siendo casi una niña, se casó con Fran. ¡Pobre, la que le cayó!
Además de poseer el título de marqués de Corondo, que le viene de familia, Fran es un prestigioso abogado internacional al que le sale el dinero por las orejas y, al mismo tiempo, es un hombre bonachón, familiar y amable. A veces me pregunto si tiene sangre en las venas porque, la verdad, aguantar el egoísmo y la intransigencia de mi hermana a diario debe de ser insoportable.
Teresa es de las que se suponen únicas, divinas y estilosas, y por ser marquesa y tener dinero se cree más que nadie. Sin embargo, lo peor es que pretende que todos le rindamos pleitesía como si de una reina se tratara. Y no, querida, no. Por ahí yo no paso, ni tampoco mis hermanos, y, claro, siempre andamos a la gresca, para pena de mis padres. Especialmente de mi madre.
Estamos bailando con Marta cuando ponen la canción Paquito el Chocolatero. Ni que decir tiene que mis dos hermanos, las dos niñas, Danica y yo nos reímos a carcajadas mientras hacemos el bailecito y gritamos como si no hubiera un mañana junto a mi prima Guadalupe y el que ahora ya es su marido.
¡Viva el pachangueo!
Como es de esperar, Teresa nos mira horrorizada. Para ella, esto que hacemos es una vulgaridad y una ordinariez. Llama a sus hijas, pero estas no le hacen ni caso. Normal…, ¡se están divirtiendo!
Estoy riendo a carcajadas cuando mi madre se nos acerca y musita asiéndome del brazo:
—Eva, cielo. Ven, que te presento al hijo del primo de tu padre, Sebas.
Mis hermanos me miran y se ríen mientras yo maldigo.
¡Ya está mi madre buscándome apaño, como ella dice! ¡Joder, con lo bien que estoy sola y soltera! Anda que no me lo monto yo estupendamente con mis churris ocasionales.
Pero, queriendo ser una buena hija, camino junto a ella con una sonrisa y enseguida me veo sumergida en una marabunta de gente a la que apenas conozco y que solo veo en bodas y entierros.
¡Divertidísimo!
Me presentan a Eugenio, el hijo de Sebas, que además de feo y anticuado rondará los cincuenta. Que, oye, no pasa nada porque tenga esa edad. Yo tampoco soy una niña. Algunos de los hombres con los que quedo la tienen, pero hay cincuentones y cincuentañeros.
Y yo, si puedo elegir, prefiero a los cincuentañeros.
Cuando nos dejan a solas para que hablemos, siento deseos de salir corriendo. Qué pereza me da el tal Eugenio… No obstante, comportándome con la educación que se espera de mí, aguanto el tipo. Permanecemos en silencio durante un rato. Conversador sin duda no lo es, y cuando no puedo más, pregunto:
—¿Quieres bailar?
—No bailo.
Vale, la primera en la frente… Aun así, insisto:
—¿Te apetece beber algo?
Él rápidamente niega con la cabeza e indica enseñándome su vaso:
—Ya estoy bebiendo.
Pero si tiene el vaso vacío… Cincuentón, tonto, lelo, aburrido y soso. He aquí mi veredicto.
Sin embargo, intentando salvar el tipo, echo mano de mi buen humor para no dejar mal a mi madre ante el alelado del hijo del primo de mi padre, ¡pero, joder!, lo que me está costando…
Al final, cansada del esfuerzo titánico que estoy haciendo, decido dar por concluida la complicada misión.
—Te dejo —digo de pronto—. Mi hermano Adrián me llama.
Un placer, Eugenio.
Y, sin más, e ignorando la cara de «Eva María, ¿adónde vas?» de mi madre, corro junto a mi hermano, su novia y Marta y continúo con el pachangueo.
¡Estoy de fiesta!
Un buen rato después, cuando decidimos parar de bailar para beber algo, nos acercamos hasta mi padre, que está con mi hermana y mi cuñado. Caro, mi otra sobrina, se une a nosotros y mi padre pregunta:
—¿Dónde está Héctor?
Miro a mi alrededor y no lo veo, y mi queridísima hermana suelta:
—Liándola, ¡seguro!
¡La madre que la parió!
Somos cuatro hermanos, a cuál más diferente, y yo soy la mayor, con cuarenta y tres años. Me siguen Adrián y Héctor, que son mellizos y tienen cuarenta y dos, y por último está Teresa, de treinta
y seis.
Mis padres nos han dado a los cuatro la misma educación. Mismo colegio. Mismos profesores, pero está visto que la personalidad a cada uno ya le viene de serie.
En mi caso, tras acabar la carrera de Empresariales decidí invertir un dinerillo que tenía gracias a mi abuela en comprar un pequeño hotelito en Ibiza y mudarme allí. ¡Mi locura de juventud!
Una vez que lo reformé, sin saber cómo, se convirtió en el hotel de moda de la isla, y todo fue tan bien que en tres años compré otro y ahora soy la dueña de dos preciosos hotelitos en Ibiza. No obstante, mi pasión siempre ha sido la cocina. Me encantaba trastear en las cocinas de mis locales; finalmente me apunté a una academia y, hoy por hoy, además de ser la dueña de dos hoteles, tengo dos restaurantes, uno en Madrid y otro en Ibiza. Se puede decir que soy una mujer emprendedora.
Según la tonta de mi hermana, soy la hippie, loca y descerebrada que se fue a vivir a Ibiza, que le gusta arriesgar, ser independiente, que nunca se ha casado y se acuesta con quien le viene en gana. Lo de empresaria y emprendedora nunca lo menciona. Mi madre y ella piensan que, por ser la mayor de los hermanos, debería estar más centrada, y aunque yo me encuentro centradísima en mi vida, para ellas no es así. Pero bueno, eso dejó de quitarme el sueño hace tiempo.
Adrián se sacó la carrera de Periodismo, aunque su pasión siempre fueron las motos y llegó a ser un excelente piloto de MotoGP durante años. Todo el mundo lo conocía con el seudónimo de Adrigar, por Adrián García. Pero su trayectoria como piloto se jorobó durante una carrera en Francia en la que estuvo a punto de matarse. Esa caída lo alejó de los circuitos, pero no de las motos, y hoy por hoy es un reputado comentarista deportivo que vive como le da la gana y viaja por todo el mundo.
Héctor, al que llamamos cariñosamente el Bujías, siempre fue mal estudiante. Obligado por mis padres, comenzó a estudiar la carrera de Derecho, pero al segundo año el derecho se le torció y decidió dejarlo para ponerse a trabajar en un taller de mecánica.
Siempre le había encantado enredar con los motores. Con el tiempo se unió al equipo de MotoGP de Adrián y llegó a convertirse en el jefe de los mecánicos. No obstante, por esa época conoció a una inglesa llamada Janet, se enamoró de ella hasta las trancas y, cuando esta murió en dos meses por un cáncer de colon fulminante, Héctor se hundió y comenzó a beber. Y, bueno, todo empeoró un año después cuando Adrián tuvo el accidente que a punto estuvo de costarle la vida y posteriormente se supo que fue por un tema mecánico que, bien revisado, podría haberse evitado. Héctor fue despedido y se sintió tan culpable por aquello que se agravó su problema con la bebida.
Y por último está Teresa, a la que llamamos la Tipitesa por la cancioncita, y mira tú por dónde, ¡también terminó siendo marquesa!
Cosas graciosas de la vida… Teresa estudió Bellas Artes, pero su objetivo siempre fue encontrar un marido con título y con mucho dinero para vivir como una reina. En este caso vive como la marquesa de Corondo, con sirvienta en casa y todo…, la pobre Lola, que no sé cómo la aguanta. Conoció a mi pobre cuñado en la universidad, lo cazó y a los veinte años se casaron. ¡Para flipar!
Estoy pensando en todo ello cuando oigo que Adrián dice:
—Héctor se ha ido hace rato.
De inmediato, todos lo miramos, y él cuchichea:
—Se ha ido con una chica.
«¡Pobre muchacha!», pienso, y entonces mi padre pregunta:
—¿Tu hermano estaba bien?
Me duele oír eso. Sabemos por qué lo dice, y Adrián, consciente de cuánto sufre mi padre con el tema, afirma:
—Sí, papá. Estaba bien. Tranquilo.
En silencio, nos miramos preocupados. Héctor todavía bebe demasiado.
—Eva María… —oigo entonces que dice mi madre.
Uf… Malo…, malo. Solo me llama por mi nombre completo cuando está molesta por algo.
—¿Se puede saber por qué no estás charlando con Eugenio?—pregunta.
En cuanto oigo eso, me río y musito:
—Mamá, por Dios, pero si parece mi abuelo.
Adrián se ríe, mi padre también, y ella insiste:
—Eva María, es un hombre acorde con tu edad. Tú tampoco eres una niña.
—Mamá, por favor…
Pero mi madre es mi madre, y continúa:
—El primo Sebas nos ha dicho a tu padre y a mí que Eugenio vive en Belgrado. Está soltero, es licenciado en Económicas y además…
—Mamá —la corto, e intentando ser suavecita indico—: Eugenio no es mi tipo.
Adrián vuelve a reírse, yo también, pero oigo decir a la ácida de mi hermana:
—Mamá, a Eva le van los que están recién salidos del jardín de infancia.
¡Joder, ya estamos!
Lo dice porque una vez me vio cenando con un amigo suyo de la facultad. Se llamaba Jesús y tenía diez años menos que yo. ¿Y qué? ¿Acaso los hombres pueden salir con mujeres más jóvenes y las mujeres no? Mi hermana, aun siendo más joven que yo, es una anticuada. Mientras yo vivo en el siglo xxi y defiendo mis derechos como mujer independiente y trabajadora, ella se empeña en vivir como en la Edad Media.
La verdad, al final mis hermanos van a tener razón. Teresa se comporta así conmigo porque me tiene envidia por mi manera de vivir. Lleva casada tanto tiempo y está tan amargada que ver que triunfo en los negocios, que voy y vengo y salgo y entro con quien quiero y cuando quiero la hace rabiar.
Mirando a mi hermana, sonrío. La joroba muchísimo ver mi sonrisa, y musito divertida:
—A mí dámelos jovencitos. ¡Soy feliz!
Adrián y mi padre se ríen. Sé que están conmigo. Mi madre menea la cabeza contrariada, y la agria de mi hermana murmura:
—No te soporto.
—Teresita, no empecemos —la reprende mi madre con cariño.
Pero Teresita, al ver que sigo sonriendo, a pesar de las ganas que tengo de arrancarle la cabeza, insiste mirándome:
—Creo que Eugenio es demasiado para alguien como tú.
—Dijo la experta —me mofo.
—Wooooo, ¡pelea de gatas! —Adrián ríe.
Asiento mientras sigo sonriendo. Lo de mi hermana no tiene nombre.
—Me la como si me pongo —cuchicheo.
Adrián se ríe, mi padre también, y la Tipitesa contraataca de mala baba:
—Y que conste que no lo digo con maldad.
¡La madre que la parió!
Si algo no me falta son hombres. No soy una modelazo ni una mujer que para el tráfico, pero, vamos, tengo mi público, y sonriendo con la misma falsedad que ella respondo:
—¿Maldad? Por favor, ¡si tú no sabes qué es eso, ¿no?!
Mis padres se miran. Si seguimos por ahí, montaremos el circo en cinco segundos.
—Asúmelo, Eva —replica mi hermana—. Tienes cuarenta y tres años y el trasero se te empieza a caer. ¿Quién se fija ya en ti?
—¡Teresita! —la regaña mi madre.
Bueno…, bueno…, bueno…, lo de mi hermana es de escándalo.
Ella siempre ha sido la guapa y yo la simpática. Algo que, la verdad, ¡nunca me ha quitado el sueño! Adrián me coge de la mano para pedirme tranquilidad, porque cuando a mí se me suelta la lengua
soy puro veneno.
—Teresa, eso que has dicho no me gusta nada. Pídele perdón a tu hermana.
—Pero, papá…
—Déjalo, papá —suelto tras respirar hondo. Y, clavando la mirada en esa que cada vez tengo más claro que nació para ser una mosca cojonera, contengo las ganas que siento de revolcarla por el suelo y siseo—: Si no te callas y sigues por ese camino tan pantanoso, te aseguro que a la que se le van a caer los dientes va a ser a ti.
Uno a uno.
—¡Eva María! —protesta mi madre.
—¡Qué ordinaria eres! —afirma Teresa.
—¡Teresita! —vuelve a gruñir mi madre.
—¡Y tú, qué desagradable! —insisto con mala baba.
—¡Qué bonitas son las bodas, ¿verdad?! —se mofa Adrián mirando a su novia Danica, que ni pestañea de la tensión que estamos creando.
Mi padre, viendo la que se avecina, rápidamente coge a mis sobrinas Marta y Caro, las hijas de Teresa, y las saca a bailar. Entonces yo, viendo vía libre por ese lado, añado mirando a la Tipitesa:
—¿Sabes, pedazo de imbécil? Puede que el culo se me empiece a caer, pero aun así, ¡te jodes!, que lo sigo teniendo mejor que tú sin necesidad de tantas sentadillas como haces al día.
—¡Eva María! —protesta mi madre.
Eso provoca mi risa, la de mi cuñado Fran y la de Adrián. Danica, su novia, disimula. Y mi hermanísima, enfadada, levanta el mentón da media vuelta y se marcha.
¡Menuda es ella!
Segundos después, Fran, el tonto de mi cuñado, porque, sí, de lo bueno que es, es tonto, tras un gesto de mi hermana que le exige que vaya con ella, se apresura a seguirla. Después, tras otro gesto, la sigue mi madre. ¡Faltaría más! Es su niña.
Mi hermano Adrián me mira divertido. Como yo, está acostumbrado a la lengua viperina de Teresa, y musita:
—No entiendo a Fran. Una de dos, o la Tipitesa es una fiera en la cama que lo tiene loco o ese tío verdaderamente no tiene personalidad.
Asiento, pero cuando veo el gesto incómodo de mi cuñado murmuro:
—El día que Fran explote, ¡verás!
De pronto comienza a sonar una canción que me gusta mucho.
Es Magic, de Kylie Minogue. Y, deseosa de seguir pasándomelo bien, sonrío mientras Adrián, asiéndonos de la mano a mí y a Danica, exclama:
—¡A bailar!
* * *
A las dos de la madrugada, Adrián, Danica y yo nos dirigimos hacia mi coche. La boda ha acabado y estamos molidos de tanto bailar.
Mis padres se han marchado en el coche de Fran y Teresa con las niñas, pues viven al lado, y mientras caminamos Adrián dice:
—La verdad, el apaño que te ha buscado mamá era…
No sigue, sino que comienza a reírse, y afirmo:
—Aburrido, coñazo, petardo, y seguro que le huelen los pies.
De nuevo nos carcajeamos, y a continuación Adrián pregunta mirándome:
—¿Te llamó Gabriel?
Asiento. Habla de un amigo suyo, comentarista deportivo como él. Un tipo guapo, pero altamente insoportable.
—Sí —respondo—. Pero paso. No lo aguanto. ¡Es un esnob!
Mi hermano se ríe. Yo también, e insiste:
—¿Sales con alguien ahora?
Niego con la cabeza. En mi vida no hay nadie fijo.
—¿No has vuelto a quedar con el informático que te presenté? —interviene Danica.
Pienso en Germán, ese pobre hombre…
—Quedamos dos veces y fue un auténtico tostón —digo—. Vamos, que hasta el sexo con él me resultó aburrido. ¡Con eso te lo digo todo!
—¡Qué exigente eres!
Sonrío al oír el comentario de mi hermano.
—No soy exigente —replico—, pero un tío que en las dos citas no para de hablarte de sus dolores de espalda y del uñero que tienen que operarle en el pie no me motiva nada, la verdad…
—Pero ¿tú realmente qué buscas en un hombre? —cuchichea Adrián.
Esa pregunta me hace gracia, y con sinceridad respondo:
—Lo imposible.
De nuevo rompemos a reír, y en ese momento llegamos hasta mi coche y me suena el teléfono. Es un número desconocido y, consciente de que del restaurante no puede ser y de mi familia tampoco porque estoy con ella, digo:
—Paso. No lo cojo.
Una vez que montamos en el coche, el móvil suena otra vez, y aunque yo no le hago caso, mi hermano Adrián dice tras ponerse el cinturón:
—Arranca. Yo contestaré.
Asiento. Termino de ponerme el cinturón mientras bromeo con Danica y cojo una gominola de una cajita que llevo en el coche.
Pero entonces veo que a mi hermano le cambia el gesto. ¡Malo!
Rápidamente su sonrisa se difumina. Intuyo lo que ocurre.
Y, en cuanto cuelga, me mira y yo pregunto tragándome la gominola:
—¿Héctor?
Él asiente.
—¿Está bien? ¿Qué pasa? —insisto acelerada.
Adrián vuelve a asentir.
—Está bien —dice—. Pero hemos de ir al club La Ambrosía a por él y pagar la cuenta de lo que ha consumido o llamarán a la poli.
Cierro los ojos. Me apoyo en el reposacabezas y me cago en todo lo que se menea. Siempre igual, Héctor no cambia.
—Estoy harta —suelto.
—Tranquila, Eva —susurra Danica.
—Estoy agotada. Esto es un sinvivir —insisto.
Adrián asiente. Me entiende. Él sufre como yo la adicción de nuestro hermano.
—¡Joder! —exclamo a continuación enfadada—. Hace dos días tuve que echarlo del restaurante porque robaba dinero de la caja.
—¡No jodas! —replica Adrián sorprendido.
—Me enfadé tanto con él que le dije que no me llamara más si volvía a meterse en un problema y…
—Pero lo hará una y mil veces —me corta Adrián—. Eres su hermana, y aunque discuta contigo, sabe que tú siempre estarás ahí para él.
Afirmo con la cabeza. Sé que tiene razón. Por mucho que haga Héctor, lo sigo adorando. Así pues, meto primera en silencio y nos dirigimos al club La Ambrosía.
Una vez allí, tras pagar la fiestorra que mi hermano se ha dado, cuando los cuatro salimos del local me planto delante de Héctor incapaz de callarme, pero Adrián interviene:
—Mejor dejémoslo estar. Es tarde —y mirando a mi hermano añade—: Tú te vienes conmigo y con Danica. No puedes ir a casa de papá y mamá en este estado.
Héctor, que está bastante perjudicado por la bebida, asiente sin decir nada. Luego me mira y suelto:
—Me tienes harta. ¡Muy harta!
Y, sin más, los cuatro nos montamos en el coche y conduzco hasta la casa de Adrián en silencio.
Al llegar se bajan, me despido de todos excepto de Héctor y a continuación me encamino hacia mi hogar. Por suerte, no vivimos lejos los unos de los otros, y en menos de veinte minutos ya estoy en casa y me tumbo a dormir. Estoy agotada.

 

SIGUIENTE

Leave a Reply

comment-avatar

*