Liberado («Cincuenta sombras» contada por Christian Grey 3) de E.L. James

Liberado («Cincuenta sombras» contada por Christian Grey 3) de E.L. James

Liberado («Cincuenta sombras» contada por Christian Grey 3) de E.L. James

Para Eva y Sue.
Gracias, gracias, gracias por todo lo que hacéis
Y para Catherine.
Hemos perdido a una mujer
Domingo, 19 de junio de 2011
Sumidos en un estado de absoluta felicidad poscoital, estamos tumbados bajo los farolillos de color rosa, las flores silvestres y las guirnaldas de luces que parpadean en el emparrado. Mientras se apacigua mi respiración, estrecho a Anastasia entre mis brazos. Desmadejada encima de mí, apoya la mejilla en mi pecho y la mano sobre mi acelerado corazón. La oscuridad se ha desvanecido, ahuyentada por mi atrapasueños particular… mi prometida. Mi amor. Mi luz.
¿Se puede ser más feliz de lo que lo soy yo ahora mismo?
Grabo la escena a fuego en mi memoria: la casita del embarcadero, el ritmo relajante del golpeteo del agua, las flores, las luces… Cierro los ojos y memorizo la sensación de tener a esta mujer en mis brazos, el peso de su cuerpo encima de mí, el lento movimiento de su espalda al compás de la respiración, sus piernas enredadas en las mías. El aroma de su pelo me inunda las fosas nasales y es un bálsamo que suaviza todos mis oscuros ángulos y mis aristas afiladas. Este es mi lugar feliz. El doctor Flynn se sentiría orgulloso. Esta hermosa mujer ha accedido a ser mía. En todos los sentidos. Otra vez.
—¿Y si nos casamos mañana? —le susurro al oído.
—Mmm. —El sonido en su garganta reverbera suavemente sobre mi piel.
—¿Eso es un sí?
—Mmm.
—¿O es un no?
—Mmm.
Sonrío. Está exhausta.
—Señorita Steele, ¿está siendo incoherente? —Percibo su sonrisa a modo de respuesta y estallo en risas de felicidad mientras la abrazo con más fuerza y la beso en el pelo—. En Las Vegas. Mañana. Está decidido.
Levanta la cabeza, con los ojos entrecerrados bajo la tenue luz de los farolillos… parece adormilada, aunque saciada a la vez.
—No creo que a mis padres les vaya a gustar mucho eso. —Baja la cabeza y recorro su espalda desnuda con las yemas de los dedos, disfrutando de la calidez de su piel suave.
—¿Qué es lo que quieres, Anastasia? ¿Las Vegas? ¿Una boda por todo lo alto? Lo que tú me digas.
—Una boda a lo grande no… Solo los amigos y la familia.
—Muy bien. ¿Dónde?
Se encoge de hombros y tengo la sensación de que no se lo ha planteado hasta ahora.
—¿Por qué no aquí? —pregunto.
—¿En casa de tus padres? ¿No les importará?
Me río. Grace estaría entusiasmada con la idea.
—A mi madre le daríamos una alegría. Estaría encantada.
—Bien, pues aquí. Seguro que mis padres también lo preferirán.
Y yo también.
Por una vez, los dos estamos de acuerdo. Sin discusión de por medio.
¿Es la primera vez?
Con delicadeza, le acaricio el pelo, un poco revuelto tras nuestro apasionado encuentro.
—Bien, ya tenemos el dónde. Ahora falta el cuándo.
—Deberías preguntarle a tu madre.
—Mmm. Le daré un mes como mucho. Te deseo demasiado para esperar ni un segundo más.
—Christian, pero si ya me tienes. Ya me has tenido durante algún tiempo. Pero me parece bien, un mes.
Me planta un beso suave en el pecho y agradezco que la oscuridad no aparezca. La presencia de Ana la mantiene a raya.
—Será mejor que volvamos; no quiero que Mia nos interrumpa, como la última vez.
Ana se ríe.
—Ay, sí. Aquella vez no nos pilló por los pelos. Mi primer polvo de castigo.
Me roza el mentón con la yema de los dedos y me doy la vuelta, rodando y arrastrándola conmigo hasta retenerla contra la alfombra de pelo.
—No me lo recuerdes. No fue uno de mis mejores momentos.
Arquea los labios en una sonrisa cohibida, con los ojos chispeantes de ironía.
—Como polvo de castigo, no estuvo del todo mal. Además, recuperé mis bragas.
—Eso es verdad. Merecida y limpiamente. —Riéndome al recordar la escena, le doy un beso rápido y me incorporo—. Vamos, ponte las bragas y volvamos a lo que queda de la fiesta.
Le subo la cremallera del vestido verde esmeralda y le echo mi chaqueta por encima de los hombros.
—¿Estás lista?
Entrelaza los dedos con los míos y caminamos hacia lo alto de las escaleras de la casita del embarcadero. Se detiene un momento y se vuelve para admirar nuestro refugio floral como si estuviera memorizando aquella imagen.
—¿Y qué pasa con todas estas luces y con las flores?
—Tranquila, mañana volverá la florista a recogerlo todo. La verdad es que han hecho un trabajo estupendo, y las flores irán a una residencia de ancianos local.
Me aprieta la mano.
—Eres una buena persona, Christian Grey.
Espero ser lo bastante bueno para ti.
Mi familia está en el estudio, abusando de la máquina de karaoke. Kate y Mia están bailando y cantando «We Are Family», con mis padres como público. Me parece que están un poco borrachas. Elliot está desparramado en el sofá, bebiendo cerveza y entonando la letra de la canción.
Kate ve a Ana y la llama para que se acerque al micrófono.
—¡Dios! —exclama Mia, sofocando la canción con su grito—. ¡Pero qué pedazo de pedrusco! —Coge la mano de Ana y emite un silbido—. Esta vez te has portado, Christian Grey.
Ana le sonríe con timidez mientras Kate y mi madre la rodean para examinar el anillo, lanzando las correspondientes exclamaciones de admiración. Noto cómo me voy hinchando de orgullo.
Sí. Le gusta. A ellas también les gusta.
Lo has hecho muy bien, Grey.
—Christian, ¿puedo hablar contigo? —me pregunta Carrick, levantándose del sofá y mirándome con gesto adusto.
¿Ahora?
Me dirige una mirada inflexible al tiempo que me indica con la mano que salgamos de la habitación.
—Mmm, sí, claro. —Miro a Grace, pero rehúye mi mirada deliberadamente.
¿Le habrá contado lo de Elena?
Mierda. Espero que no.
Lo sigo a su despacho y él me hace pasar y cierra la puerta a su espalda.
—Tu madre me lo ha contado —me suelta a bocajarro, sin preámbulo de ninguna clase.
Miro el reloj: son las 12.28. Es demasiado tarde para un sermón… en todos los sentidos.
—Papá, estoy cansado…
—No, no te vas a librar de esta conversación. —Me habla con voz severa y entorna los ojos para mirarme por encima de la montura de las gafas. Está enfadado. Muy muy enfadado.
—Papá…
—Calla, hijo. Ahora te toca escuchar.
Se sienta en el borde de la mesa, se quita las gafas y se pone a limpiarlas con el paño de gamuza que acaba de sacarse del bolsillo. Estoy allí de pie frente a él, como tantas otras veces, sintiéndome como cuando tenía catorce años y acababan de expulsarme del colegio… otra vez. Resignado, respiro profundamente y, lanzando el suspiro más ruidoso que soy capaz de emitir, apoyo las manos en las caderas y aguanto el chaparrón.
—Decir que me he llevado una decepción sería quedarme muy corto. Lo que hizo Elena es criminal…
—Papá…
—No, Christian. No tienes derecho a hablar ahora mismo. —Me fulmina con la mirada—. Esa mujer se merece que la encierren.
¡Papá!
Hace una pausa y vuelve a ponerse las gafas.
—Pero creo que lo que más me ha decepcionado ha sido el engaño. Cada vez que salías de esta casa diciéndonos una mentira, como que te ibas a estudiar con tus amigos, unos amigos a los que nunca llegábamos a conocer… en realidad te estabas tirando a esa mujer.
¡Mierda!
—¿Cómo voy a creerme nada de lo que nos has dicho hasta ahora? —continúa.
Joder… Esto es una exageración.
—¿Puedo hablar ya?
—No, no puedes. Por supuesto, asumo la culpa. Creía haberte inculcado algo parecido a unos principios morales y ahora me pregunto si en realidad he llegado a enseñarte algo.
—¿Es una pregunta retórica?
No me hace caso.
—Era una mujer casada y no lo respetaste, y pronto tú mismo serás un hombre casado…
—¡Esto no tiene nada que ver con Anastasia!
—No te atrevas a gritarme —dice con una inquina tan implícita que me silencia inmediatamente. No recuerdo haberlo visto nunca tan fuera de sí. Impresiona mucho—. Tiene todo que ver con ella. Estás a punto de contraer un enorme compromiso con una chica. —Su tono se dulcifica—. Ha sido una sorpresa para todos nosotros y me alegro muchísimo por ti, pero estamos hablando de la sagrada institución del matrimonio, y si no sientes respeto por esa institución, entonces no deberías casarte.
—Papá…
—Y si te tomas tan a la ligera los sagrados votos que vas a pronunciar dentro de poco, deberías pensar seriamente en firmar un acuerdo prematrimonial.
¿Qué? Levanto las manos para que no siga hablando. Ha ido demasiado lejos. Por el amor de Dios, soy un hombre adulto.
—No metas a Ana en esto. Ella no es ninguna cazafortunas.
—No lo digo por ella. —Se yergue y se dirige hacia mí—. Lo digo por ti: para que estés a la altura de tus responsabilidades, para que seas un ser humano honesto y digno de confianza. ¡Para que seas un buen marido!
—¡Papá, no me jodas! ¡Tenía quince años! —grito, el uno frente al otro, furiosos.
¿Por qué ha reaccionado así? Ya sé que siempre he sido una tremenda decepción para él, pero nunca me lo había dicho a la cara de una forma tan meridiana.
Cierra los ojos y se pellizca el puente de la nariz, y me doy cuenta de que, en momentos de estrés, yo hago exactamente lo mismo. He heredado ese gesto de él, pero en mi caso no puede decirse que de casta le viene al galgo.
—Tienes razón. Eras un niño vulnerable. Pero de lo que no te das cuenta es de que lo que hizo Elena estaba mal, y está claro que sigues sin verlo porque has continuado relacionándote con ella, no solo como amiga de la familia sino también en el terreno de los negocios. Los dos nos habéis estado mintiendo todos estos años. Y eso es lo que más duele. —Baja la voz—. Era amiga de tu madre. Creíamos que era una buena amiga, pero resulta que es todo lo contrario. Tienes que cortar todos los vínculos financieros con ella.
Vete a la mierda, Carrick.
Me dan ganas de decirle que Elena fue una fuerza beneficiosa, y que no habría seguido asociado a ella si creyese lo contrario. Pero sé que no me escuchará. No quería escucharme cuando tenía catorce años y tenía problemas en el colegio y, según parece, tampoco quiere escucharme ahora.
—¿Has terminado? —Pronuncio las palabras con amargura, apretando los dientes.
—Piensa en lo que te he dicho.
Me doy la vuelta para marcharme. He oído suficiente.
—Piensa en el acuerdo prematrimonial. Te ahorrará muchos disgustos en el futuro.
Sin hacer caso de sus palabras, salgo de su despacho y doy un portazo.
¡Que le jodan!
Grace está en el pasillo.
—¿Por qué se lo has contado? —le suelto, pero Carrick me ha seguido desde el despacho, de modo que ella no me contesta, sino que le dedica a él una mirada helada.
Iré a buscar a Ana. Nos vamos a casa.
En un estado de furia salvaje, sigo el sonido de los aullidos hasta el estudio y descubro a Elliot y a Ana ante el micro, destrozando «Ain’t No Mountain High Enough» a pleno pulmón. Si no estuviera tan enfadado, me reiría a carcajadas. No puede decirse que lo que hace Elliot con sus gañidos desafinados sea cantar, y está sofocando la dulce voz de Ana. Por suerte, la canción está a punto de terminar, así que me ahorro más sufrimiento.
—Marvin Gaye y Tammi Terrell deben de estar revolviéndose en la tumba —les digo cuando terminan.
—Pues a mí me ha parecido una interpretación bastante buena.
Elliot se inclina para saludar con aire teatral ante el público formado por Mia y Kate, quienes se ríen y aplauden con exagerado entusiasmo. Definitivamente, allí todos están borrachos. Ana se ríe, acalorada y preciosa.
—Nos vamos a casa —le digo.
Le cambia la cara.
—Le he dicho a tu madre que nos quedaríamos a dormir.
—¿Ah, sí? ¿Ahora?
—Sí. Nos ha traído una muda a cada uno. Me hacía mucha ilusión dormir en tu habitación.
—Cariño, esperaba que os quedaseis. —Es la voz suplicante de mi madre, que está en la puerta, y Carrick detrás de ella—. Kate y Elliot también se quedan. Me gusta tener a todos mis polluelos bajo el mismo techo. —Alarga el brazo y me coge la mano—. Y esta semana creía que te habíamos perdido para siempre.
Mascullo un taco entre dientes e intento controlar el mal genio. Mis hermanos parecen completamente ajenos a la escena de tensión que se está desarrollando ante sus ojos. Esperaba esa falta de perspicacia de Elliot, pero no de Mia.
—Quédate, hijo. Por favor.
Mi padre me atraviesa con la mirada, pero se muestra bastante cordial. Como si no acabara de decirme que soy una inmensa y rotunda decepción para él.
Otra vez.
Le ignoro y me dirijo a mi madre:
—Está bien.
Pero solo porque Ana me implora con la mirada y sé que si me marcho en el estado en que estoy, eso estropeará un día maravilloso.
Ana me abraza.
—Gracias —murmura.
Le sonrío y la oscura nube que ha estado cerniéndose sobre mí empieza a disiparse.
—Vamos, papá. —Mia le coloca el micro en las manos y lo lleva a rastras delante de la pantalla—. ¡La última canción! —dice.
—A la cama. —La fórmula es algo más que una simple petición para Ana. En cuanto a mi familia, ya he tenido suficiente por una noche. Ella asiente y entrelazo sus dedos con los míos—. Buenas noches a todos. Gracias por la fiesta, madre.
Grace me abraza.
—Sabes que te queremos. Que solo deseamos lo mejor para ti. Me has hecho tan feliz con la noticia… Y soy muy feliz por teneros aquí.
—Sí, mamá. Gracias. —Le doy un beso rápido en la mejilla—. Estamos cansados, nos vamos a la cama. Buenas noches.
—Buenas noches, Ana. Gracias —dice y la abraza un momento. Tiro de la mano de Ana mientras Mia pone «Wild Thing» para que la cante Carrick.
Eso sí que no quiero verlo.
Enciendo la luz, cierro la puerta de mi dormitorio y estrecho a Ana entre mis brazos, buscando su calor y tratando de olvidar las feroces palabras de Carrick.
—Oye, ¿estás bien? —murmura—. Pareces preocupado.
—Solo estoy enfadado con mi padre, pero eso no es ninguna novedad. Todavía me trata como si fuera un adolescente.
Ana me abraza con más fuerza.
—Tu padre te quiere.
—Pues está noche está muy decepcionado conmigo. Otra vez. Pero no quiero hablar de eso ahora.
La beso en la coronilla y ella echa la cabeza hacia atrás para mirarme fijamente, con una mezcla de empatía y compasión en sus ojos brillantes, y sé que ninguno de los dos quiere resucitar el fantasma de Elena… la señora Robinson.
Rememoro lo que ha pasado esta misma tarde cuando Grace, en todo su furor vengativo, ha echado a Elena de la casa. Me pregunto qué habría dicho mi madre, en aquella época, si me hubiera pillado con una chica en mi habitación. De pronto experimento la misma excitación adolescente que sentí el fin de semana pasado cuando Ana y yo nos escabullimos aquí durante el baile de máscaras.
—He metido a una chica en mi habitación. —Sonrío.
—¿Y qué vas a hacer con ella? —La sonrisa a modo de respuesta de Ana resulta muy sugerente.
—Mmm. Todo lo que quería hacer con las chicas cuando era adolescente. —Pero no podía. Porque no soportaba que me tocasen—. A no ser que estés demasiado cansada… —Recorro la suave curva de su mejilla con el nudillo.
—Christian, estoy agotada. Pero excitada también.
Oh, nena… La beso rápidamente y me apiado de ella.
—Creo que deberíamos dormir y ya está. Ha sido un día largo, vamos, te meteré en la cama. Date la vuelta.
Obedece y busco la cremallera de su vestido.
Mientras mi prometida duerme plácidamente a mi lado, envío un mensaje de texto a Taylor y le pido que nos traiga una muda de ropa del Escala por la mañana. Deslizándome junto a Ana, me concentro en su perfil y me maravillo de que ya esté durmiendo… y de que haya accedido a ser mía.
¿Seré algún día lo bastante bueno para ella?
¿Puedo ser un buen marido?
Mi padre parece ponerlo en duda.
Lanzo un suspiro y me tumbo de espaldas, con la mirada fija en el techo.
Voy a demostrarle que está equivocado.
Siempre ha sido muy estricto conmigo, más que con Elliot o Mia.
Joder. Sabe que soy mala hierba. Mientras reproduzco su sermón en mi cabeza, me voy quedando dormido poco a poco.
Levanta los brazos, Christian.
Papá tiene la cara muy seria. Me está enseñando a tirarme de cabeza a la piscina.
Eso es. Ahora agárrate con los dedos de los pies al borde de la piscina. Muy bien. Arquea la espalda. Eso es. Ahora, tírate.
Me lanzo y caigo. Y sigo cayendo en el aire. Y sigo cayendo aún más. Me estrello. Me estrello contra el agua fría y limpia y me hundo. En el agua azul. En la calma. En el silencio. Pero mis alas de agua me impulsan de nuevo hacia el aire. Y busco a papá.
Mira, papá, mira.
Pero Elliot se abalanza sobre él. Y caen al suelo. Papá le hace cosquillas a Elliot. Elliot ríe. Y ríe. Y ríe aún más. Y papá le da un beso en la tripa. Papá no me hace eso a mí. No me gusta. Estoy en el agua. Quiero estar ahí arriba. Con ellos. Con papá. Y estoy junto a los árboles. Mirando a papá y a Mia. Ella grita entusiasmada cuando él le hace cosquillas. Y él se ríe. Y ella se suelta y se le tira encima. Él le da la vuelta y la atrapa. Y yo me quedo solo en los árboles. Mirándolos. Con ganas de estar ahí. El aire huele bien. A manzanas.
—Buenos días, señor Grey —susurra Ana cuando abro los ojos.
El sol de la mañana se cuela por las ventanas y estoy entrelazado en su cuerpo como una enredadera. El nudo de añoranza y de dolor, evocado sin duda por un sueño, se deshace en el mismo instante en que la ven mis ojos. Estoy perdidamente enamorado y excitado, y mi cuerpo se despierta para acogerla.
—Buenos días, señorita Steele.
Está increíblemente guapa, a pesar de que lleva la camiseta de «I   Paris» de Mia. Me toma la cara entre las manos, con los ojos chispeantes y el pelo alborotado y brillante bajo la luz de la mañana. Me acaricia el mentón con el pulgar, haciéndome cosquillas en la barba incipiente.
—Estaba mirándote mientras dormías.
—¿Ah, sí?
—Y admirando mi precioso anillo de compromiso.
Estira la mano y agita los dedos. El diamante atrapa la luz y proyecta pequeños arcoíris sobre mis viejos pósters de películas y de luchadores de kickboxing colgados en las paredes de la habitación.
—¡Oooh! —exclama—. Es una señal.
Una buena señal, Grey. Con un poco de suerte.
—No me lo quitaré nunca.
—Así me gusta. —Cambio de posición para ponerme encima de ella—. ¿Y cuánto tiempo has estado mirándome mientras dormía? —Le acaricio la nariz con la mía y presiono los labios contra los de ella.
—Ah, no. —Me empuja hacia atrás por los hombros y, aunque me llevo una decepción, me obliga a tumbarme boca arriba y se sienta a horcajadas en mis caderas—. Tenía planeado despertarte yo de verdad.
—¿Ah, sí? —Tanto mi polla como yo nos alegramos al oír sus palabras.
Antes de darme tiempo a prepararme para que me toque, se inclina hacia delante y deposita un beso suave en mi pecho, mientras su pelo cae abriéndose en abanico a nuestro alrededor, tejiendo un refugio de color castaño. Unos ojos azul brillante me miran.
—Había pensado empezar por aquí. —Me besa de nuevo.
Inspiro aire de golpe.
—Y seguir por aquí abajo. —Traza una línea descendente con la lengua por mi esternón.
Sí.
La oscuridad sigue apaciguada, acallada por la diosa que está sentada encima de mí o por mi libido imperiosa, no sé exactamente por cuál.
—Qué bien sabe usted, señor Grey —murmura pegada a mi piel.
—Me alegra oír eso. —Las palabras salen con voz ronca de mi garganta.
Lame y mordisquea la parte inferior de mi caja torácica mientras sus pechos me rozan el bajo vientre.
¡Ah!
Una, dos, tres veces.
—¡Ana! —Le atenazo las rodillas mientras se me acelera la respiración y aprieto con fuerza, pero ella se retuerce encima de mi entrepierna, así que la suelto y ella se levanta, dejándome expectante y desesperado a la vez. Creo que está a punto de recibirme. Está lista.
Yo estoy listo.
Joder, vaya si estoy listo…
Pero ella se desliza hacia abajo por mi cuerpo, besándome el estómago y el vientre, hundiendo la lengua en mi ombligo y remoloneando en la línea del vello abdominal. Me mordisquea una vez más y noto el mordisco directamente en la polla.
—¡Ah!
—Ahí está… —murmura, mirando con avidez mi miembro impaciente y desplazando luego la mirada hasta mi cara con una sonrisa coqueta. Muy despacio, sin apartar los ojos de los míos, se lo mete en la boca.
Oh, Dios…
Mueve la cabeza hacia abajo y hacia arriba, cubriéndose los dientes con los labios mientras avanza cada vez más con la boca. Hundo los dedos en su pelo y lo aparto de en medio para poder disfrutar del espectáculo ininterrumpido de ver a mi futura esposa rodeándome la polla con los labios. Aprieto los glúteos, levantando las caderas, horadando más adentro aún, y ella me recibe hasta el fondo, succionando con fuerza.
Con más fuerza.
Con más fuerza aún.
Oh, Ana… Joder, eres una diosa.
Acelera el ritmo. Cerrando los ojos, cierro el puño alrededor de su pelo.
Qué bien lo hace…
—Sí —mascullo entre dientes, y me abandono al movimiento ascendente y descendente de su boca exquisita. Estoy a punto de correrme.
De repente, se detiene.
Maldita sea. ¡No! Abro los ojos y la veo colocarse encima de mí para, acto seguido, hundirse muy muy despacio en mi polla ansiosa. Lanzo un gemido, regodeándome con cada precioso centímetro. El pelo le cae en cascada sobre los pechos desnudos y alargo las manos para acariciárselos, uno a uno, recorriendo con los pulgares sus pezones endurecidos, una y otra vez.
Deja escapar un prolongado gemido, empujando las tetas en mis manos.
Oh, nena…
Entonces se inclina hacia delante y me besa, conquistando mi boca con la lengua, y percibo y saboreo mis restos de sal en su dulce boca.
Ana.
Deslizo las manos hacia sus caderas, la aparto de mí y la coloco de espaldas, sin dejar de embestir al mismo tiempo.
Lanza un grito y me sujeta con fuerza de las muñecas.
La embisto otra vez.
Y otra.
—Christian… —grita, mirando al techo, con una súplica implícita mientras se adapta a mi ritmo y nos movemos al unísono. Acompasados. Como uno solo. Hasta que cae desfallecida encima de mí, arrastrándome consigo y dando paso a mi propia liberación.
Entierro la boca en su pelo y le acaricio la espalda con los dedos.
Esta mujer me roba el aliento.
Esto aún es nuevo para mí: Ana tomando las riendas, llevando la iniciativa. Me gusta.
—A eso lo llamo yo honrar el culto de los domingos —susurro.
—¡Christian! —Levanta la cabeza de golpe, reprobándome con la mirada.
Me río a carcajadas.
¿Llegará algún día en que esto deje de ocurrir? ¿Escandalizar a la señorita Steele?
La abrazo con fuerza y rodamos por la cama hasta situarla debajo de mí.
—Buenos días, señorita Steele. Siempre es un placer despertarla.
Me acaricia la mejilla.
—Y también a usted, señor Grey. —Habla con dulzura—. ¿Tenemos que levantarnos? Me gusta estar aquí en tu habitación.
—No. —Miro el reloj de la mesilla de noche. Son las 9.15—. Mis padres estarán en misa.
Me coloco a su lado.
—No sabía que fueran a misa.
Hago una mueca.
—Sí. Sí que van a misa. Son católicos.
—¿Y tú?
—No, Anastasia.
Dios y yo tomamos caminos diferentes hace ya mucho tiempo.
—¿Y tú? —pregunto, recordando que Welch no encontró ninguna filiación religiosa cuando investigó su pasado.
Niega con la cabeza.
—No. Ni mi padre ni mi madre profesan ninguna religión. Pero me gustaría ir a la iglesia hoy. Necesito dar gracias… a alguien por el hecho de haberte traído vivo de vuelta de ese accidente de helicóptero.
Lanzo un suspiro mientras me imagino fulminado por un rayo al entrar en el terreno sagrado de una iglesia, pero por ella, iré.
—Está bien, veré qué puedo hacer. —Le doy un beso rápido—. Vamos, dúchate conmigo.
Hay una bolsa de cuero en la puerta de mi dormitorio: Taylor nos ha traído ropa limpia. Recojo la bolsa y cierro la puerta. Ana está envuelta en una toalla, con un reguero de relucientes gotas de agua en su espalda. Mi panel de corcho centra toda su atención y, en concreto, la foto de la puta adicta al crack. Vuelve la cabeza hacia mí con aire interrogante en su hermoso rostro… con una pregunta que no quiero responder.
—Aún la tienes —dice.
Sí, aún tengo la foto. ¿Y qué?
Con la pregunta todavía suspendida en el aire entre nosotros, sus ojos se vuelven más luminosos con la luz de la mañana, horadándome, suplicándome para que diga algo. Pero no puedo. No quiero ir ahí. Por un momento, me acuerdo del puñetazo en el estómago que sentí cuando Carrick me dio aquella fotografía, tantos años atrás.
Mierda. No vayas por ahí, Grey.
—Taylor nos ha traído una muda de ropa —murmuro al arrojar la bolsa sobre la cama. Sigue un silencio desesperadamente largo hasta que responde.
—Está bien —dice, y se dirige a la cama y abre la cremallera de la bolsa.
He comido hasta reventar. Mis padres han vuelto de misa y mi madre ha preparado su tradicional brunch: una deliciosa fuente —no apta para cardiópatas— llena de beicon, salchichas, patatas fritas, huevos y panecillos. Grace está muy callada y sospecho que puede que tenga resaca.
He estado evitando a mi padre toda la mañana.
No le he perdonado lo de anoche.
Ana, Elliot y Kate están enzarzados en un acalorado debate —sobre el beicon, aunque parezca increíble— y peleándose a ver quién se come la última salchicha. Los escucho a medias, divertido, mientras leo un artículo sobre la tasa de quiebras de los bancos locales en la edición dominical del Seattle Times.
Mia lanza un grito y se hace sitio en la mesa, sujetando su portátil.
—Mirad esto. Hay un cotilleo en la página web del Seattle Nooz sobre tu compromiso, Christian.
—¿Ya? —pregunta mamá, sorprendida.
¿Es que esos gilipollas no tienen nada mejor que hacer?
Mia lee la columna en voz alta:
—«Ha llegado el rumor a la redacción de The Nooz de que al soltero más deseado de Seattle, Christian Grey, al fin le han echado el lazo y que ya suenan campanas de boda».
Miro a Ana, que palidece mientras alterna su mirada inocente entre Mia y yo.
—«Pero ¿quién es la más que afortunada elegida? The Nooz está tras su pista. ¡Seguro que ya estará leyendo el monstruoso acuerdo prematrimonial que tendrá que firmar!».
Mia suelta una risita.
La fulmino con la mirada. Cierra la puta boca, Mia.
Mi hermana se calla y frunce los labios. Ignorándola a ella y todas las miradas nerviosas que se intercambian en la mesa, centro toda mi atención en Ana, que está aún más pálida.
—No —le digo, tratando de tranquilizarla.
—Christian… —dice papá.
—No voy a discutir esto otra vez —le suelto. Abre la boca para decir algo—. ¡Nada de acuerdos prematrimoniales! —exclamo con tanta vehemencia que se calla.
¡Cierra la puta boca, Carrick!
Cojo el periódico y leo la misma frase del artículo sobre la situación bancaria una y otra vez mientras sigo echando humo por las orejas.
—Christian —susurra Ana—. Firmaré lo que tú o el señor Grey queráis que firme.
Levanto la vista y la veo mirarme con ojos suplicantes, con el reflejo de unas lágrimas no vertidas aún.
Ana. Déjalo.
—¡No! —grito, implorándole que deje el tema.
—Es para protegerte.
—Christian, Ana… Creo que deberíais discutir esto en privado —nos regaña Grace, mirando a Carrick y a Mia con cara de enfado.
—Ana, esto no es por ti —murmura papá—. Y por favor, llámame Carrick.
No intentes congraciarte con ella ahora. Estoy a punto de estallar en cólera cuando, de pronto, parece haber un arranque de actividad frenética: Mia y Kate se levantan de un salto para recoger la mesa y Elliot pincha rápidamente con el tenedor la última salchicha de la fuente.
—Yo sin duda prefiero las salchichas —exclama con forzada naturalidad.
Ana se está mirando las manos. Parece muy triste.
Joder, papá. Mira lo que has hecho.
Alargo el brazo, le agarro suavemente las dos manos con la mía y susurro, para que solo ella pueda oírme:
—Para. Ignora a mi padre. Está muy molesto por lo de Elena. Lo que ha dicho iba dirigido a mí. Ojalá mi madre hubiera mantenido la boca cerrada.
—Tiene razón, Christian. Tú eres muy rico y yo no aporto nada a este matrimonio excepto mis préstamos para la universidad.
Nena, te tendré de la manera que sea. ¡Eso ya lo sabes!
—Anastasia, si me dejas te lo puedes llevar todo. Ya me has dejado una vez. Ya sé lo que se siente.
—Eso no tiene nada que ver con esto —susurra, frunciendo el ceño de nuevo—. Pero… puede que seas tú el que quiera dejarme.
Ahora no dice más que tonterías.
—Christian, yo puedo hacer algo excepcionalmente estúpido y tú… —se calla.
Ana, eso me parece muy improbable.
—Basta. Déjalo ya. Este tema está zanjado, Ana. No vamos a hablar de él ni un minuto más. Nada de acuerdo prematrimonial. Ni ahora… ni nunca.
Trato de pensar en algo que nos haga volver a un terreno seguro y entonces me viene la inspiración. Me vuelvo hacia Grace, que está retorciéndose las manos y mirándome con nerviosismo, y le digo:
—Mamá, ¿podemos celebrar la boda aquí?
La expresión de su rostro pasa de la alarma a la alegría y la gratitud.
—Cariño, eso sería maravilloso. —Y añade, como si acabara de caer en ello—: ¿No queréis casaros por la iglesia?
Le lanzo una mirada elocuente y cede de inmediato.
—Nos encantaría que os casarais aquí, ¿verdad que sí, Cary?
—Sí, sí, por supuesto. —Mi padre nos sonríe a Ana y a mí con aire afable, pero no puedo mirarlo a la cara.
—¿Habéis pensado en una fecha concreta? —pregunta Grace.
—Dentro de cuatro semanas.
—Christian, ¡eso no es tiempo suficiente!
—Es tiempo de sobra.
—¡Necesito al menos ocho semanas!
—Mamá, por favor…
—¿Seis? —implora.
—Eso sería estupendo. Gracias, señora Grey —interviene Ana, lanzándome una mirada de advertencia, retándome a llevarle la contraria.
—Pues entonces, seis semanas —zanjo—. Gracias, mamá.
En el camino de vuelta a Seattle, Ana está muy callada. Seguramente está pensando en mi arrebato de esta mañana contra Carrick. Aún me escuece nuestra discusión de anoche; su desaprobación es como una herida que me quema la piel. En el fondo, me preocupa que lleve razón: que no esté hecho para el matrimonio.
Mierda, voy a demostrarle que se equivoca.
No soy el adolescente que cree que soy.
Fijo la mirada delante, en la carretera, abatido. Tengo a mi chica aquí a mi lado, hemos fijado una fecha para nuestra boda y debería estar dando saltos de alegría, pero en vez de eso, estoy recreándome en los restos de la furiosa diatriba de mi padre contra Elena y el acuerdo prematrimonial. Mirándolo por la parte positiva, creo que sabe que la ha cagado. Ha intentado congraciarse conmigo antes, cuando nos despedíamos, pero su intento torpe y desacertado de hacer las paces aún me duele.
«Christian, siempre he hecho todo lo que ha estado en mi mano para protegerte. Y he fracasado. Debería haber estado a tu lado.»
Pero yo no quería oírle. Debería haber dicho eso anoche. No lo hizo.
Niego con la cabeza. No quiero pensar más en esto.
—Oye, tengo una idea. —Alargo la mano y le aprieto la rodilla a Ana.
A lo mejor mi suerte está cambiando: hay sitio para aparcar en la catedral de Saint James. Ana contempla entre los árboles el majestuoso edificio que ocupa una manzana entera en la Novena Avenida y luego se vuelve a mirarme con gesto interrogador.
—Es una iglesia —le ofrezco, a modo de explicación.
—Esto es muy grande para ser una iglesia, Christian.
—Eso es verdad.
Sonríe.
—Es perfecta.
Cogidos de la mano, atravesamos una de las puertas principales y nos dirigimos al vestíbulo antes de adentrarnos en la nave central. Mi primer impulso me hace acercarme a la pila del agua bendita para santiguarme, pero me contengo justo a tiempo, consciente de que si tiene que alcanzarme un rayo, será justo en ese preciso instante. Veo a Ana boquiabierta con gesto de sorpresa, pero aparto la mirada para admirar la impresionante bóveda mientras aguardo el juicio de Dios.
No, hoy no me va a alcanzar ningún rayo.
—Las viejas costumbres —murmuro, sintiéndome un poco avergonzado pero aliviado a la vez de no haber acabado reducido a cenizas en el majestuoso espacio. Ana dirige su atención al magnífico interior: los techos altos y ornamentados, las columnas de mármol de color óxido, las intrincadas vidrieras de colores… La luz del sol penetra en un haz regular a través del óculo de la cúpula del crucero, como si el mismo Dios estuviera derramando su sonrisa sobre el lugar. Un murmullo silencioso inunda la nave, envolviéndonos en una calma espiritual que solo quiebra el eco de la tos ocasional de alguno de los escasos visitantes. Es un lugar tranquilo, un refugio del bullicio y el hervidero de actividad de Seattle. Había olvidado lo hermoso y apacible que es este espacio, pero es cierto que hacía años que no entraba en su interior. Siempre me había gustado la pompa y el ceremonial de la misa católica. El ritual. Las réplicas. El olor a incienso. Grace se aseguró de que sus tres hijos conociesen al dedillo todos los entresijos del catolicismo, y hubo una época en que habría hecho cualquier cosa con tal de complacer a mi nueva madre.
Sin embargo, llegó la pubertad y todo eso se fue a la mierda. Mi relación con Dios nunca se recuperó de aquello y cambió la relación con mi familia, sobre todo con mi padre. A partir del día en que cumplí los trece años, siempre andábamos los dos a la greña. Ahuyento el recuerdo. Me resulta doloroso.
En ese momento, rodeado del quedo esplendor de la nave central de la iglesia, me embarga una sensación de paz que me resulta familiar.
—Ven. Quiero enseñarte algo.
Echamos a andar por el pasillo central, acompañados del repiqueteo de los tacones de Ana sobre las losas del suelo hasta llegar a una pequeña capilla. Sus paredes doradas y el suelo oscuro conforman el marco perfecto para la exquisita estatua de la Virgen, rodeada de velas titilantes.
Ana da un respingo al verla.
Indiscutiblemente, sigue siendo una de las efigies marianas más bellas que he visto en mi vida. Con los ojos mirando al suelo con recato, Nuestra Señora sostiene a su Hijo levantándolo en el aire. Su manto de color dorado y azul resplandece bajo la luz de las velas encendidas.
Es espectacular.
—Mi madre solía traernos aquí de vez en cuando para oír misa. Este es mi sitio favorito: la capilla de la Santísima Virgen María —susurro.
Ana lo absorbe todo con avidez: la escena, la estatua, las paredes, el techo oscuro cubierto de estrellas doradas.
—¿Fue esto lo que inspiró tu colección? ¿La Virgen con el Niño? —pregunta, y percibo la admiración en su voz.
—Sí.
—La maternidad —murmura y me mira.
Me encojo de hombros.
—He visto a algunas hacerlo bien y a otras hacerlo muy mal.
—¿Tu madre biológica? —pregunta.
Asiento con la cabeza y abre los ojos de forma imposible, mostrando una profunda emoción que no quiero reconocer.
Aparto la mirada. Es una emoción demasiado cruda.
Deposito un billete de cincuenta dólares en la caja de ofertorio y le doy una vela. Ana me aprieta la mano un instante con gratitud, enciende el pabilo y coloca la vela en un candelabro de hierro en la pared. La vela parpadea con fuerza entre sus compañeras.
—Gracias —dice en voz baja a la Virgen, y me rodea la cintura con el brazo, apoyando la cabeza en mi hombro. Permanecemos abrazados contemplando en silencio el más exquisito de los santuarios en el corazón de la ciudad.
La paz, la belleza y estar en compañía de Ana me devuelven el buen humor. A la mierda el trabajo esta tarde. Es domingo. Quiero pasarlo bien con mi chica.
—¿Nos vamos al partido? —le pregunto.
—¿Al partido?
—Los Phillies juegan contra los Mariners en el Safeco Field. GEH tiene un palco.
—Genial. Parece divertido. Vayamos. —Ana sonríe de oreja a oreja.
Cogidos de la mano, volvemos al R8.

SIGUIENTE

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