Mi protector de Sophie Saint Rose

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Sinopsis

¿Había peor manera de celebrar su cumpleaños que en una acampada organizada por el estúpido novio de su mejor amiga? La respuesta es un rotundo y tajante no. Pero a Sandra no podía negarle nada y la había invitado con tanta ilusión porque se llevaran bien… Bueno, por un fin de semana no pasaba nada.

Capítulo 1

Valeria dejó la copa de champán al lado del plato que aún contenía los restos de la tarta de su cumpleaños y sonrió a su amiga. —Gracias por esto.
—No digas tonterías, no ha sido nada. Y ahora… —Cogió su bolso del respaldo de la silla y soltó un chillidito sacando un paquete primorosamente envuelto. —¡Sorpresa!
—No tenías que hacerlo, de verdad.
Sandra se lo tendió. —Espero que te guste. No se cumplen veintiocho años todos los días.
Sonrió cogiendo el paquete de sus manos y sus preciosos ojos verdes brillaron de la ilusión mientras rompía el lazo rosa. —¿No será ropa interior? Mira que el restaurante está lleno.
—No, pero es algo que te va a servir de mucho.
Intrigada rompió el papel para ver una caja de cartón. Levantó la tapa y parpadeó al encontrarse algo de algodón negro. Lo cogió mostrándolo y se dio cuenta de que era un cuello polar. Sin entender miró a su amiga que se echó a reír. —Sigue sacando.
En el interior de la caja todavía quedaba una navaja suiza y tapones para los oídos. —Un regalo de lo más interesante.
Sandra rio de nuevo. —La cara que has puesto.
—¿Para qué me regalas esto?
—¡Porque nos vamos de acampada!
Dejó caer la mandíbula del asombro. Odiaba las acampadas. De hecho, las dos veces que había ido la había mordido un ratón de campo y se había roto una pierna al montar en un kayak, pues resbaló y había caído de mala manera sobre una roca. Menos mal que el monitor la sacó del agua porque sino hubiera sido por él se habría ahogado. Y su amiga lo sabía de sobra porque había estado con ella contemplando el fiasco. —Sandra…
Su amiga juntó sus manos y le rogó con sus ojitos castaños. —Por favor, por favor… Bill ya lo ha organizado todo por tu cumpleaños.
—¿Solo vamos nosotros tres? ¿Qué pinto yo con tu novio, si solo le he visto un par de veces y no dejabais de daros el lote? ¡Me voy a sentir desplazada!
Se encogió de hombros. —Pues llévate a alguien. Tienes cuatro días hasta el fin de semana.
Sin saber qué decir miró la caja y sacó los tapones de los oídos. —Ahora lo entiendo.
—Es que somos un poco apasionados y no queremos darte la noche. Mira si somos considerados.
Apoyó la espalda en el respaldo de la silla y un rizo caoba cayó sobre su frente. Sin saber cómo convencerla lo apartó molesta. —Sabes que no me gustan las acampadas. Además, ya estamos en invierno. Va a hacer mucho frío de noche.
—No, porque llevaremos sacos de dormir y haremos una hoguera… Venga, será divertido. Bill se ha pasado horas para buscar el lugar perfecto y ya lo ha organizado todo. No querrás defraudarle.
Apretó los labios. Odiaba las acampadas, pero a Bill lo odiaba aún más. Era un estúpido egocéntrico y trataba a su amiga como si fuera una muñeca. Lo que la ponía de los nervios es que Sandra le dijera que sí a todo. Seguro que había sido idea de Bill para enturbiar su relación porque quería dominar su vida totalmente.
—Así que fue idea de Bill —dijo como si nada cogiendo su copa.
—Oh, sí. Hace mucho deporte, ¿sabes? Y caza. Está acostumbrado a acampar en los bosques.
—¿Y no se te ha ocurrido decirle que no me gustan las acampadas?
Sandra sonrió. —Eso es porque no has ido con un entendido.
Se imaginaba que eran las palabras de su adorado novio y que el entendido era él. Resignada dijo —Muy bien, pero me llevo a Richie.
—Genial. Ya verás como lo pasamos estupendamente.
Valeria levantó el brazo para llamar al camarero al que pidió la cuenta.
—Pero te he invitado yo —protestó su amiga.
—Ya me has hecho bastantes regalos. —Le guiñó el ojo. —Además necesitas el dinero para la boda que tienes en mente, que será carísima.
Sandra se sonrojó. —Espero que me lo pida en el fin de semana.
—No creo, cielo. Lo hará cuando estéis solos. Elegirá otro momento.
Su amiga se acercó. —He encontrado el anillo.
No fastidies. —¿De veras?
—Sí. —Emocionada soltó una risita. —Y es un pedrusco enorme.
Claro, era abogado y no le iba nada mal. Y por lo que le importaban las apariencias no dejaría que su novia llevara un diamante que no llamara la atención. Disimulando lo que pensaba miró en el interior de su bolso mientras sus dientes rechinaban de la rabia que la recorría. —Que bien. Estarás contenta.
—Estoy tan nerviosa…
—¿Se lo has dicho a tu madre?
—¿Estás loca? No puede ni verle. —Perdió la sonrisa poco a poco. —¿A ti te gusta?
—Tiene que gustarte a ti —respondió sinceramente. Sonrió con tristeza—. Tú eres la que tendrás que vivir con él y debes ser feliz todo lo que puedas.
—No me sueltes el rollo. ¿Te gusta?
—Bueno, es un poco… —Su amiga levantó una ceja. —Mandón.
Sandra soltó una risita. —Sí que lo es. Y en la cama más.
—Oh, por Dios. ¿Quieres dejar de hablarme de tu vida sexual? —El camarero se acercó con la cuenta y sacó la tarjeta de la cartera mientras su amiga se reía a carcajadas. —Y yo a dos velas.
—Pues Bill tiene un amigo que con una mirada te deja temblando. El otro día quedamos y… —Carraspeó incómoda. —Bueno, da igual. ¿Quieres que organice una cena?
Levantó la vista sorprendida por la manera en que lo dijo. Como cuando estando en la universidad le hablaba de una de las tantas fiestas locas a las que solía ir. Ese tono lo empleaba cuando se había acostado con alguien estando totalmente borracha y fuera de control. Al día siguiente estaba tan arrepentida que intentaba ocultárselo, exactamente de la misma manera que en ese momento porque ni podía mirarla a los ojos. Sandra se sonrojó y cogió su bolso para meter dentro su móvil intentando escurrir el bulto. —¿Te gusta su amigo?
—No, claro que no —dijo totalmente avergonzada.
—Has hablado de él de una manera… —Entonces se le pasó una idea por la cabeza que la dejó helada. —¿Habéis hecho un trío con ese tío?
—¿De dónde has sacado esa idea?
—Puede que porque estás roja como un tomate como cuando haces algo que te avergüenza muchísimo y además evitas mi mirada. ¡Y nunca me ocultas nada!
—¿Ves? No te oculto nada. —Rio falsamente. —Qué cosas se te ocurren. ¿Un trío yo? Voy al baño. —Se levantó, pero Valeria la cogió por la muñeca. Sandra la miró a los ojos. —No te preocupes, ¿vale? Bill es algo especial.
Sería cerdo. Antes de estar con él a su amiga jamás se le hubiera ocurrido hacer algo así. Apretó los labios soltándola porque desde un tiempo para acá cada vez se parecía menos a su amiga del alma con la que había compartido casi toda su vida. Se estaban alejando cada vez más y solo podía contemplarlo impotente. Si seguía con ese hombre, si se casaba con él, antes de un año la habría perdido para siempre. —Eres mayorcita para saber lo que haces. Pero antes de conocerle hablabas de que el amor de tu vida te amaría por encima de todo y no veo mucho amor en compartirte con amigos, todo lo contrario.
—No me comparte —siseó—. Es un acuerdo entre los dos y me lo paso bien. No hay cosas raras ni me manipula de ninguna manera. Simplemente me lo sugirió y yo acepté, así que no te imagines tonterías.
Ahí estaba otra vez. Poniéndose de su lado para defenderle con uñas y dientes, incluso de ella. Sonrió como pudo no queriendo enfadarla. —Muy bien, si eres feliz… Como he dicho es tu vida. No volveremos a hablar del tema a no ser que tú quieras.
Esa frase pareció aliviarla. —Sí, será lo mejor, porque tú eres muy romántica y no estás de acuerdo con esto.
Se mordió la lengua para evitar soltar que antes de ese imbécil ambas pensaban igual, así que decidió cambiar de tema. —¿Vamos de tiendas? Tengo la tarde libre.
—Genial, he visto un vestido que me encanta y además necesito un plumas para la acampada.
—Sí, yo también tengo que equiparme.
Su vecino y nuevo mejor amigo bufó mirando la enorme mochila que había preparado para el viaje. —¿En serio?
—Hay que llevar de todo. Nunca se sabe. —Miró su reloj de pulsera antes de estirar el cuello calle abajo. —Llegan tarde, como siempre desde que está con ese. A este paso llegaremos de noche. Que fastidio irnos de viernes. Estoy hecha polvo y encima este viajecito. —Se quitó el enorme plumas porque estaba muerta de calor.
Richie reprimió la risa. —Vas abrigada como si fueras al polo norte.
—¿Has oído que va a nevar? ¿Quién me manda a mí decir que sí? —Jadeó llevándose la mano al pecho. —¿He metido las bengalas?
—¿Bengalas? Valeria estás exagerando. —La cogió por los hombros pegándola a él y abrazándola. —Estás algo nerviosa.
—Es que pasar el fin de semana con Bill… Le estoy cogiendo un asco. ¿Sabes que me ha llamado para preguntarme si me importaba mucho dormir con mi amigo gay? Y lo dijo en un tono… como insinuando que ya nos habríamos acostado. Estoy segura de que solo lo hizo para provocarme.  —Gimió apartándose para mirar los ojos color miel de su amigo que había perdido la sonrisa. —Lo siento. Si quieres quedarte lo entenderé.
—Vamos a ir y lo pasaremos estupendamente a pesar de ese estúpido. Eh, somos dos personas muy inteligentes que sabremos dejarle en su sitio como merece. Y de paso le abriremos los ojos a Sandra de cómo es realmente su novio.
Entrecerró los ojos. —¿Vas a provocarle?
Richie sonrió malicioso poniéndose un gorro de lana negro sobre sus rizos rubios. —Ya me conoces. Trabajo en una ONG, me van los retos.
Escucharon el pitido de un claxon y se volvieron para ver llegar un Hummer negro. Sandra saludó radiante desde el asiento del pasajero y su amado novio aparcó ante ellos.
—¡Ya estamos aquí! —gritó su amiga antes de abrir la puerta—. Es que tuvimos que ir a buscar el coche y tardaron en dárnoslo.
Bill salió del vehículo y lo rodeó mostrando sus vaqueros negros y su jersey grueso de lana. Era atractivo con su cabello moreno y su sonrisa de anuncio. Se echó a reír. —¿Vas de escalada?
Ella se miró los pantalones de montaña que se había comprado y su polar negro. Igual se había pasado un poco. —Hay que estar preparada. Él es Richie. Es mi vecino.
—Hola, tío.
Le miró como si fuera un desarrapado y Richie levantó las cejas divertido. Sandra rio al ver la enorme mochila e intentó cogerla.
—Gatita, ¿no puedes con ella? —preguntó su novio con indiferencia.
—Claro que sí, amor.
Asombrada vio que no le echaba una mano mientras la miraba a ella de arriba abajo de una manera lasciva que le revolvió las tripas. Ojalá se les presentara un oso y le diera un zarpazo que le quitara esa sonrisa de prepotencia de la cara. Y si se lo comía, mejor que mejor.
Richie se acercó a su amiga de inmediato. —Espera, que te ayudo.
—No, puedo yo —dijo con esfuerzo llevándola al portaequipajes. Richie alucinado miró por encima de su hombro para hacerle una mueca y cogió su mochila del suelo para meterla en el coche que estaba lleno hasta los topes. Valeria miró a Bill que seguía ante ella y se quedó de piedra por la mirada de deseo que no se molestaba en disimular. ¿Pero de qué iba? Sandra llegó hasta ellos sonriendo de oreja a oreja. —Ya está. ¿Nos vamos?
—Sí, gatita. —La cogió por la cintura y la besó en los labios. Cuando al fin dejó de babearla, Sandra soltó una risita totalmente encantada. —Tenemos dos horas y media de camino. Además, con el tráfico que hay en la ciudad tardaremos otra hora en salir de Manhattan.
Valeria intentó buscar una escapatoria a lo que sabía que sería un desastroso fin de semana. —¿A dónde vamos?
—Cerca de Windham. Allí hay pistas de esquí. ¿Conoces la zona? —Valeria negó con la cabeza y él continuó —No vamos exactamente allí, pero es para que te hagas una idea. Te gustará. Hay unas vistas espectaculares
—He visto fotos de su anterior acampada y son preciosas —dijo su amiga a toda prisa—. Está en el condado de Green.
—Pues vamos allá —dijo Richie abriendo la puerta de atrás.
A regañadientes fue hasta el coche. —¿Allí hay cobertura?
Bill la miró como si fuera estúpida antes de soltarle con ironía. —Claro que sí, ahora todo va por satélite.
Se sonrojó por su despotismo. —Hay muchos sitios donde no hay cobertura por muchos satélites que existan.
—¿Y para qué vas a querer el móvil? Disfruta y desconecta —dijo Sandra divertida abriendo la puerta del pasajero—. Vámonos o no llegaremos nunca. Mi amor, tenemos que parar a comprar.
—Eso lo pagáis vosotros —dijo su novio como si nada subiéndose al coche. Asombrada miró a Richie porque se suponía que estaban invitados, pero al parecer iban a tener que hacer frente a algunos gastos. No es que le molestara pagar, pero encima que no quería estar allí…
—Claro que sí, Bill —dijo Richie guiñándole un ojo—. Compraremos salchichas para hacer a la brasa.
—Mejor un chuletón, no seas rata.
Sandra se echó a reír. —Es broma. Pagamos nosotros por el cumpleaños de Valeria. ¿Verdad, cariño?
—Claro que sí, muñequita.
¿Muñequita? ¿Gatita? Ese tío era idiota.
—A las cervezas invito yo —dijo su amigo. Valeria le dio un codazo porque ella le había invitado y no tenía por qué pagar nada. Además, Richie siempre iba mal de dinero y no le parecía justo.
—Perfecto. —Bill arrancó el coche y salieron al tráfico.
Sandra se giró para mirarles. —¿Y qué tal te va, Richie? ¿Qué tal en el trabajo?
—Pues muy bien. Tengo un proyecto nuevo con chicos del barrio en riesgo de exclusión social. Son unos talleres de oficios que han tenido muy buena acogida.
Bill chasqueó la lengua como si fuera una pérdida de tiempo y Valeria se mordió la lengua. Le daba que iba a mordérsela mucho en el tiempo que estuviera con él.
—Qué bien —dijo Sandra haciendo sonreír a Richie—. Toda la ayuda es poca para evitar que se conviertan en delincuentes. ¿No opinas lo mismo, cielo?
—Opino que el que está perdido hay que darle mano dura para que vuelva al redil, eso opino. Ahora se tienen muchos miramientos con esos chavales. Una buena leche a tiempo y asunto solucionado.
Muy diplomático. Ahí ya no pudo evitar meter baza. —Pues yo creo que al no tener un futuro al que aferrarse, es cuando cometen errores. Y eso es lo que intenta evitar Richie, ofreciéndoles una oportunidad para tener una vida mejor.
—No te lo tomes a mal. —Cuando te decían eso es que iba una pulla de cuidado. —Pero si personas como tú hicieran mejor su trabajo, los chicos sabrían que tienen que estudiar y esforzarse por un futuro. Esto es América, el que se empeña y lucha, consigue lo que quiere. Es la tierra de las oportunidades, joder. Hay becas y mil cosas para seguir estudiando y labrarse un futuro. Si no lo ven o no lo encuentran es porque profesoras como tú no saben guiarles cómo deben.
La madre que lo… Tomó aire por la nariz. —Muchos tienen circunstancias muy delicadas en sus casas, ¿sabes?
—¿Y eso qué tiene que ver para que su educador les guíe por el buen camino?
—¿Por qué no cambiamos de tema? —preguntó Sandra incómoda sin llevarle la contraria a su novio—. Hace un día estupendo, ¿no creéis?
Ignorándola se acercó a su asiento. —Y procuro guiarles en lo que puedo, pero eso no implica que el barrio, sus amistades y su familia no influyan más que yo. ¡Son adolescentes a los que es difícil ayudar cuando tengo muchos de los que sí ocuparme que sí buscan mi ayuda!
—¿Y por eso tenemos que subvencionar a ese tipo de organizaciones, para que intenten arreglar algo que ya no tiene arreglo por las buenas?
Asombrada miró a Sandra. —¿Tú no tienes nada que decir? ¡Eres la psicóloga del instituto!
—Sobre esto la verdad es que estoy de acuerdo con Bill. Esos chicos son prácticamente una pérdida de tiempo. La inmensa mayoría son carne de presidio. Lo veo todos los días.
—¿Entonces por qué le has dicho a Richie que su trabajo está muy bien?
Su amiga se sonrojó. —Por ser agradable.
Sin poder creérselo porque Sandra antes era una convencida de que esas asociaciones ayudaban y mucho, miró a Richie que preguntó —¿Y qué tal tu trabajo, Sandra?
—Oh, pues…
Su novio la interrumpió. —Va a dejarlo.
A Valeria se le cayó la mandíbula de la impresión. —¿Vas a dejar de ser psicóloga del centro? ¿Y no me has dicho nada?
—En una consulta privada tendría muchos mejores ingresos —dijo su novio como si ya estuviera hecho—. Además, no me gusta que esté todo el día con esos futuros delincuentes. ¡Hace un año uno le rompió la nariz! ¿Y si está embarazada y le pegan un golpe? Ni hablar. En su propia consulta tendrá gente normal que solo tiene crisis de identidad y cobrará decentemente.
Sandra sonrió. —¡Mi amorcito ya me ha buscado el sitio! ¡Está al lado del parque! ¡Voy a atender a la clase alta de la ciudad!
—Pero ese local será carísimo —dijo Richie.
—Eso no es problema —contestó su novio de nuevo por ella.
—¿A que es genial?
Al verla tan emocionada ni sabía qué decir. Desde siempre le había dicho que su trabajo era el más satisfactorio del mundo y ahora quería cambiarlo. Aquello no estaba pasando.
Richie entrecerró los ojos como si lo que oyera no le gustara un pelo y Valeria supo que iba a atacar. —¿Y tú, Bill? ¿En qué trabajas?
—Soy abogado.
—En realidad es socio de su propio bufete. —Agarró su brazo mirándole con adoración. —Él y su mejor amigo lo hicieron crecer de la nada.
—¿Y en qué especialidad trabajas?
—Demandas civiles y temas empresariales que es donde está el dinero. —Rio por lo bajo. —Yo no soy tan idealista como vosotros.
—Pues este país ha crecido gracias a idealistas como nosotros —replicó Valeria sin poder evitarlo.
—No, por favor. Espero que no crezca más. Ya somos bastantes.
Gruñó por dentro. —No hace falta que me digas a quien has votado.
—¡Pues no sé qué tiene de malo!
—¡Qué es un retrogrado!
—Por Dios, me parece increíble que alguien que se considere inteligente vote a ese hombre. Si solo sabe quedar en ridículo —dijo Richie con desprecio.
Y ahí ya no se reprimió ninguno y se pusieron a discutir abiertamente sobre ideas políticas. Cosa que no debía hacerse jamás. Menos aún, si querías llevarte bien y mantener amistades. Y fue ahí cuando pudo ver una vez más hasta qué punto le había lavado el cerebro a Sandra. —¿Pero cómo dices esas cosas cuando tu abuela es mexicana?
—Bueno, en este país todos somos descendientes de inmigrantes, ¿no? Pero en algún momento hay que parar. Mejor lo dejamos. Cielo, para ahí y compramos la comida.
—Sí, será lo mejor —dijo Bill con ironía.
Se bajaron del coche y Richie la cogió del brazo llevándola aparte. —¿Quién es esa? ¿Dónde está Sandra?
—Ni idea. Desde que está con él ha cambiado mucho. —Le rogó con la mirada porque odiaría perderla. —No hagas nada más, por favor. Tengo la impresión de que ese hombre se empeña en separarnos.
Richie asintió. —Sí, yo también me he dado cuenta. Es evidente que nos desprecia y que la ha llevado a su terreno.
—Le va a pedir matrimonio.
Su amigo juró por lo bajo mirando hacia ellos que estaban hablando al lado del coche y era Bill quien le echaba la bronca. Eso era evidente. —La tiene totalmente dominada. No creo que quedarnos callados a sus estupideces sea la mejor manera de proceder en este caso, sino todo lo contrario. —La miró a la cara. —Tienes que hacer que elija entre él y tú.
—Le elegirá a él, ¿no la has visto?
—Mira, tenemos que hacer que abra los ojos y la mejor manera es provocándole. Ese tío no es un hombre que domine sus impulsos.
Perdió parte del color de la cara. —¿Crees que la pega?
—¿La has visto? Es carne de cañón. Está totalmente abducida.
Vieron como la cogía del brazo y caminaban hacia ellos. Sandra forzó una sonrisa disimulando. —Creo que lo mejor es comprar unos filetes. ¿Qué opináis?
—Me parece bien —respondió aún impresionada por las palabras de su amigo.
—Perfecto, pues vamos a ello.

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